Frida, sin responder, tomo la carta y extendio el arrugado papel bajo la luz de la lampara. Trabajosamente fue deletreando los trazos duros de aquella lengua que nunca pudo comprender enteramente.
“Lunder: Durante dos dias “he soportado en la poblacion a su curita. ?Acaso lo mando usted? Porque Bernabe no necesita ya de el y nosotros tampoco… Bernabe ha muerto pero nosotros en cambio no ?recuerdelo!; y voy derecho al asunto. Usted ya hizo lo suyo, ahora me toca a mi. Por ultima vez le exijo, entiendame bien, que me entregue a ese maldito paisano o ire a sacarselo yo. Tambien por ultima vez le ofrezco mi apoyo para asociarnos y explotar juntos nuestras tierras. Respecto a Blanca, quiero que sea mi mujer y no parare hasta lograrlo… Tiene dos meses para pensarlo. Como socio y como yerno estare a su lado para todo; como enemigo le voy a resultar bastante molesto. Por empezar le advierto que hasta que usted no me de su palabra de aceptacion no pasara por mis tierras ni una sola carreta suya, ni un solo hombre suyo. Esos caminos estaran cerrados desde hoy para usted. Atacare sin piedad a quien cruce en su nombre los campos de la Compania y esos campos llegan a las montanas y los bosques ?lo sabe, no? Es inutil que venga el curita a visitarme. Durante dos meses estare esperando su palabra. Hasta entonces.
– ?Que opinas? -inquirio Lunder cuando su esposa hubo pronunciado el nombre de su enemigo. Pero ella se habia sentado casi desfallecida sobre el lecho.
– ?Es terrible! -exclamo al fin-. ?Que ira a ocurrir, Dios mio?
– Como amenaza significa que el camino a Comodoro o Colonia Sarmiento hay que hacerlo por el San Bernardo, cosa imposible hasta el verano. Sandoval, dueno del Paso, nos tiene como contra una pared… pero lo peor es lo que se refiere a Blanca.
– ?Desde cuando tiene tanto interes por ella? -se pregunto Frida sintiendo renacer su reserva ante la actitud de su hija en la noche que la sorprendiera regresando del paseo inexplicable.
Lunder contesto vacilante.
– Desde cuando maldito si lo se; pero ya me hablo de ello el dia que peleamos aqui mismo…
– ?Ah!…
– ?Por que me preguntas eso? ?Crees que Blanca pueda sentir algo por el?
– Si siente algo por el o no, no podria decirlo, pero que ella oculta algo, si. Blanca sabe callar muy bien cuando quiere.
– ?Que imaginas tu? -pregunto extranado Lunder.
– Que Blanca esconde algo, naturalmente; tu no lo has notado porque desde tu pieza se te escapan muchas cosas, pero ella esta muy cambiada ultimamente -aseguro Frida.
– Supongo que la habras hablado… -dijo Lunder inquieto.
Frida se levanto y respondio paseandose nerviosa:
– No es tan sencillo, Whilem. Ya conoces a tu hija. Es terca cuando se empena… He hablado con ella, pero sin ningun resultado…
– ?Pues entonces nada mas digamos de esto hasta no saber que pasa! -exclamo el enfermo-. Manana habre de averiguarlo personalmente…
Pero pasaria algun tiempo antes que el padre de Blanca hablase con ella como era su intencion. Los cuidados del campo y su salud, tan quebrantada ultimamente, le habian arrebatado mucha de su decision, y fueron pasando los dias sin realizar su proposito.
– ?Ojala sea asi! y te dire que casi seria una solucion que aceptase a Sandoval. ?Si realmente la quiere todo puede arreglarse al fin! Ella va necesitando un hombre a su lado y aqui no hay otro mejor… asi es el lugar que a ti te encanta…
– No faltan hombres honrados, cosa que jamas llegara a ser ese canalla de Sandoval… -replico con energia Lunder-. Y no te alarmes demasiado por lo que Blanca pueda hacer… Nos quiere mucho y hara siempre lo correcto. En ese sentido no me preocupo… tengo fe en ella.
4
En aquella misma hora y bien lejana por cierto de imaginar la pasion de Sandoval y el dilema de sus padres, Blanca vivia su misterioso romance teniendo a la noche por amable complice. Habituada desde la cuna a los serenos frios de las noches patagonicas, buscaba junto a Llanlil, ambos envueltos en los ponchos cuyos amplios pliegues les daban aspecto de togas, el recodo del rio sosegado, donde el rustico asiento improvisado con un tronco caido, les ofrecia refugio para sus interminables coloquios. Marchaban en su busca sobre la nieve apenas licuada que, banada por la luna, devolvia una claridad lechosa y fantasmal. Sobre sus cabezas el cielo en parte invadido de nubes bajas, resplandecia como siempre en su multitudinario centelleo de estrellas. Hacia el sur, las cuatro gemas encendidas de la cruz homonima, fulguraban cual si la luz tocase timidamente la obscura linea del lejano horizonte, donde el mundo se hundia entre los hielos eternos del polo, absorbiendo avidamente su chisporroteo sideral.
– Llegamos, Llanlil -dijo Blanca, sintiendose levemente fatigada por la caminata-. Cansa andar sobre la nieve ?verdad?
– Tal vez -respondio el-. Sin embargo, a mi me gusta… cubre la tierra como si fuera un gran quillango blanco. Ademas se me parece…
– No te entiendo.
– Es fria por fuera, pero la sangre de la tierra corre alegremente bajo su abrigo, ?No ves como en primavera devuelve mas rojas las flores y mas verdes las praderas?
– Eres un poeta, Llanlil… -dijo ella.
– Ahora soy yo el que no entiende.
– No importa. ?Ven! Sientate junto a mi. Asi, de pie me intimidas. Pareces el genio de la raza ?como se llama?… que arrebata a las doncellas alejadas de la ruca de sus padres…
– Pillan… ?De verdad crees en las historias que te cuento?
Blanca respondio simplemente.
– ?Por que no? Mis padres vienen de una tierra llena tambien de leyendas magicas. Ellos no las toman muy en serio, por supuesto.
Llanlil meneo la cabeza y respondio con gravedad.
– Hace mucho tiempo, antes que llegaran los blancos los abuelos contaban viejas historias; ahora mi gente ya las “ha olvidado…
– ?Y como entonces tu sabes tantas?
– Riete si quieres, pero las aprendi con los blancos de las misiones… ellos las escribian en libros y alli quedaban prisioneras como aranitas de los bosques.
– Roque tambien sabe historias muy bonitas -afirmo Blanca- y las cuenta muy bien…
Quedaron en silencio, mirando al rio que cantaba entre las piedras. Las aguas heladas arrastraban en su corriente laminas de escarcha que se deshacian a veces al chocar contra las rocas. El rio habia descendido de nivel y en las orillas asomaban las raices de los arboles que inclinaban sus ramas secas como dedos descarnados queriendo atajar el paso del agua.
Blanca se oprimio contra el hombre, murmurando:
– Llanlil, ?que haremos? Mi madre sospecha de mi.
– Tu lo sabes, Huanguelen. Deja que hable con el padre… el me comprendera y nos ha de ayudar.
– ?Y si no ocurre asi? ?Y si pretenden separarnos?
– Si no dejas de quererme, Huanguelen ?que hagan lo que quieran! -dijo Llanlil resueltamente-. La pampa es grande y tendra un lugar para nosotros. ?O es que el miedo te hace temblar ahora?
Blanca contesto con el unico lenguaje que el enamorado no rechaza jamas. Alzando su rostro hasta el de Llanlil sello la boca energica con un beso apasionado. En los ojos de el brillo el fuego de su temperamento calidamente viril y contesto a la caricia oprimiendo los suyos avidamente contra la boca fresca de la muchacha. Toda inquietud desaparecio en los dos dando paso a los impulsos del sentimiento. Esfuerzo le costo a Blanca volver a la calma y urgir a Llanlil a regresar. Como les ocurriera en otras ocasiones, nadie los vio acercarse y los
