Llanlil, alto y delgado, inicio un giro cauteloso. Cimbreante, amagaba entrar una y otra vez en un juego de desgaste que enardecia a Bernabe, pesado pero seguro. Las finas hojas de acero chocaron en sucesivas tiradas y arrestos neutralizados con firmeza por los contrincantes. En uno de esos finteos Bernabe entrevio un resquicio en la guardia de Llanlil y por alli extendio con velocidad pasmosa la cuchillada homicida. El indio salto perfilandose. Le parecio escuchar el alarmado grito de Blanca. El cuchillo penetro por el tejido de su brazo y alcanzo a torcer su cuerpo. Sintio la aguda punta presionando su costado mientras la cara de Bernabe se aplastaba, casi contra la suya. Se le pego a la cara el calido sudor que exhalaba su rival. Percibio el olor acre y penetrante… -?miedo!- penso Llanlil. El otro pugnaba por zafarse y Llanlil por herirlo. De golpe el hombre fuerte de Sandoval levanto la rodilla ferozmente hundiendola en el vientre del indio; este se doblo con un rugido de dolor y el poncho cayo de su brazo enganchado en el cuchillo de Bernabe. Por unos segundos permanecio doblado casi tocando el suelo, atontado por la tremenda conmocion que cortaba su aliento. Confusamente le llego la exultante carcajada de su contrario, pero el breve tiempo que Bernabe demoro en desembarazarse del poncho, salvo a Llanlil… Comprendio este que otra vez la lucha favorecia a su asaltante de las montanas y el odio, aquel odio profundo que lo impulso leguas y leguas por las duras mesetas, crecio en el como una oleada salvaje. Con un ultimo esfuerzo corrio hacia adelante, encogido y tropezando con las piedras mojadas de nieve y barro y la cuchillada dirigida a su cuello paso a escasos centimetros del cuerpo. Se irguio de nuevo con la chaqueta de cuero desgarrada, el arma brillando en su mano; agil como un gato montes obligo a Bernabe a girar, quedando ambos al borde de una vacilante hoguera. El frustrado intento sumergio a Bernabe en una ola de panico. A pesar de toda su habilidad, aquel indio escurridizo e imperturbable lo sobrecogia. Le parecia estar, no frente a un hombre, sino ante un puma de elasticos movimientos y afiladas garras, siempre bailando ante sus ojos y dispuesto a herir sin piedad. Una banda de sudor y miedo le nublo la visual y se le antojo que la noche descendia aun mas tenebrosa y obscura en torno suyo. Maldijo la nieve que espesaba sus copos desdibujando la silueta de su rival. Aguardo el ataque con las piernas abiertas y decidido a matar. Pero Llanlil no se apresuraba. Deliberada y tenazmente queria hacer sentir la infinita gama del terror reflejada en aquellos ojos, casi ocultos por las gruesas cejas, que lo miraban con fiero odio, pero sin nada de la burlona displicencia de un momento antes. Recobrado de los efectos del golpe que tuvo la virtud de galvanizar su energia, dominaba a Bernabe con su fria determinacion. Salto, giro, paro golpes, avanzo, pero siempre distante, impersonal, como ausente e inasible. A Bernabe le parecia que luchaba contra un fantasma casi diluido entre la nieve y la obscuridad. Alrededor de los dos hombres el silencio era total. El grupo de Ruda y Juan vigilaba la lucha y a los hombres de Sandoval, pero estos se mantenian tranquilos, intimidados por el numero y la decision de los recien llegados. Aquellos no eran indios resignados, a quienes se podia enganar con razones capciosas y argucias de mala fe.

Cuando el tragico juego parecio abarcar la noche entera y los hombres de Maniquiquen seguian imperturbables la lucha viril de su hermano de raza, el final se hizo previsible ante el creciente desconcierto de Bernabe.

– ?Dese por vencido, Bernabe! -grito Ruda intuyendo el desenlace. Juan lo miro con reprobacion. Entre su gente los duelos eran a muerte.

– ?Veni, desgraciado! -bramo Bernabe, incitando a Llanlil al asalto decisivo. Bajo la manga de cuero de su chaqueta la sangre corria mojando el dorso de la mano ligeramente contraida. Bernabe mostraba la cara cruzada de rojos hilos sangrantes. El cuchillo de Llanlil la habia taraceado con diabolica minuciosidad…

El final llego por senderos inusitados. El poncho de Llanlil seguia caido en el centro del palpitante ruedo de figuras inmovilizadas. Pisoteado y embarrado por los pies de los rivales, se confundia con las piedras. En un momento determinado, Bernabe con desesperada resolucion tiro un golpe decisivo y se fue con todo el cuerpo sobre Llanlil; espero este, listo a cruzarlo una vez mas con enloquecedora persistencia. Bernabe atropello y la punta de una bota se enredo en el poncho caido. Grito espantado al sentir la punta de acero penetrar entre las costillas… el grito se convirtio en lobrego aullido que paralizo a los mudos espectadores, y de golpe se troco en un ronco estertor agonico al tocar el punal el cansado corazon. Sus brazos cayeron flojamente a lo largo del cuerpo y se aplasto contra el indio que recibio el peso mortal y blando con sorprendido jubilo. Sintio el impulso ancestral de lanzar la voz victoriosa del guerrero, pero los ojos vidriosos que lo miraban con el postrer asombro de la muerte, contuvieron la explosion en su garganta. Luego el cuerpo se desplomo sobre el, y fue cayendo hasta el duro suelo pedregoso, dejando en el pecho de Llanlil una huella sangrienta. La revuelta y negra cabellera del muerto quedo de inmediato moteada de algodonosos copos como si el cielo derramase sus lagrimas blancas sobre el vencido.

5

Blanca ahogo un sollozo, mezcla de pena y gozoso alivio. Llanlil, taciturno y hosco, marcho hacia ella. Perplejo comprobo que en definitiva la anhelada revancha sobre aquel individuo no representaba para el otra sensacion que un cansancio cercano al desaliento; ante el se erguia aquella muerte con su secuencia de interminables conflictos con la sociedad de los blancos; ellos nunca perdonarian su legitima lucha y solo verian en el al criminal, al sujeto peligroso del que es necesario vengarse para salud y advertencia de posibles rebeldes. Inexplicablemente olvidaba sin embargo que alli, junto a el, habia hombres blancos solidarios y hermanados por la admiracion y el reconocimiento de su franco coraje; pero Llanlil estaba demasiado turbado para sentir aquella corriente de afecto espontaneo que despertaba su justa hazana. Ademas, no en vano el contacto con hombres de generosos sentimientos y sus ensenanzas habian modificado sensiblemente sus instintos. La muerte ya no se reducia al simple acto del hombre enfrentando al hombre; era algo trascendente que prolongaba en su alma un sentimiento de culpabilidad. No; aquella victoria le pesaba” duramente y Llanlil, sin saber por que, arrojo lejos el cuchillo que choco contra las piedras.

– ?Que le pasa, muchacho? -dijo Ruda emocionado-.

?Esta herido?

Llanlil siguio sin contestar.

La nevazon era ahora absoluta y cerraba la noche con un manto total, blanquecino y etereo.

Juan ordeno a los hombres de Sandoval que tomasen el cuerpo de su companero. Alguien recogio el poncho de Llanlil y lo enrollo en su montura. El capitanejo Toro, sin pronunciar palabra hizo un gesto a sus hombres y estos volvieron de las sombras arreando los valiosos carneros y algunas ovejas madres. Toro habia comprendido claramente la inutilidad de pretender intimidar a los blancos. Siempre sucederia lo mismo, y con resignada paciencia se dispuso a esperar. Era inutil; en cualquier bando que estuvieran los huincas imponian su ley con coraje y astucia. Como fuera salian adelante, echandolos a ellos lejos, siempre mas lejos, con su hambruna persistente, sus mujeres ronosas, sus chiquillos monotonamente enfermos de consuncion y sus flacos perros.

– Esta bien, Toro -dijo Blanca suavemente-. Lamento de veras todo esto; pero hablare con mi padre para que les entregue lo que necesiten… El invierno puede ser largo y duro… ?Atestiguaras como Llanlil mato en lucha leal a ese mal sujeto?

– Asi lo hare -respondio el capitanejo-. El nos incito a robar al patron… me dijo que nos ayudaria, el y sus hombres… Pero se llevaron las pieles como prenda.

– ?Cuando? -quiso saber Blanca.

– Hoy mismo, cuando ellos subian del valle…

– ?Los muy sinverguenzas! -estallo Ruda furioso.

– Volvamos, Ruda… estoy deshecha. Hoy ha sido un dia inacabable… -murmuro Blanca.

– Si, muchacha. No demoraremos mas que el tiempo necesario para arreglar la salida de esa gente hasta el Paso. Quiero que lleven a Bernabe a la poblacion sobre su caballo… ?Quizas alguien lo quiso en vida despues de todo! A decir verdad murio en su ley y ojala lo entiendan asi todos y Sandoval se llame a reflexion… De lo contrario el odio va a correr por las mesetas con mas fuerza que el viento.

– ?Ese hombre ambicioso y cruel es el verdadero culpable! -exclamo Blanca.

– Asi es, muchacha; bueno ?vaya!, valiente pequena. Adelantese con Juan y Llanlil… hay que curar a nuestro campeon. Manana haremos todo lo que convenga para dejar a salvo su responsabilidad… toda esta gente certificara la verdad de lo sucedido.

Se dispersaron.

La noche era tan completa y tan persistente la nieve, que a los pocos pasos los tres jinetes se diluyeron en las

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