sombras.
CAPITULO XIII
1
Al dia siguiente, gracias a la excitacion provocada por el extraordinario suceso, las horas fueron pasando velozmente y nadie se dio descanso en la tarea de tejer comentarios. Llanlil habia cobrado, a causa de su hazana, una extraordinaria nombradia a los ojos de la peonada, que valoraba el coraje y la maestria en el manejo del cuchillo. A punta de cuchillo habian ellos desafiado a la muerte alguna vez y conocian bien la dura ley del valor.
Pero el asunto tenia para el padre Bernardo el aspecto tremendo de un caso de conciencia.
Disimulando su honda preocupacion se mostro sereno y diligente con la primera claridad ofrecio su diaria misa y en ella la meditacion parecio encontrar la paz y la inspiracion para ajustar su conducta. Rogo y obtuvo sin dificultad que tanto Blanca colmo Llanlil se dirigieran a el en confesion y ambos cumplieron la sagrada confidencia con devocion y sinceridad. A Ruda, en cambio, una singular tarea “por el campo”, asi de indefinido y extenso, le impidio acceder a la solicitud del sacerdote, pero en realidad el viejo e irreductible librepensador, no encontraba argumento suficiente como para cohonestar una traicion a sus convicciones. Prefirio recorrer las lindes de la estancia cubierta con un manto blanco, sintiendo en la cara y las manos el aguijon del frio. Su rebeldia cerebral y su apasionado corazon le reservaban de tiempo en tiempo semejantes pruebas de las que salia mas fastidiado que fortalecido.
El padre Bernardo redacto con su hermosa letra, de rasgos casi femeninos, al extenso documento en el cual se daba cuenta de todo lo ocurrido, deslindando responsabilidades. La revelacion, firmada por todos sus principales actores y avalada por don Guillermo Lunder, fue cuidadosamente guardada para su posterior envio a las autoridades de Colonia Sarmiento. Recien entonces el misionero revelo a Lunder y sus familiares su determinacion de ir hasta el Paso Rio Mayo para acompanar al muerto a su ultima morada. Nada ni nadie logro disuadirlo, y negandose a toda compania partio solo, llevando un caballo de repuesto.
Cuando, envuelto en un gran poncho pampa, se alejaba en busca del camino de la meseta, se encontro con el capitanejo Toro y algunos de los suyos que venian a negociar la entrega de viveres. Tambien a ellas prometio visitarlos a su regreso y apretando bajo el brazo libre el pequeno cofre de cuero que contenia su minusculo y conciso altar, se alejo todo lo rapido que la gruesa capa de nieve permitia a su caballo.
2
Tres dias despues y cuando la impaciencia de Lunder y sus familiares, agigantada por las singulares circunstancias de los ultimos sucesos, cobraba proporciones de angustia, regreso el misionero. La tormenta de nieve que azotara la region habia convertido la picada en un lodazal, especialmente en las numerosas depresiones del terreno y tanto el religioso como sus dos caballos, estaban cubiertos de barro.
Regreso casi simultaneamente con el rapido crepusculo invernal que vestia con reflejos bermejos las casas
El padre Bernardo agradecio conmovido los cuidados que le dispensaban, pero al igual que al emprender el viaje, nada dijo respecto a sus andanzas en el camino, ni en el rudo ambiente del Paso, donde los hombres de Sandoval identificaban sus sentimientos con la aridez del paisaje.
A las preguntas de Guillermo Lunder, respondio entregandole un sobre que mostraba las huellas del peligroso viaje.
– Creo, don Guillermo -dijo suavemente, mirandolo con ojos que tenian la transparencia de las limpias aguas de los lagos-, que Sandoval ha puesto en ese papel respuesta a algunas de las preguntas que usted espera que yo satisfaga.
– ?Caramba! Me intriga su tono, padre… aunque a la verdad no debiera causarme extraneza. Yo no puedo esperar nada facil o grato viniendo de esa gente… En fin, veamos que dice la carta -y la sopeso pensativo como si quisiera adivinar su oculto contenido.
El padre Bernardo se levanto de la silla en la que desde hacia un rato acompanaba al enfermo, diciendole:
– Lo dejo, don Guillermo… Lo que la carta contenga, solamente usted debe saberlo y resolver en consecuencia. Sin embargo vuelvo a recordarle que siempre tiene en mi al amigo… sobre todo para las acciones justas.
– Gracias, padre. Nunca he dudado de la excelencia de su corazon -respondio Lunder emocionado.
Pero Guillermo Lunder no revelo hasta muchos dias despues el contenido de la misteriosa carta. Grave y reconcentrado, mantuvo un silencio distante y casi agresivo ante todo el mundo. Por su parte tampoco el misionero fue mas explicito y la gente de la casa termino por habituarse al silencio alrededor de aquel viaje.
Entretanto el invierno habiase aduenado definitivamente del valle y los breves dias trascurrian en la intima quietud del hogar comun, cuyo centro era la gran sala-cocina, en la cual la estufa de hierro no dejaba jamas de devorar los mas heterogeneos materiales capaces de producir calor, especialmente lena y raices celosamente racionadas, pues su almacenamiento era una paciente tarea de hormiga y el derroche podia resultar una experiencia peligrosa. La roja brasa de la estufa brillaba en las largas noches como un ojo esperanzado y alerta ante la frigida albura de la nieve que vestia el valle.
El padre Bernardo solia recorrer en las mananas heladas las casitas de los peones y los corrales, y si al azar tropezaba con Llanlil, nunca faltaba para el una palabra afable, pero cada vez que ello ocurria, era facil advertir que su expresion preocupada aumentaba y parecia enturbiar sus ojos una perplejidad casi dolorosa. Cuando Llanlil se alejaba seguialo con la mirada como queriendo adivinar el secreto pensamiento que el indio encerraba en su digno continente. Si lo hallaba ocupado en alguna tarea, que realizaba con absorta dedicacion, lo observaba de lejos, en un atento examen, paternal y dulcemente; pero luego la duda, la vacilante sensacion de confusion ensombrecia su rostro y se iba, con las blancas pero fuertes manos, hechas para la bendicion y el esfuerzo como lirios crecidos sobre la piedra, enlazadas bajo las amplias mangas de su habito.
3
Interin junio limitaba la luz del sol y el campo, blanqueado por las continuas heladas mananeras aparecia triste y monotono. La soledad era como un manto rechazando la presencia del hombre, que buscaba el calor bajo los techos acogedores. Hacia tiempo que las tribus de Maniquiquen se habian refugiado en sus tierras en Pastos Blancos, a soportar el largo invierno con la estoica y casi indiferente apatia con que veian sucederse las estaciones.
– Frida -dijo una noche Lunder, dirigiendose a su esposa en la intimidad de su alcoba-. He dejado pasar muchos dias sin hablarte respecto a la carta que me envio Mateo Sandoval… El asunto es demasiado serio y necesitaba reflexionar.
– ?Y bien?
– Mira; te pido antes que nada que olvides tus prevenciones y recelos contra la vida que elegimos, pues ahora se trata de nuestro porvenir y el de Blanca. Pero lee la carta… Ahi esta…
