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En el cruce del rio, Blanca y Llanlil, que cabalgaban cerca uno del otro, recordaron los dispares sentimientos la noche de la caida de Lunder. Blanca con pesadumbre. Llanlil con una curiosa y casi alegre sensacion de liberacion. Miro a su companera materialmente hundida entre los pliegues del poncho.
Algunos copos de nieve fueron a posarse, ingravidos con levedad eterea, sobre la muchacha. Llanlil alzo los ojos al cielo y sintio los alados copos resbalar por su cara. La nevazon era precedida de un denso silencio. Hasta el rumor de las cabalgaduras se tornaba sordo y opaco. Los jinetes agacharon sus cabezas y aflojaron las riendas, dejando que el instinto de los caballos los llevase senda arriba.
– Blanca -dijo Ruda, rompiendo el prolongado silencio-. Hace frio; ponte loa guantes o se te helaran los dedos.
– Descuide, don Pedro -respondio ella y ya no volvieron a pronunciar palabra. Mientras se colocaba los guantes de piel de liebre, suaves y calientes, y de cuya fabricacion se jactaba con razon el viejo Roque, Llanlil alargo su brazo y sostuvo el caballo de la muchacha.
Despues continuo a su lado, serio y como abstraido, pero ella sentia su presencia viril difundiendo seguridad y atrevimiento y, reconfortada, se acurruco bajo el poncho, acompasandose a la cadencia de su caballo, plenamente feliz de estar al lado del hombre compartiendo su peligrosa tarea.
Cuando alcanzaron el borde de la meseta la nieve caia como una sedosa cortina, convirtiendolos en fantasticas figuras blancas que ascendian silenciosas.
Blanca y Llanlil se hundian en la voluptuosa impresion de que la nieve los envolvia en un muro de algodonosa soledad. En aquel ambito estricto ellos marchaban, suspendidos, como si sus caballos fuesen munecos de goma y mas que caminar se deslizasen entre nubes bajas, cenicientas, que se fundian con la niebla levantada del suelo pelado de la meseta. En el fondo del silencio difundiase un resplandor rojizo, sobre el cual los copos revoloteaban hasta derretirse. Un batir sordo de cascos o tambores surgia de las tinieblas.
– ?Eh, Juan! -murmuro Pedro Ruda-. Ahi estan los paisanos. ?Maldita noche, casi pasamos de largo!…
– O los atropellamos, que hubiera sido peor -comento el aludido.
– Lleguemos de golpe hasta los fuegos… parece lo mejor -dijo Llanlil-. Hora mala de hacer visitas.
– Si. Es preferible sorprender a ser sorprendido -reflexiono Ruda-. Uno nunca sabe…
A una senal suya el apretado grupo emprendio un breve galope y cuando los perros, desorientados por la nevazon, rasgaron la noche con sus ladridos, ya los jinetes irrumpian en el circulo de luz, donde un compacto numero de indigenas se acuclillaban entumecidos. Desde otros fuegos cercanos, sombras alarmadas se interrogaban parloteando en su lengua.
La garganta de Llanlil emito un grito ronco, que tanto podia ser un saludo como una advertencia y con el cual obtuvo el raro efecto de acallar los murmullos.
Los indios, inmoviles ahora alrededor de las miserrimas hogueras, aguardaban callados y taciturnos.
– ?Somos gente amiga! -grito don Ruda rapidamente y sin perder de vista a los indigenas.
Una figura gigantesca se desprendio entonces del grupo y se adelanto despacio hacia los jinetes, sin demostrar temor alguno. Cuando estuvo proximo a don Pedro, Blanca se admiro de la imponente y a la vez grotesca traza de aquel individuo. Una altura de casi dos metros, rematada por una cabeza de viejo leon de lacia melena negra cayendo desgrenada sobre la cara mas feroz que se pueda imaginar. El sujeto era tuerto y su unico ojo sano brillaba con un resplandor peligroso y socarron. Le faltaban varios dientes y la larga herida que bajaba desde el pomulo hasta la comisura de los labios, estirandolos, lo obligaban a una permanente semisonrisa, helada y estremecedora. El vientre enorme parecia nacer directamente desde el pecho, ofreciendo la impresion de un gran tonel sostenido por macizas piernas. Los pies, en cambio, sensiblemente pequenos, pisaban sin molestia alguna el pedregoso suelo.
– ?Tu vienes del campo del gringo? -pregunto a Ruda, mirandolo medio de costado con su ojo unico.
– Vamos, Toro, ?no me estas conociendo? -dijo don Pedro.
– ?Ah, es cierto! -murmuro el llamado Toro con reticencia-. Salud, don Pedro, salud a todos…
– Bueno, Toro -dijo Ruda severamente-. ?Sabes a que vinimos, ?no es cierto?… -y ante el silencio del capitanejo, continuo: -Queremos que nos devuelvan los animales que se llevaron.
– Mi gente tiene hambre… -protesto Toro roncamente.
– Suponiendo que sea verdad, no arreglan nada robando… ?Don Guillermo Lunder no ha cumplido siempre con Maniquiquen? ?Por que venir en las sombras entonces? Si devuelven los carneros, manana tendran ovejas, harina y yerba, a cambio de pieles… como hemos convenido…
– No tenemos pieles -dijo el indio, mirando inquieto en direccion a la hoguera.
“Este teme algo… o a alguien” -penso Ruda-, “pero; ?a quien?”
La respuesta le llego en seguida por boca de Juan, que arrimando su caballo, murmuro:
– Don Pedro, me parece que hay gente nuestra con los indios… Estan ahi, cerca del fuego…
– ?Nuestra?
Juan aclaro entonces: -Bueno, blancos quise decir.
– ?Aja! ?Quien esta con ustedes? -pregunto Ruda al indio.
– Gente del Paso -respondio sin vacilar el gigante.
– ?Vamos a verlos! -dijo resueltamente don Pedro-. Mantenga su grupo atento, Juan… y cuide a Blanca…
Pero la muchacha miraba a los indios sin temor. A su lado Llanlil parecia indiferente. Sin embargo vigilaba con desconfianza cada movimiento de los hombres de la tribu, que se desvanecian casi en la obscuridad, apenas amortiguada por el resplandor del fuego. La noche se cerraba sobre ellos con su lenta lluvia de copos. Muy cerca escucharon el familiar balido de ovejas y carneros.
– ?Oyes, Llanlil? -dijo Blanca-. Bueno, sabemos que estan vivos al menos.
– Si -asintio Llanlil- y volveremos con ellos.
Al acercarse al fuego, el grupo de Lunder tuvo la desagradable sorpresa de enfrentarse con Bernabe y dos peones de Sandoval.
– Mala noche para quedarse en el campo raso -observo Ruda.
– Ningun lugar es malo cuando se tiene agallas -respondio Bernabe provocador.
– Dejelo, don Pedro -intervino orgullosa Blanca-. Bueno, Toro ?que contesta? Queremos nuestros animales… Solamente bajo esa condicion mi padre atendera sus necesidades…
– ?Ja… ja… ja! -se burlo Bernabe-. Miren a la nena, manejando al Toro… ?Se va a asustar, nina! -concluyo ironicamente.
Blanca adivino en la obscuridad el salto del caballo de Llanlil y le cruzo el suyo para impedirle pasar.
– Mire, Bernabe; se esta poniendo pesado ultimamente. Estos son intereses de mi padre y le prohibo que se cruce en nuestro camino…- Blanca, sujetaba su cabalgadura asustada por la presencia de los indios, los perros y el fuego cercano.
– Para prohibirme algo necesito un hombre ?… que j… der! -grito Bernabe furioso, y la claridad del fuego centelleo instantaneamente en la hoja del largo cuchillo que brillaba en su mano. Ante su actitud los indios hicieron rueda, paladeando con roncos murmullos de expectacion la perspectiva del desafio.
– ?A ver quien es el macho que me saca del camino!… -grito desafiante.
Un instante de indecision podia ser fatal a los ojos de los indigenas y Ruda lo sabia.
Prestamente bajo del caballo, pero cuando giro sobre sus talones ya Llanlil estaba frente a Bernabe cuchillo en mano. Blanca ahogo un grito de alarma, pero Juan sujeto las riendas de su caballo diciendole:
– Dejelos, senorita… Alguna vez tenia que suceder…
Llanlil habia cruzado el poncho sobre el antebrazo y con las piernas tensas estudiaba a su rival. El cuchillo trazaba en el aire un peligroso dibujo circular.
Bernabe, al reconocerlo, bramo sordamente:
– ?Ah!… Sos vos, perro. ?Esta vez no te escapas! -pero su voz tenia una imperceptible inflexion de temor. Con gusto hubiera preferido enfrentar a un blanco, por bravo que fuera. En los ojos de Llanlil vagaba una luz peligrosa y su mirada era tan helada como la de un muerto; solo que se clavaba en la suya, siguiendo sus menores movimientos con inexorable voluntad de matar. Bernabe se estremecio y su mano aflojo algo el mango del cuchillo. Resoplando se lanzo contra el indio, que lo aguardaba imperturbable.
