lagos dormidos como espejos de esmeralda y zafiro. Asi, como un poderoso aluvion, la marea humana se extiende y lentamente los dilatados ambitos se abren en picadas que van a morir a algun rancho escondido del viento, cerca de un arroyo, bordeado de arboles pequenos luchando por erguirse y creer, firmes como esperanzas, bajo el limpido cielo abrumado de estrellas.
3
– ?Que ocurre? -exclamo don Guillermo Lunder.
El padre Bernardo se precipito hacia el enfermo.
– Se ha levantado usted… ?por que lo ha hecho? ?En el estado en que se encuentra!…
Se volvio a un peon que lo contemplaba.
– A ver, muchacho trae una silla…
– Y bien ?me diran lo que pasa? -insistio Lunder, sentandose con esfuerzo. Estaba palido y un breve temblor le agitaba las manos que hasta entonces no conocian la debilidad.
– Senor -comenzo don Ruda gravemente- verdaderamente es una pesima noticia… Los peones que montaban guardia han observado a los indios de Maniquiquen, a lo que parece, rodeando el campo detras de los corrales. Presumen que han debido llevarse algunas ovejas… y lo que es peor, don Guillermo, se han robado varios carneros de raza…
– ?Maldito sea! -grito desesperado Lunder-. ?Pero es que van a arruinarme esos salvajes! ?Y los caballos?
– Nada les ha pasado.
– ?Que medidas tomo, amigo mio?… -murmuro Lunder abatido.
Ruda, que observaba con pena la evidente depresion
– Nada se puede hacer, a excepcion de redoblar la vigilancia y eso ya esta. Por esta noche cualquier otra cosa es imposible… Habra que esperar hasta manana…
Lunder meneo la cabeza y replico.
– Para entonces, ?adios ovejas y carneros! Esa gente los habra sacrificado… hay que hacer algo, don Ruda… ?y pronto! porque detras de ellos esta Sandoval-. Al pronunciar el nombre se volvio hacia Blanca que escuchaba atentamente. La muchacha miro a su padre como inquiriendo el sentido de su examen, pero ya el, satisfecho, hablaba con el religioso… “?Por suerte a mi hija no parece interesarle ese maldito Sandoval!”, pensaba el enfermo.
Un peon abrio la puerta de la cocina y mirando hacia afuera, exclamo con fastidio:
– ?Esta si que es buena! Tendremos nieve o agua… no se ve una estrella. ?Se puso fiera la noche!
– ?Papa! -dijo Blanca que asistia en silencio al ajetreo-. ?Quieres recobrar los carneros?
– Pero claro, hija… ?vaya con la pregunta! -respondio Lunder con extraneza.
– Entonces yo se quien puede hacerlo… Don Ruda… ?haga venir a Llanlil y prepare algunos hombres y caballos!
– ?Llanlil… Llanlil! -exclamaron varias voces a coro-. ?Que puede hacer ese?
– ?Ya lo veran! -afirmo Blanca y su tono hizo acallar los murmullos.
– ?Llanlil? -murmuro Frida, iluminada de pronto por una idea tan asombrosa que la rechazo instintivamente-. ?No… es imposible!… -y aguardo hondamente expectante.
– Patron… ahi viene el araucano -dijo Juan acercandose al grupo.
– Hagalo pasar -respondio don Guillermo-. Pero hija, ?cual es tu proyecto?
– Ir a ver al cacique guiada por Llanlil. La tribu acampa en la meseta. Esta noche he visto el resplandor de sus fuegos… volveremos con los animales, pues no han tenido tiempo de sacrificarlos. Cruzar el rio en la obscuridad y arreando animales no es facil ni aun para los paisanos…
Llanlil habia escuchado las ultimas palabras mientras enfrentaba a Lunder que descansaba en su silla. Frida clavo los ojos escrutantes en el indio que esperaba impasible. Lunder se levanto y a pesar de su enorme corpachon, apenas si sobrepasaba en pocos centimetros al indigena. Se acaricio la barba pensativo, estudiando a Llanlil con ojeadas de experto.
– ?Has oido? ?Sabes lo que ocurre? ?Te animas a hacerlo? -la triple pregunta hallo una sola respuesta.
– Si -dijo el indio sosteniendo la mirada de Lunder.
– Bueno, muchacho… -acepto este convencido-. Hazlo en seguida… Juan, llevese diez hombres bien armados, pero nada de violencias inutiles y digale al cacique que venga a verme cuando quiera… Don Ruda ?ira usted con ellos?
– Ya lo creo… -manifesto el aludido-. ?Vamos, Juan, caballos para todos y salimos!
– Y uno para mi… no se olvide, capataz… Puede hacer ensillar a Mordiscon -agrego rapidamente Blanca, mirando de soslayo la expresion de su padre.
– ?Pero, hija! ?No pensaras en serio ir con ellos! -dijo Frida asombrada.
Blanca la miro con ternura y pasando el brazo por los hombros de su madre, le dijo:
– ?Por que no, mama? Tengo tanto o mas interes que cualquiera en defender lo nuestro… y debo tambien soportar los inconvenientes…
Lunder golpeose el muslo con la palma de su mano. Le entusiasmaba escuchar tales palabras en boca de su retono.
– Bravo, jefa… ?asi se habla! Ademas, mujer, ira bien acompanada -agrego mirando a Llanlil con simpatia-. Y tu, muchacho, cuida de que no le suceda nada… ya se que eres bravo y leal. Aun no te he agradecido la salvada en el rio, pero lo hago ahora ?gracias, muchacho!
Llanlil miraba a Blanca absorto y contesto como saliendo de un sueno.
– Descuide, senor… Quila es valiente y nada debe temer.
Frida no dejo de reparar en que para Llanlil su esposo no era el patron, sino “senor”. Pensativa se retiro volviendo a poco con un pesado poncho.
– Toma -dijo colocando el abrigo a su hija que se empequenecio cubierta por la amplia prenda-. Abrigate, pues el tiempo es malo… don Ruda, si ocurre cualquier cosa cuidado con mi hija.
– ?Aja! -se limito a manifestar Ruda.
Fueron saliendo todos a campo abierto. Desde su silla don Guillermo murmuro viendo marchar a Llanlil:
– Tiene pinta el mozo… aparte del pelo demasiado lacio y demasiado negro, parece un guerrero de mi tierra.
– ?Si?, pues a mi me parece un zorro viejo… no me gusta nada -rezongo a su lado Frida, entrecerrando los ojos.
– ?Por favor, senora! -protesto suavemente el padre Bernardo que alcanzo a escuchar su despectivo juicio-. Concedale al menos algo a su favor… es un buen cristiano, se lo aseguro.
– ?Hum! ?Es posible eso?
– ?Y por que no? ?No sabe, senora, que mas al norte Ceferino Namuncura, hijo de un cacique al que el gobierno hizo coronel por sus leales servicios, fue llevado a Roma y ha muerto hace tres anos, casi en santidad por su extremada devocion y piedad? ?Que una hermana del mismo Ceferino llego a lucir en la sociedad portena, como una bella damita? ?Y aun que otro hermano de esta distinguida familia de indigenas fallecio siendo cadete del Colegio Militar argentino?… ?Por que no puede Llanlil ser buen cristiano, leal con sus amigos y valiente?… Bueno -anadio el padre Bernardo rapidamente, un poco azorado de su propia vehemencia-. No fue mi intencion dar un sermon, perdoneme ?quiere?
Frida hizo un gesto de contrariedad.
– ?Oh! Perdoneme usted a mi, padre… pero, ?estoy tan nerviosa! -dijo y quedo en el vano de la puerta escudrinando inutilmente la densa obscuridad.
Solamente alcanzo a escuchar los cascos de los caballos golpeando las piedras. Cerro la puerta lentamente, ahogando un suspiro. Se sentia agotada, casi enferma.
