– Eso no es cierto, ya le dije que la quiero… -protesto Sandoval acercandose a Lunder-. Nieguemela y yo sabre como tomarla… No puedo vivir sin ella.
– Usted es incapaz de sentir carino por nadie -dijo Lunder con el rostro empurpurado por la ira-, ni por ella siquiera… Unicamente tiene deseos, los mas bajos, los mas repudiables. No quiere a mi hija, pero necesita satisfacer su propia vanidad… Por eso esta aqui haciendome el cuento de sus grandes proyectos.
– Es lo mismo; no hagamos juegos de palabras…
– Claro ?juegos de palabras! Para usted la felicidad de Blanca, como la dignidad y la honradez, son simples juegos de palabras. Su cinismo es un insulto en esta casa, ?vayase! ?vayase le digo!…
– ?Callese de una vez o lo deshago entre mis manos! -grito Sandoval, precipitandose sobre el enfermo.
–
Sandoval, cuando se hubo desasido de los que lo sujetaban, salio a la galeria exterior, sin atender las palabras persuasivas del misionero que en vano intentaba tranquilizarlo y llegar a su comprension. Mateo Sandoval hervia de rabia, resentimiento y ansias de desquite. El desaire y la reaccion de Lunder a sus palabras lo tenia completamente fuera de si y, mientras llamaba a gritos a su gente, se volvio hacia los habitantes de la casa, gritandoles:
– ?Ya van a saber quien soy!…
Sin imaginar la parte que ella tenia en el suceso, Blanca miraba asombrada al desafiante administrador. No ocurria lo mismo con Ruda que. encarandose con el, grito:
– ?Mostra de una vez quien sos!…
Lo que siguio fue una barahunda indescriptible. A un ademan de Sandoval de extraer un arma del cinto, contesto Ruda derribandolo con un certero punetazo. Por su parte Bernabe no alcanzo a darse cuenta de lo que pasaba, cuando era rodeado por los peones de Lunder, que lo encanonaban con los
En la habitacion de Lunder, Frida contenia dificultosamente a su marido. Blanca se sumo a los esfuerzos de su madre y con ruegos y pacientes argumentos calmaron su colera, hasta conducirlo de nuevo a la cama, donde, temblando violentamente, prosiguio no obstante con sus sordas imprecaciones. Pocas veces Lunder habia perdido de tal manera el control de si mismo.
– Granuja… ?mostraste la cara al fin! Con que era eso lo que querias… -murmuraba Lunder, revolviendose en su lecho.
Frida, que no entendia nada, intervino cortando los rezongos del hombre.
– Pero Whilen ?como vas a curarte comportandote como un muchacho! Ya paso todo y esa gente se ha ido…
– ?Donde esta Blanca? -pregunto el sin escuchar sus palabras-. Recien estaba aqui…
Frida lo observo con sorpresa.
– Andara por la cocina. ?Para que la necesitas ahora? -pregunto.
– Yo me entiendo -respondio su marido y no volvio a pronunciar palabra.
– ?Quieres que la llame? -volvio a insistir la mujer.
– No… no, ?dejala! Necesito pensar…
– Bueno, si es asi, hasta luego… -replico ella.
– Hasta luego -dijo Lunder ensimismandose.
Cuando Frida cruzaba la gran sala-cocina, donde la estufa enrojecia solitaria, rodeada de sillas volcadas y trozos de lena dispersos, encontro a Maria ocupada en poner un poco de orden.
– Muchacha, ?has visto a Blanca?
– Recien la vi salir… al campo me parecio que se iba, o a los corrales tal vez… A la verdad no lo se realmente…
– La noto muy rara ultimamente. ?No crees tu lo mismo? Empieza a preocuparme. Aunque pienso si no estara cansada de esta clase de vida que llevamos… encerrada en casa… -Maria se escandalizo:
– Senora, ?encerrada dice! ?y todo este espacio abierto?… unicamente el cansancio pone rejas al entusiasmo de vivir… Valles, rios, mesetas y caballos… ?caballos para irse libre hasta el horizonte! ?Como un pajaro!…
Frida respondio mirando a la muchacha de soslayo.
– ?Bah! Vos, ella y su padre… sonando y fantaseando. La Patagonia sirve para refugio de canallas como Sandoval o desilusionados como don Pedro, no para gente honrada… En fin… llevo aqui muchos anos de sufrir y esperar… esperar siempre inutilmente… -se paseo apretandose las manos-. Hace frio… que no se apague la estufa.
– Si, senora -contesto Maria, bajando la cabeza.
4
?Donde estaba realmente Blanca en aquellos momentos?
Pasada la emocion del insolito incidente, se alejo de la casa.
Ensimismada marcho hacia el rio, que se escondia entre las nacientes sombras de la noche cercana.
Su corazon estaba oprimido por vagos pensamientos que la cercaban, aturdiendola y trasportandola como en un sueno. Despues un deseo timidamente esbozado fue cercandola…
Entonces todo lo olvido y quedo atras. El miedo y las palabras. La soledad y la noche… Iba hacia una cita. Concertada sin palabras. Tacita. Sucesivamente ansiada y rechazada. Toldas sus ultimas horas la habian nutrido, hasta desbordarla, con las mismas palabras… “?Ve, te espera! ?Estas loca?… ?Un indio es quien te llama!”
Dura lucha habia librado Blanca tratando de lograr que su razon aceptase al amor que su corazon celebraba deslumbrado. Tristes pensamientos irrumpian como nubes hoscas en aquel cielo de esperanzados suenos. Presentia el airado repudio de sus padres ante la pasion que clamaba derechos ancestrales… obscura y maravillosa fuerza elaborada y nutrida en la sangre; absurda a veces, aunque siempre los pasos del amor fueron guiados por la intuicion de dos almas buscandose, dolidas y solitarias entre el tumulto, para arribar al fin a su propio centro, alli donde la vida se prolonga en un nuevo salto en el vacio.
El hecho de que un prejuicio convencional rechazase aquel amor dispar en apariencia, no invalidaba el llamado inexorable y tremendo de las generaciones, el encuentro eternamente insondable y repetido de la pareja humana sobre la, tierra. Sentia Blanca su vida anudada a la de Llanlil y el alborozado sentimiento nivelaba instintivamente todas las diferencias. Llanlil cobraba para ella la personalizada imagen de cuanto le era grato; las pampas, los rios, impetuosos o helados, el viento restallante, las montanas misteriosas y los lagos de aguas verdes como esmeraldas enormes reflejando el verde vegetal de los pinos seculares. Blanca, amanecida en un alba de nieve y de mesetas, no era mujer de perderse en suspiros pueriles. Ante la certidumbre del amor sintio primero el asombro y confusion de la dulce y ya naciente tirania; despues solo comprendio cuanto amaba y como, sola, debil y pequena en aquel mundo gigante, debia defender su amor, encerrarlo en los justos limites de su dignidad, elevarlo sobre la curiosidad malsana y aspera de aquellos “hombres mas rusticos que malos, pero cuyos profundos apetitos yacian solo a medias domados por el temor y el respeto ante la flor cuyo perfume embriagaba sus sentidos, exaltandolos con su lejania inasequible. Insinuados y salvajes como la naturaleza, los bravos caballos del deseo pasaban en las noches patagonicas resonando en las sienes heladas de los ovejeros envueltos en duras
