pieles y la imagen de la mujer quedaba temblando ante ellos, desnuda, solitaria, como una estrella del amanecer desvanecida entre gasas rosadas…
Blanca no ignoraba ninguno de los peligros a que se exponia en aquel medio, pero segura y cabal, habia sabido cortar siempre con una sonrisa de camarada cualquier indicio equivoco. Solo ahora comprendia su tremenda fragilidad; pero valerosamente afrontaba el intimo conflicto. Su alegria y su temor. El destino la conducia, a ella, la hija de los rubios extranjeros, hacia los brazos del nieto de los caciques de las mesetas… Irreal en la obscuridad que invadia aceleradamente al valle, Blanca Lunder iba al encuentro de Llanlil, el reche de ojos extranamente azules.
CAPITULO XII
1
Firme y resuelta marcho por la alameda. Hasta ella llegaba el apagado murmullo del rio. Una liebre, sorprendida en el recodo del sendero, salto al verla y desaparecio tras un tronco. Cuando asomo de nuevo su suave hocico tembloroso, ya Blanca se acercaba al final de la alameda. En el aire sin viento las hojas de los arboles se agitaban levemente produciendo el rumor de una conversacion entrecortada.
Se quedo contemplando estremecida las aguas claras que corrian musicales entre las piedras. A pesar de la absoluta soledad le parecio que cada arbol a sus espaldas escondia un testigo atisbando su secreto. Instintivamente anhelo prolongar la soledad que la envolvia en una esfera desasida del tiempo. Sintio como en suenos la mano de Llanlil apoyarse en su hombro.
– ? Viniste, Huanguelen! -dijo el, buscando su mirada, -Llanlil, un dia te pedi que no volvieras a llamarme asi… ?Soy acaso de verdad una estrella?… -reconvino Blanca, mirandolo sonriente. Aunque a ella misma le resultara sorprendente, ningun temor la embargaba. Mas fuerte que la pasion, se sentia protegida por el respeto y la hidalguia innata en el indio. En realidad mayor temor sentia al imaginar la reaccion de su propia gente.
– Siempre te vi como una estrella, nina Blanca. Cuando abri los ojos despues del largo viaje y volvi en mi del sueno de la muerte, me pareciste una estrella lejana. El resplandor de tu pelo era la luz que te rodeaba… ?No dice Roque tambien que eres Quila, el junco joven?
Blanca lo miraba y su suave sonrisa agitaba los sentidos de Llanlil.
– Extrana imaginacion la de tu gente… ?Siempre embellecen las cosas y los seres de tal modo?
– Siempre -respondio Llanlil-. La desgracia nos vuelve sombrios, pero Viendote me siento libre y las cosas del cielo y de la tierra me parecen buenas para tu adorno…
Blanca giro la cabeza en direccion al rio y exclamo entrecortadamente:
– Sin embargo yo no puedo cambiar las antiguas costumbres establecidas entre los mios y deseo conservar mi nombre…
Llanlil ofrecia un cambio notable; su reserva habia desaparecido dando paso a una inspiracion calida y ardiente. En su voz revivian leyendas de amores legendarios. Con acento apasionado dijo a la muchacha.
– Huanguelen o Blanca, ?que importa el nombre, mi nina!… Importa lo que sentimos nosotros, ahora, frente al rio que pasa… ?Huanguelen! ?Lo que yo siento!… -Pero Llanlil, ?todo esto es una locura! -y la voz de Blanca tenia un vago tono de ruego.
Llanlil irguio la cabeza y exclamo fieramente: -Entonces yo estoy loco… ?Te quiero, mujer blanca, aunque estes mas lejos que todas las estrellas en el cielo!
?Aqui dentro me quema el fuego!… Pero, como todos, me desprecias porque soy un indio.
Ella protesto agitada y poniendo las manos sobre el pecho del indio, murmuro:
– No digas eso, Llanlil… ?no es cierto! Yo nunca separe a los hombres en indios ni cristianos, sino en malos y buenos… sin embargo, las cosas son como son y nada podemos hacer nosotros…
– ?Yo si puedo! -dijo Llanlil con el orgullo de un cacique invencible-. Puedo luchar hasta el fin si no me aceptan por bueno… Si tu quieres, saltare a las mesetas, subire a las montanas y muchos de los mios me seguiran de nuevo… ?Dime!… ?Quieres verlo?…
– ? Nunca por Dios!…
– ?Quieres entonces que trabaje la tierra; que pueble el campo de caballos veloces como el viento; que en rapida carrera arrebate al chulengo para ofrecerte la piel que abrigue tu delicado cuerpo?…
– ?Crees por ventura que te dejarian hacerlo? Yo se que eres capaz… pero ellos, los otros, los hombres blancos no te permitiran jamas que atropelles su orgullo y, poniendote a la par, quieras no solo disputarles el fruto del trabajo, sino…
– Tu amor ?no es cierto, Huanguelen?
– Asi es -admitio Blanca, entristecida.
Llanlil giro a medias su cuerpo, contemplando el rio, cuyas aguas brillaban intermitentes, como el lomo de una serpiente deslizandose entre las piedras. Blanca observo sus labios duramente contraidos, moverse apenas dejando escapar las palabras.
– Pero tu, ?quieres a Llanlil, tu esclavo, como dueno? -y se volvio de nuevo a mirarla.
– ?Si asi no fuera estaria ahora aqui, oyendote? ?Ah, Llanlil, Llanlil, que llegaste de noche, nacido de las sombras como un sueno! Los hombres de tu raza cabalgaron leguas de pampa para arrebatarle al blanco sus mujeres… para matar…
– Era la guerra entonces, el precio…
– Lo se, lo se… el precio del odio, de la codicia… por eso tambien se de vuestros muertos. La tierra, que tenia tanto calor para todos, hubo de llenarse de muertos…
Blanca se hallaba al borde de las lagrimas. Se oprimio contra el pecho de Llanlil. El hombre estaba alli; el amado era eso ante todo… simple y absolutamente un hombre. El acaricio los hombros y sus manos heladas y le dijo mostrandole las suyas, aquellas manos fuertes de largos dedos morenos.
– Mira mis manos, estrella; ?no las mancho nunca el crimen, ni el robo! Yo gane en la soledad de los bosques mi sustento… soy cristiano, Blanca, y junto a los tuyos me hice hombre: ?por que han de rechazarme ahora?… ?No tengo acaso el corazon y el brazo fuerte para ganarle a las mesetas mi derecho? Entonces… me ire lejos, Huanguelen, a mis bosques, y si no quieres seguir los pasos de Llanlil, nunca volveras a verlo… ?Pero alli arriba, en los escondidos valles poblados de flores y silencio, he de morir queriendote!…
– No quiero oirte hablar asi, amigo mio… Esperemos. Dios no ha de privarnos de su ayuda y su consejo… Prometeme, Llanlil, que aguardaras a que mi padre recobre su salud, antes de hablar otra vez de nuestros sentimientos…
Eran ya profundas las sombras de la noche. La via lactea parecia rozar la cima de los cerros con sus infinitas puntas de luz. Las aguas del rio se quebraban como espejos rechazando centelleos electricos. De las lagunas cercanas llegaba hasta ellos el cloquear incesante y vasto producido por los habitantes alados que buscaban sus refugios. A traves de los alamos brillaba una luz proveniente de las casas envueltas en las tinieblas. Desde algun punto impreciso se elevo el limpido preludiar de una guitarra rasgueada con indolente pereza en la indecisa iniciacion del canto que se demoraba una y otra vez como embrujado del hechizo de las notas. El desconocido cantor punteo al fin las cuerdas, y grave se alzo la voz, entonando la eterna y varonil queja del macho solitario que llora el amor fugaz ya transcurrido o reclama su presencia.
Blanca y Llanlil escucharon como sugestionados el dulce acento del anonimo cantor que como la calandria, buscaba la soledad para ensayar su melodia sin fin. Sin saber como, llevados por irresistible impulso, los labios se buscaron y el largo y primer beso nacio, puro y total, bajo el manto de la noche constelada de parpadeantes estrellas.
La noche abrumadora y tremenda de las mesetas oculto aquel beso profundo en su misterio, lo diluyo en el vasto silencio sin testigos y les dejo los labios temblorosos. Despues Blanca apreto su cara contra el pecho de Llanlil y le parecio escuchar milagrosamente diafanas, las notas de la guitarra confundidas con los latidos del corazon del hombre que habia sellado sobre su boca, en aquel primer contacto irremediablemente definitivo, el
