destino de su vida. Desde el fondo de su ser la recorrio un sollozo largo y dulce que Llanlil recibio en ofrenda.
Permanecieron aun tomados de las manos, cuando en la ladera este del valle, naciendo entre las sombras, se levantaron en distintos puntos haces de luces como pequenas columnas resplandecientes.
Blanca repentinamente vuelta a la hora y a la realidad, exclamo:
– ?Llanlil? ?Que es eso?
El muchacho contemplo las debiles senales brillantes y respondio sin vacilar.
– Es fuego… hogueras indias…
– ?Entonces ya estan aqui las tribus de Pastos Blancos o Loma Redonda!
– ?Tienes miedo? -pregunto Llanlil.
– De ninguna manera… siempre los hemos tratado bien… ?Por que habia de temerles?
– Te digo, Huanguelen, porque los hombres de la estancia dicen que el rival de tu padre, ese don Sandoval que hoy vino con armas y compinches, esta incitando a mis hermanos a provocar al patron, si no les dan cuanto pidan…
– Algo he oido, pero me resisto a creer a Sandoval capaz de semejante ruindad… de todos modos seria prudente que mi padre se entere cuanto antes de lo que ocurre.
Llanlil marcho unos pasos, invitando a Blanca, con un gesto a seguirlo.
– Vamos entonces, mi nina… Que tu padre sepa y si quiere yo puedo hablar a los caciques para conocer sus necesidades…
– No, Llanlil; acompaname un poco, pero no deben vernos juntos ni menos sospechar. ?Olvidaste ya mi pedido? Nada ocurrira todavia; ademas, siempre hemos atendido a las tribus y no nos haran ningun dano…
– Como quieras, Huanguelen… ?dame tu mano!
Llanlil la dejo una vez pasados los corrales, cuando la silueta de la casa se perfilaba frente a ellos. Aun brillaba una luz en la cocina… En el rancho del solitario cantor se habia hecho silencio. Serian las diez de la noche.
Blanca se deslizo ligera por la galeria y ya penetraba en su pieza, cuando la figura de su madre, plantandose en la puerta, le cerro el camino. Blanca ahogo un grito de sorpresa.
2
– ?De donde vienes? -pregunto Frida con dureza.
La muchacha no supo que responder. Despreciaba las mentiras como una cobardia estupida. Frida insistio, haciendose a un lado.
– ?Me diras de donde vienes -y para disimular su nerviosidad se atareo en encender la lampara. La luz ilumino su rostro preocupado.
“?Que avejentada esta mi madre!” penso con dolor Blanca.
– ?Oh, mama! -contesto al fin-. Fui hasta el rio… yo… no podia dormir.
– ?A estas horas? -Frida observo el encendido rostro de su hija. Despues continuo con acrimonia-. Basta de enganos, Blanca… nadie sale a estas horas a mirar el rio simplemente por que no tiene sueno… ?Con quien has andado?
– ?Mama por favor! -rogo Blanca yendo hacia su madre. Pero ella la rechazo.
– ?Bah, no te hagas la inocente! Al menos por consideracion a tu padre podrias mantener tu dignidad… te comportas como una chinita desvergonzada. ?Me diras al fin que has andado haciendo por ahi?…
Blanca, aguijoneada en su orgullo, respondio asperamente:
– Pues no, mama, no puedo decirte nada… lo siento, creeme que lo siento…
Frida se mantuvo un momento tensa, muda de sorpresa y colera.
– ?Esta bien! -grito al fin, casi al borde de una crisis. -?Manana arreglaremos esto con tu padre!
La muchacha se volvio, ahora con un ruego.
–
– Estas loca… No te parece suficiente insolencia, sino que tambien vas a ensenarme a mi lo que debo hacer… ?es el colmo!
Blanca se sento al borde de la cama, y dijo con voz dolorida.
– Creeme, mama… nada hago que sea reprochable… ?Pero es tan dificil que puedas comprenderme!…
Frida Lunder insistio de nuevo.
– Si me ocultas la verdad es en vano pretender que comprenda tu actitud. ?Habla entonces!
Afuera se oyeron fuertes voces llamandose a gritos. Las dos mujeres se miraron inquietas y olvidadas de todo.
– ?Que ocurrira ahora? -exclamo Frida.
Pero Blanca, momentaneamente liberada, dijo presurosa:
– Espera
– ?No, quedate, tengo miedo! O mejor, ?vamos con tu padre!…
– Si, mama, vamos.
Encontraron a su padre calzandose las botas.
– ?Que haces, hombre? -protesto Frida afligida.
Lunder la miro con fria resolucion.
– Ya lo ves -dijo al fin. -Algo pasa afuera. ?Eh! ?Dejate de reproches y ayudame!
Apoyandose en su esposa y Blanca, marcho hacia la cocina, donde las voces indicaban la presencia de los hombres que se reunian.
Hallaron a varios rodeando a don Ruda y al padre Bernardo. Un peon manipuleaba raices en la hornalla de la estufa. La gente estaba fuertemente armada, y gruesos ponchos, gorros de piel y pesadas botas completaban su aspecto decidido. Maria, tambien despierta y alarmada, se disponia a calentar agua para el mate, mirando con aprension a Ruda que escuchaba a su gente. Afuera otros peones, que iban y venian, hablaban con excitacion. Exclamaciones y denuestos dichos en la cadenciosa tonada chilena se mezclaban al gutural acento germano.
Es curioso comprobarlo, pero en cualquier pueblo o establecimiento patagonico de principios del siglo, de cada diez individuos reunidos, no se hallaban tres de igual origen.
Unidos por el interes comun, por el azar o la incitacion del misterio o la aventura, convivian en heterogenea mezcolanza, argentinos, chilenos, latinos y germanos, rusos indefinidos y exoticos, turcos emprendedores, franceses caballerescos manteniendo su
