mesetas y atropellan cualquier derecho ajeno?

– ?Cuidado, Blanca!… tu padre es uno de esos hombres y que yo sepa es respetuoso de la ley y muy humano. ?No lo crees asi?

– Sin duda y usted sabe que no me refiero a el o a quienes son como el. Llanlil no es extrano ni a mis sentimientos, ni a mis creencias y ciertamente es mejor, y mas bueno y noble que muchos blancos. ?Solo una circunstancia de nacimiento, que no prueba nada, lo hace extrano a los ojos de los otros! Pero usted sabe bien, padre, que siempre el vencido es subestimado por los conquistadores, Es otro modo de vivir y tal vez ni eso siquiera… ?ah! y el interes de ignorarlos ?no es verdad?

– ?Bravo problema te ha suscitado esa simpatia, querida nina! -exclamo el padre pensativo.

– Es algo mas que simpatia, padre -lo contradijo ella con calor-. Es amor. Amor de los dos que esta mas alla de la comprension de los demas… blancos o no blancos.

– Si, claro… claro… no sera la primera vez ni la ultima que ocurra -dijo el religioso admirado ante la revelacion, procurando centrar el insolito suceso en sus justos limites-. Pero debes comprender, hija -anadio- que tal como estan las cosas, la verdad va a provocar una extraordinaria conmocion en tu casa.

– Es cierto ?pobre mama, siempre tan reacia a las cosas de esta tierra! En cuanto a papa, si no fuera por su enfermedad y los problemas que lo preocupan, lo se capaz de comprenderme…

Habian pasado los corrales y si Mordiscon, el fiel caballo de Blanca, hubiera podido comprender, se hubiera escandalizado ante la indiferencia Musitada de su ama hacia el. Pero Blanca, erguida y agil en sus ropas cenidas de piel y el anciano ligeramente encorvado pero fuerte, caminaron ensimismados yendo hacia la meseta del este, donde la nieve se acumulaba al pie del faldeo.

Alli los sorprendio un grupo entusiasta de peones, por entre los cuales saltaban alegremente los perros lebreros. -?Que hacen? -pregunto el padre Bernardo. -Estan cazando liebres. Venga… -respondio Blanca. En efecto, los peones se dedicaban a una distraccion singular. Los perros, especialmente adiestrados, husmeaban entre las matas y las rocas del faldeo; se introducian en las numerosas cuevas y delante de ellos huian alarmadas las hermosas y grandes liebres patagonicas. Entonces ocurria lo imprevisto para los aterciopelados roedores. Los peones formaban, junto con otros perros, un movil y extenso cerco que cerraba el paso de los animalitos. Poco a poco eran empujados hacia una esquina del cerro, donde la nieve acumulada tenia un grosor considerable. Alli los saltos de las liebres, perdian elasticidad y a medida que se internaban, sus movimientos se volvian mas y mas torpes hasta detenerse completamente. Los aterrorizados animalitos se agitaban inutilmente en la imprevista trampa y sus ojos, como redondas cuentas de cristal, veian acercarse a los perros excitados, seguidos por los cazadores. La muerte les llegaba rapida y certeramente. Sus debiles cabezas no resistian el golpe de los taleros y ni siquiera el zarpazo de los perros. Numerosas piezas cobradas certificaban la bondad del sistema.

El misionero y Blanca, atraidos por el espectaculo, olvidaron sus preocupaciones. Lejos, viniendo del rio, Llanlil se acercaba tambien a reunirse con el grupo. Era mediodia y el sol alcanzaba su maxima intensidad, derritiendo a medias la nieve. Pequenos arroyuelos se deslizaban entre las piedras, y el declive llevaba las aguas hacia los menucos que orillaban los numerosos brazos del Senguerr.

El padre Bernardo se volvio y dijo a Blanca que miraba hacia el rio:

– Bueno, muchacha; ni una palabra a tus padres todavia ?comprendido?

CAPITULO XIV

1

El enorme carreton tirado por la recua heterogenea de muias y pequenos caballos, avanzaba por la picada que lleva del Paso al Ensanche, como un pesado y grotesco barco sobre un mar de nieve. El viejo y remendado toldo, con mas cueros anadidos que lona, ondulaba en jirones. Detras del vehiculo, los caballos auxiliares trotaban unidos por sogas, espantando a los perros que saltaban atropellandose entre sus patas.

Hasta donde alcanzaba la vista (y desde el altisimo pescante la visual era dilatada), no se veia mas que nieve y duras matas achaparradas. Los ocupantes del carreton eran tres: un viejo de cabellos grises que escapaban en mechones bajo el rustico y sucio gorro de piel; un obscuro moceton que mascaba, imperturbable, tabaco en cuerda, escupiendo la amarga y espesa saliva sobre la nieve, y entre los dos se aburria el tercer personaje: un muchachito delgado, que miraba sin asombro alguno la extension blanca con sus ojos renegridos y ardientes. Con los brazos cruzados por debajo de su deshilachado ponchito de lana, precozmente parsimonioso el gesto, guardaba una inmovilidad indiferente. Tenia frio y hambre y pocas ganas de hablar. De tanto en tanto, para desentumecerse, pateaba con energia contra las duras tablas del carro.

El carreton era un almacen rodante y aquellos tres personajes sus propietarios y dependientes. El viejo iniciaba su viaje en Comodoro Rivadavia y luego de visitar los pobladores lindantes al paralelo 46, se llegaba hasta el lago Buenos Aires, para despues, describiendo un semicirculo de muchas leguas, cruzar el Guenguel, arribar al Paso, seguir por el Ensanche, visitar Colonia Sarmiento y regresar a Comodoro por el lado opuesto. Durante el largo itinerario, realizaba toda clase de transacciones comerciales: salia repleto de comestibles, telas, ropas, municiones, armas y amen del intercambio en metalico, recibia en trueque pieles de zorro o de liebres, pequenas partidas de lana, cueros, y en ocasiones menudas bolsitas de oro lavado o en pepitas, oro extraido por solitarios buscadores auriferos de los arroyos helados de las montanas. Pero el ciclo comercial no terminaba con el regreso. La mujer del viejo regenteaba en Comodoro una casa de comida, donde los primeros obreros de los pozos dejaban crecidas sumas a cambio de un guisote caliente y un vaso de vino. A la fonda ingresaba el producto de cada viaje y el comercio proseguia incesante y activo en la nueva poblacion.

Tal vez ni el mismo viejo imaginara que diez anos despues, aquella combinacion lo convertiria en acaudalado comerciante, dueno de campos y flotas de carros. Pero cada giro de las ruedas de su destartalado vehiculo lanzaba hacia el futuro un mensaje de riquezas y de poder. En el presente el y sus hijos tiritaban de frio mientras vigilaban el horizonte con las carabinas al alcance de las manos, prontos a defender su mercancia e incluso sus vidas de la rapacidad de los indios o la inclemencia de los salteadores de caminos; hombres desesperados a quienes poco les importaba dejar tendido a otro al borde de una huella de piedras lamidas por el viento.

– Viejo -dijo el moceton sin dejar de mascar tabaco -hay que apurar… o no llegaremos al Ensanche con luz.

– Prefiero llegar sin luz a romper una rueda -afirmo el viejo.

La sola idea de romper una rueda desagrado al hijo del comerciante, que apreto los labios y se quedo contemplando con aprension la meseta.

– ?Tienes frio? -pregunto el viejo al menor de los muchachos.

– Algo-, respondio este laconicamente.

– Tambien usted… supongo que hasta la primavera no volvera a salir -intervino el mayor.

– Si. Este invierno viene muy nevador…

El muchacho miro a su padre y comento:

– Si el invierno sigue asi, tendremos buenas pieles de zorros y chinchillas… ?no es cierto?

– Aja… ahora que se arriman los barcos son muy buscadas. En Buenos Aires y Punta Arenas empiezan a gustar las pieles.

– ? Buenos Aires!… -repitio el muchacho abstrayendose. ?Cuando podria el conocer la ciudad maravillosa que se miraba en el rio perezoso? ?De que le servia que su padre juntase plata, si todo el ano trabajaba como un esclavo? Miro las seis parejas de muias y caballos que tiraban del carro y calculo con rabia todas las correas, bozales, hebillas, arneses, sogas y cadenas que tenia que manejar cada amanecer y cada crepusculo, para uncir las bestias al carro o libertarlas. Pensaba en el frio que le agarrotaba los dedos en la dura tarea; en el sudor de los animales y el olor de los cueros pegandose a su cuerpo, que no sabia ya como era a fuerza de vivir como un salvaje, envuelto en asperos chaquetones y durmiendo con las botas puestas y el revolver al lado de su cabeza. En cambio, en Buenos Aires, al menos asi decian los viajeros y lo confirmaban las postales del 1900 que le regalo un marinero, los muchachos de su edad, magnificamente trajeados, escoltaban a las doncellas de talles

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