increiblemente breves y atrevidos escotes, por donde asomaban las huellas timidas y calidas de las sedas y el rosado de la carne. Graciosas figuritas bronceadas por un sol generoso y suavemente perfumadas que arqueaban los brazos con la senorial distincion con que los cisnes negros de los lagos curvaban sus cuellos desdenosos. A Comodoro comenzaban a llegar las primeras chicas de dudosa filiacion que alegraban, desde mas dudosos tabladillos y cafes, a los atareados pobladores del lugar, y si estas mujeres eran hermosas ?como serian las otras, las verdaderas portenas, de pestanas como atardeceres y languideces enervantes! Plata… plata… el necesitaba ser rico para ganarse el derecho a disputar a aquellos mocitos peripuestos las maravillosas mujeres portenas. Mientras tanto el zangoloteo del carromato, del que salia el tufo de los cueros amontonados era la dura realidad y el rustico presente. Furioso escupio el tabaco mascado sobre la nieve del camino y se paro en el pescante oteando la meseta que se extendia a su frente. Sobresaltado alcanzo a ver alla lejos, en un canadon del norte, unos bultos escondiendose entre las matas de calafates.

– ?Indios! -grito excitado.

Su padre y su hermano se levantaron instantaneamente.

– ?Donde? -pregunto el menor apretando el brazo de su hermano.

– Por alli… -senalo el moceton.

– Y bueno, indios… hay unos cuantos por aqui -sentencio el viejo volviendo a sentarse y sacudiendo las riendas del tiro. La tropilla se estiro ante el reclamo, iniciando un trote parejo y rendidor.

– No me gustan los paisanos cuando se esconden -le dijo el muchacho examinando su remington mientras su hermano se empinaba para observar los alrededores.

– Ya falta poco -lo tranquilizo el viejo, pero calculo con cierta inquietud el resto del camino y la luz del sol. No era muy agradable ser sorprendido por la noche en las mesetas, con paisanos hambrientos rondando el carro y los caballos.

– En el Paso hablaron de ellos ?se acuerda viejo?

– Deben ser esos y si la Compania los echa a las pampas andaran desesperados… me parece que realmente don Lunder va a tener trabajo con ellos este invierno.

– Algo ocurre entre los pobladores y la Compania ?No le parece? -siguio diciendo el hermano mayor-. En el Paso alcance a escuchar ciertos comentarios nada tranquilizadores…

– Tene en cuenta que la muerte del capataz, o lo que fuera ese Bernabe, los tenia bastante revueltos. ?Debe ser cosa seria ese indio que lo mato! Mano a mano y a puro cuchillo fue la pelea…

– ?Como me hubiera gustado estar! -exclamo el menor entusiasmado.

– ?Bah, bah!… Nosotros somos comerciantes y cuanto menos nos veamos metidos en asuntos ajenos, mejor iran los nuestros -repitio secamente su padre.

– Si, claro, a usted no le interesa mas que la plata ?eh, viejo! -rezongo despectivo el moceton, y haciendose el desentendido achico los ojos mirando la lejania.

El hombre miro a su hijo con enojo, pero despues se echo a reir despacio. La risa le inflaba los carrillos cubiertos de barba rala y le levantaba los labios dejando ver sus escasos dientes manchados. Dejo pasar un rato en silencio y luego dijo:

– Poco sabes de estas cosas, a pesar de los anos que llevas entre las gentes de las costas y las mesetas. Yo soy viejo, como ustedes dicen, y he aprendido mucho… ?Los pobladores necesitan cosas? Pues las llevo, me pagan y ?alla ellos con sus lios! El conflicto entre las grandes companias estancieras, los pobladores chicos y los indios es viejo tambien, y ninguno afloja…

– Pero la pagan los indios. ?No es cierto? -replico el hijo.

– No siempre. Vos sabes que el gobierno, cuando necesito poblar estas tierras, las dio a los grandes estancieros o a sus testaferros casi por nada, como una forma de asentar su dominio y evitar la entrada de nuestros vecinos del otro lado de la cordillera. Los que vinieron despues tuvieron sus inevitables conflictos y tampoco quieren ceder en sus derechos. El indio no cuenta. Ni el gobierno se preocupa mucho por ellos ni los pobladores. Ademas los propios interesados no quieren trabajar y dentro de poco tendran que resignarse a morir. Cada vez que les han dado algo de tierra y ovejas se las han comido…

– ?Tambien! Les dan cada pedregal que ni los piches viven en ellos…

– ?Y a nosotros que nos importa? -pregunto ironico el viejo azuzando la recua.

– Si, ?muy bonito! -rezongo el moceton-. Usted dice eso… pero debe ser de ahora, porque cada vez que hubo lios ?ahi estuvo metido!

– Con los anos se aprende, muchacho… Yo quiero comerciar y nada mas… ya no tengo veinte anos para empezar de nuevo -termino pensativo el viejo.

2

Por el oeste el sol palidecia cada vez mas, mientras las nubes casi permanentes en invierno iban cubriendo el cielo. El paisaje se tornaba plomizo y la naciente obscuridad parecia agrandar el perfil de las matas, que, sobre la nieve, semejaban hombres acuclillados envueltos en ponchos grises. Algunos pajaros de pecho rojo brillante aparecian en las matas proximas para perderse en seguida en sus refugios. El frio era cada vez mas intenso.

Cuando el carreton llego al declive donde nacia la picada de Lunder, la obscuridad envolvia el valle, y las casas con sus dependencias flotaban en una niebla grisacea que esfumaba los detalles. Ante los viajeros, alla abajo, el rio se deslizaba placidamente. El viejo detuvo el carreton y el hijo mayor, como quien desde un barco trasborda a un chinchorro, monto en un caballejo obscuro, que trotaba a su lado. Descender con tantos caballos de tiro y un vehiculo pesado como aquel, exigia pericia y trabajo duro, pero ello era parte de su oficio.

La vista de la poblacion tranquilizaba y alegraba; ahora era necesario sujetar el impulso del carro para no salir rodando por la ladera en algun recodo del sendero. Media hora despues aun continuaban descendiendo. Lentamente el carreton era frenado y los caballos sostenidos firmemente con las riendas de cuero que parecian quebrarse, tanta era la tension a que estaban sometidas.

– ?Uff! Listo… -dijo el viejo aflojando los frenos. Estaban en el valle. Frente a ellos el vado del Senguerr ofrecia su paso facil y seguro, pero en la otra orilla un gran manchon de nieve y barro se extendia un par de cuadras.

– ?Viejo! -grito el muchacho, metiendose con su caballo en el agua. ?Salga con todo o se queda peludinado en la orilla!

– ?Alla voy! -contesto el padre, y a un mismo tiempo el comerciante y el muchacho desde el pescante, apuraron a las bestias con gritos y rebencazos, lanzandolas impetuosamente hacia adelante. Las altas ruedas giraron en el rio mordiendo las piedras y haciendo balancear peligrosamente el vehiculo. El moceton desde su cabalgadura hizo lo mismo y el rio fue cruzado en un momento, pero apenas pasados unos metros, perdido todo impulso, el carreton se hundio en el barro casi hasta el eje.

– ?Ca…jo! -bramo el viejo furioso. Una hora mas tarde todavia luchaban con el barrial. Solo despues de endurecer todo el terreno con recortes de zampa, la dura graminea que verdeaba en las cercanias, y atar a las ruedas gruesas sogas tiradas por los caballos de repuesto lograron desencajar el vehiculo y al fin llegaron a la casa de Lunder, extenuados y sucios de pies a cabeza. Juan y algunos peones que los habian ayudado, se reunieron con ellos en el galpon donde ya ardia el fuego para el asado. A medianoche el silencio y el descanso envolvian a todos en la poblacion, y el enorme carro frente a la casa dibujaba su silueta maciza como un barco llegado a puerto.

3

– ?Y que se dice por el Paso? -pregunto Ruda al moceton que mateaba con el cerca del fuego al dia siguiente, mientras su padre instalado en el carro, efectuaba su comercio rodeado de peones de rostros impasibles y Frida, Blanca, Maria y algunas mujeres de los peones, excitadas por la exhibicion de telas y tejidos, discutian con el viejo las bondades de su mercancia, pasandose de mano en mano las prendas mas codiciadas. El viejo charlaba contento con todos y a todos les vendia algo. Las botellas de ginebra y aguardiente pasaban rapidamente de sus

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