trabajos: inspeccion y bano de las ovejas, dilatados rodeos que abarcaban leguas de galopes interminables entre la niebla y las primeras lluvias, que enfangaban los valles y canadones. Pavlosky, elevado al cargo de hombre de confianza desde la muerte de Bernabe, hacia sentir sobre los peones y los indigenas que le huian como la peste, el rigor de sus punos y el temor de su rastrerismo lacayuno de bruto. Aunque el segundo de Sandoval en el manejo de la hacienda era en realidad un viejo criollo, eficiente y taciturno, que maldecia la hora en que se habia encontrado con aquel individuo, Pavlosky ejercia una verdadera tirania sobre la gente, procedimiento tacitamente consentido por su jefe.

– ?Dejelo! -contestaba a las protestas del capataz-. Esta gente necesita una mano dura que los maneje y esa bestia me conviene… ?No ve que asi nos quedamos en paz nosotros?

– ?Pero ese hombre es un criminal! -argumentaba el criollo indignado.

– ?Y por casa como andamos? -respondia Sandoval aparentando condescendencia. Entonces el viejo bajaba la cabeza amargado… Aquella cabeza que solo en el desierto estaba segura. Cosas de hombres tocados por la desgracia que no perdonaba y lo seguia hasta alli implicita en la posible delacion. El viejo se resignaba hirviendo de rabia y acariciando el mango del facon que jurara no volver a desenvainar en el resto de su vida.

Por eso asistio mudo y ausente a los preparativos que un dia Sandoval ordeno a un grupo de sus mas feroces secuaces. Siempre le habia preocupado la amenazante presencia de aquellos forajidos, ignorantes del cuidado de las ovejas, pero que galopaban incesantes por los limites de las tierras de la estancia, cumpliendo misteriosas comisiones de las que el nunca llegaba a enterarse. Aquellos hombres no recibian ordenes de nadie y solo se avenian ante la fuerza ciega de Pavlosky y la fria resolucion del administrador.

Sandoval habia dispuesto un plan que contradecia su linea de conducta tortuosa y ladina. Estaba harto de esperar y enloquecido de deseo por lograr aquella mujer que era su obsesion nocturna y su total anhelo. Decidio conseguirla a cualquier trance, a ella y al indio, para hacer con este un escarmiento tal que jamas olvidaran los salvajes inservibles que rondaban las alambradas de sus campos.

Siete u ocho hombres partieron con el una manana. Pavlosky iba entre ellos y aprovecharon la penumbra de la madrugada para evitar cualquier infidencia. En apretado grupo trotaron en silencio toda la manana y al atardecer aguardaron de nuevo las sombras, revisando las armas. Cuando descendieron al valle de Lunder, las primeras indecisas estrellas brillaban entre jirones de nubes y el silencio se prendia en las puntas espinosas de radales y calafates, desgarrandose al paso sordo de los jinetes. El rio que corria liberado de hielo batia las piedras con un sonido cristalino y alegre. La luna aparecio un momento entre las nubes, opaca y lejana, y el valle se ilumino un instante con su luz desvaida para espesarse muy pronto en la semipenumbra.

Un perro inquieto ladro desde algun rincon de la casa y a ese lo siguio otro y otro… de improviso todo fue corridas y gritos, cuando los hombres de a caballo lanzaron sobre la casa una descarga de sus revolveres. Sandoval y dos mas se echaron sobre la puerta, cerrada justo a tiempo, mientras el resto de los jinetes arremetia contra el galpon, donde brillaban luces. Algunos tiros aislados salieron del lugar, pero ya la gente del Paso irrumpia en medio de gritos destemplados, cercando a los desprevenidos peones.

– ?Abra, Lunder! -grito Sandoval, despechado por el inicial fracaso, golpeando la puerta cerrada con el cabo de su revolver-. ?Abra o le prendo fuego a la casa!

– ?Al fin diste la cara, bandido! -se oyo la voz de Ruda desde el interior.

– Deje, patron… le metemos unos tiros de carabina por la puerta… -dijo uno de los asaltantes.

– ?No, todavia no! -lo atajo el administrador desconcertado. No queria correr el riesgo de herir a la muchacha ahora que estaba a pocos pasos de ella.

– ?Abra le digo! -repitio, y como no obtuviera respuesta, apunto con su revolver a la cerradura haciendo fuego. Cerradura y pedazos de madera saltaron hechos trizas, pero cuando los tres hombres se abalanzaron, la puerta no cedio.

– ?C…ajo! ?Le han cruzado una barra!

– ?Peguemosle fuego y saldran mansitos!

– Por ultima vez, Lunder… ?abra o sera peor para todos ustedes! -grito enfurecido Sandoval, blasfemando como un endemoniado.

Aprovechando las sombras crecientes, algunos indigenas que trabajaban en la casa corrian velozmente ganando el valle. Los paisanos tenian candentes referencias de la ferocidad de los blancos cuando chocaban entre ellos y procuraban poner la mayor distancia posible, confiando en no recibir alguna bala perdida.

Por fin la puerta de la casa fue abierta y el rectangulo de luz cayo sobre los tres hombres que aguardaban con las carabinas al brazo. Sandoval parpadeo un momento enceguecido y penetro en la habitacion sin bajar el arma. En el centro de la sala-cocina, rodeando a Lunder que forcejeaba por levantarse de su asiento, estaban el padre Bernardo, Ruda y Maria. Ruda intento adelantarse al encuentro de Sandoval, pero el padre Bernardo lo contuvo. La locura brillaba en los ojos de Sandoval, confiriendo a su rostro desencajado y amarillento de rabia un aspecto tetrico. Con el antebrazo que se curvaba sobre la carabina aparto brutalmente al religioso haciendolo trastabillar.

– ?Bestia! -bramo Ruda, palido de indignacion. Maria contemplaba al administrador con los ojos agrandados por el espanto.

– ?Que quiere, desgraciado? -pregunto Lunder tan vivamente conmovido que la ultima palabra la tartajeo en una mezcla de espanol y flamenco.

– ?Gringo compadrito! -gruno Sandoval, acercando su cara hasta pegarla casi a la de don Guillermo-. Ahorrese preguntas… desde ahora te voy a hacer marcar el paso… ?Vigilen al gallego! -ordeno a sus hombres.

– Descuide, patron… En cuanto se mueva, che, le aplasto la jeta, ?estamos?…

– Pero, hijo, por Dios, ?serenate! -balbuceo el pobre misionero, fortalecido con una vertiginosa plegaria.

– ?Metase en un rincon y recele al diablo si quiere!… -grito el secuaz de Sandoval.

El administrador apunto con su arma al vientre de Lunder, preguntandole:

– ?Pronto! ?Donde esta su hija? ?Llamela!…

Lunder queria obligar a su cerebro a pensar, pero le parecia estar sumido en un vertigo. ?Despues de tantas y tantas noches de secreta aprension, de intima congoja, el inaudito ataque se habia producido!… Inutiles resultaron las precauciones tomadas ante la espantosa rapidez de los sucesos. Diez minutos antes todavia Frida y Blanca lo rodeaban solicitas, en tanto Ruda, siempre zumbon, rondaba a Maria, efusiva y enigmatica, bajo aquella sombra de timida reserva, estallando a veces con relampagos de criolla picardia en la replica candente como una marca de fuego… Todavia diez minutos antes el padre Bernardo charlaba con su voz suave, de los progresos que sus hermanos realizaban llevando la fe a los pobladores aislados por leguas de soledad y vientos… Aun el mismo hablaba con confianza del regreso de Juan y Llanlil, con la piel de leon prometida a su hija… Si, diez minutos antes el ambiente reposaba de serenidad campesina y amena, mientras la casa parecia el centro del silencio nocturno cayendo despacioso por el valle… Cuantas cosas amables ocurrian un momento atras, ahora lejano como agua de torrente desaparecida. Parecia de pronto como si los disparos hubieran quebrado un cristal excesivamente delicado y tenue, tras el cual la tremenda realidad mostrase su hocico babeante. Alli estaba la bestia… el deseo, prendiendo luces rojas de odio en los ojos de aquellos hombres, despavoridos ante su propia fealdad; alli estaba Sandoval, descompuesto, obsesionado y vacilante como un borracho, cuyo cerebro no albergaba mas que un pensamiento ?sangre y venganza! y en su corazon solo un nombre transformado en bandera de pasion: ?Blanca!… Blanca, mancillada ya por su negro pensamiento. Blanca, muchacha de las pampas, deseable y altiva…

Lunder tenia experiencia de ajenos y similares extravios de los sentidos largamente aprisionados en una red de obscuras lucubraciones… Ocurria en ocasiones que un hombre cualquiera, un peon blanco o indio, o un poblador reflexivo y dueno de sus actos, de improviso, tras una copa o una palabra provocante, lacerada sus carnes por tiempos de angustia, gritaba su pasion y, embravecido como un toro en celo, iba atropellando y matando al impulso de sus reflejos sangrientos, hasta llegar como una fiera al fin de su deseo o a la muerte.

– ?Llamela, no me obligue a matarlo como a un perro! -estaba rugiendole Sandoval, en tanto le oprimia la boca de la carabina contra el vientre. Lunder parecia atontado y sus labios temblaban levemente.

– ?Dejelo, Sandoval! ?En nombre de Dios, dejelo!… -suplico el padre Bernardo juntando las manos en patetica suplica y avanzando un paso.

– ?Apartese curita, o me pierdo! -grito Sandoval iracundo. Ante su gesto el padre Bernardo se detuvo indeciso y desolado.

– Sandoval, escucheme… hace un momento Blanca estaba aqui -dijo Lunder rogando que su hija hubiese atinado a algo, pues efectivamente, al producirse los primeros disparos, habia arrastrado a su madre, presa de

Вы читаете Conquista salvaje
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату