remediar su imprudencia, pues el caballo habia disparado lejos al primer tiro… Se arrimo al de Llanlil procurando hacerse de la carabina que el otro llevaba trabada en el recado. Resbalo y ahogando una sorda exclamacion de rabia y temor disparo de nuevo a aquellos ojos obscuramente azules que le hipnotizaban. Era lo que estaba aguar dando el reche que se enderezo avanzando a su encuentro.

– ?Ahora! -grito triunfalmente-. ?Pelea si sos hombre! A cuchillo, cristiano, o te deguello…

Trastabillando Sandoval le tiro el inutil revolver a la cara y saco del cinto el cuchillo, pero toda su prepotencia habia dejado lugar al instinto primario de defender su vida en peligro.

Llanlil queria acabar pronto, pues sentia una gradual insensibilidad en su brazo que le aflojaba los musculos. Una y otra vez se acometieron en silencio como si presintieran que aun las palabras y los dicterios sobraban en aquel duelo a muerte. Toda la perversidad y la astucia adquirida en largos anos de cazador, ponia Llanlil en juego; juego desprovisto en la ocasion de todo vestigio de humanidad, en el que solamente asomaba el primitivo salvajismo que animo a los machos disputandose el dominio de la especie. Como el, con el mismo odio, habian peleado en obscuras cavernas antepasados perdidos con el tiempo. Como el, otros, en remotas edades, disputaron a la mujer mas hermosa para crear la raza de los fuertes, los jefes, los nacidos para mandar, los amos en la conquista salvaje de la tierra.

En cambio Sandoval contaba a su favor con el calculo y la astucia que mide el relampago de un segundo para lanzarse sobre el contrario; pero en ambos el mismo odio antiguo de los hombres que disputaban su primacia por la fuerza. Y aquel odio los impulsaba lucidamente, con los ojos bien abiertos hacia la punta de los cuchillos, con el animo templado y viril, sobre aquella tierra vieja, pero que renacida del mar, necesitaba todavia el bano de sangre para fertilizarse. En aquel escenario solitario, sin testigos, sobre el que nacia la luz de un dia nuevo, al que el viento castigaba con la misma inclemencia con que luchaban los hombres, flotaba un soplo de la tragedia eterna; y la tierra, entretanto, paciente y muda, seguia esperando la hora del amor.

Llanlil perdia terreno; una intensa debilidad lo entorpecia. El agudo dolor de su cabeza se convertia en un zumbido enloquecedor que lo obligaba a cerrar los ojos; el brazo derecho practicamente estaba endurecido. Resistia aun porque si no daba cuartel tampoco podia esperarlo. Sandoval lo habia herido ya varias veces en los brazos y sonreia, con una helada sonrisa mostrando los dientes blancos, como un lobo joven que se apresta a dar el ultimo salto sobre su victima.

CAPITULO XIX

1

El capitan Antonio Diaz Moreno era el perfecto caballero que los salones portenos acogian con la simpatia que la posicion, el dinero, la juventud, y el don de gentes sabian conquistar en aquella sociedad un poco ingenua de fin du siecle; un sociedad en resumidas cuentas muy cosmopolita, muy gentil, muy superficial y con un santo horror a todo lo que se refiriera a la tierra propia. Todo lo patrio que estuviera mas alla de Palermo o de las quintas de San Isidro, era netamente sauvage e indigno de ser considerado y menos discutido.

En esa aristocracia de proceres, ganaderos y comerciantes enriquecidos, un oficial de solido patrimonio, joven y soltero, tenia por fuerza que conciliar la atencion general, y el capitan Diaz Moreno reunia sobre su persona los mejores requisitos para ser un dilecto de su tiempo: sobrino de un ministro, algo pariente de la familia Mansilla, militar por inclinacion, rico, veintiseis anos y una esmerada tradicion de parisiense, todo lo poseia; basta una novia dulce y enamorada que palidecia ante sus entorchados. Y coronando y aun abarcando todas estas galas propias o heredadas, poseia, cosa ya mas notable, un espiritu criticamente alerta y un corazon avido de novedades y de lejanias. Por eso, con gran escandalo de su circulo, cuando se dispuso su traslado al sur, a la Patagonia misteriosa, se murmuro con despectivo tono que no solo no habia rehusado ni menos interpuesto efectivas influencias para una decorosa retirada, sino que el mismo habia solicitado en secreto aquel traslado.

Sea lo que fuere, en el ano 1908 el excepcional y pundonoroso oficial se encontraba en Comodoro Rivadavia, cuna rispida e incipiente del petroleo, soportando uno de esos ciclicos inviernos especialmente rigurosos en que el anatema de Darwin parece flamear como una bandera. Los salones que ahora frecuentaba el capitan eran mucho mas humildes, aunque las rubias hijas de los boers cuyas modestas casitas formaban el corazon del pueblo, podian rivalizar en frescos y saludables colores, amen de otros encantos mas recoletos, con las bellezas de cualquier latitud. Forzosamente y a hurtadillas, aquellas muchachas suspiraban por el capitan que, con romantico estoicismo, continuaba siendo fiel a su dama.

2

Don Manuel entro una manana en el despacho del capitan, dando vueltas entre las manos al ajado sobre que un mes antes recibiera de las del padre Bernardo en la poblacion de Lunder.

– Con su permiso, senor -dijo todo confuso al comprobar que, hiciera lo que hiciera, sus botas enlodadas de greda mojada encharcarian el piso pulcramente alfombrado.

– ?Adelante, amigo! -lo miro el militar, viendo su honrada indecision-. ?Entre no mas, que ya sabemos como esta eso afuera! -eso, era la calle unica de Comodoro, convertida en un lecho fangoso de nieve y greda desde la Loma hasta el muelle.

Durante la pausa siguiente el capitan observo que evidentemente la visita llegaba de un largo viaje.

– Pues vera, senor… -empezo el comerciante mas animado-; traigo estos papeles del Ensanche para entregarselos en sus propias manos- y extendio el grueso sobre.

El capitan contemplo la cubierta, diciendo:

– Si. En efecto… A mi esta dirigido. Vamos a ver…

Leyo largo rato con preocupada atencion el extenso pliego y al fin levantando los ojos del papel, exclamo acentuando la intencion.

– ?Uff! Entre la lectura y la puerta abierta, usted me ha metido toda la Patagonia adentro.

Don Manuel se apresuro a cerrar.

– Perdone, senor capitan; pero, usted sabe… nosotros sentimos el viento todo el ano y no nos damos cuenta -el capitan Diaz Moreno hizo un gesto indefinido.

– ?Asi que todavia ocurren estas cosas en el sur? -pregunto mas para si mismo que para el otro.

– ?Bah! Y algunas peores.

– Con lo que comprendo, desafortunadamente, lo poco que conozco la zona… en fin… -y volvio a ojear los papeles-. ?Estas Companias!… ?Cuando lo dejo usted al senor?… a ver… Lunder… asi es, Lunder.

– Cosa de un mes, senor -afirmo don Manuel. -Y creo que necesitan ayuda. En el Paso hay tipos capaces de cualquier herejia.

El capitan se acaricio la sedosa barba castana, y empezo a buscar algo entre los legajos.

– Si. Tenemos algunas referencias del lugar y se gestiona la instalacion de una comisaria… ?Aqui esta!… Bueno, estimado vecino -dijo levantandose y tendiendo su mano a don Manuel-. Le agradezco este servicio y vaya tranquilo, que hare todo lo que este a mi alcance… Gracias de nuevo.

Don Manuel estrecho la mano del capitan, en cuyos dedos, hasta los nudillos de la primer falange, florecia un vello apenas mas claro que el castano de la barba.

– A sus ordenes, senor capitan… Debo agregarle que el padre Bernardo confia ciegamente en usted y asi lo dijo varias veces… y adios, senor.

– ?Caramba!… Me hace un honor que no merezco… Buenos dias…

El soldado que montaba guardia melancolicamente apoyado en su fusil, se aparto con desgano para dejar pasar a don Manuel que se retiraba.

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