“?Que andara por venderle al capitan? -calculo el soldado-. ?Pensara hacerlo cliente de su fonda o venderle flechitas?”
Al rato la puerta se abrio de nuevo y esta vez para dar paso al mismo capitan. El soldado se cuadro sosteniendo el fusil con los dedos ateridos.
– Voy a ver al comisionado -advirtio respondiendo al saludo-. ?Metase adentro, muchacho!… hace un frio de todos los diablos…
– Gracias, mi capitan -dijo el guardia con una leve sonrisa agradecida, pero ya Diaz Moreno se alejaba calle abajo manchando sus lustrosas botas en el fango y luchando con el viento que le cortaba la respiracion. Seis cuadras mas alla la calle terminaba en el extremo del muelle de hierro que se metia valientemente en el mar. Las casitas de chapas y maderas parecia que en cualquier momento terminarian por desprenderse y planear en el agua, pero sus habitantes iban de un lado a otro chapoteando indiferentes.
Las ropas pesadas, los duros impermeables marineros, las sobrebotas de cordon y los gorros de piel conferian a todos ellos un aspecto agigantado y lerdo, como si el lecho fangoso los retuviera al andar. Mocetones robustos de gestos duros; tehuelches taciturnos y emponchados; chilenos retacones de pomulos salientes y pelo renegrido; dalmatas rubios, de mejillas rosadas y barbas sedosas; algunos argentinos, facilmente notables por sus gestos vivaces y permanente aire de disgusto, subian y bajaban la empinada via de barro, saludandose, bromeando o concertando encuentro en alguno de los muchos hoteles que, con la llegada de tecnicos y personal de los pozos de petroleo, habian proliferado en el lugar.
3
El capitan llego casi al extremo de la calle y se metio en una casa algo mas solida que las restantes. A su costado dejo el Chenque 1
Al pie del cerro, sobre la costa, como diciendo un conmovido adios a las tierras lejanas en cuyas riberas nacian las olas que morian en sus playas, los blancos habian prolongado la tradicion del chenque indigena, plantando las primeras cruces a sus muertos, indefinidamente conservados por las sales marinas.
– ?Que sorpresa, mi querido capitan! -exclamo el caballero moreno y entrecano que saliera a recibir a Diaz Moreno-. En que estado vienes, conquistador del barro… ?Pasa, hombre!
– ?Puff! -rezongo el capitan-. ?Y son apenas quinientos metros! ?Como te va, distinguido morocho? ?Y la senora?
El aludido esbozo un ademan de ignorancia.
– Mira, no lo se… Andara por la cocina… Pero, ?supongo que no habras venido solo a preguntar por ella?
– No. No temas… Te traigo un lindo asunto. Pasemos a tu escritorio -y tomandolo de un brazo se lo llevo a una habitacion donde la estufa inevitable levantaba su cano de hierro agujereando el techo.
– Bueno, tu diras… -dijo el dueno de casa observando el ceno preocupado de su amigo.
– Pues, estimado Alvarez, ha llegado el momento de que me ayudes desde tu omnimodo cargo de Comisionado del Territorio en el pueblo.
– ?Bah… bah! Paparruchas, che… Pero no me impacientes y vamos al asunto que te trae.
– Bueno, aqui tienes algo que no es paparrucha -dijo el capitan y agrego-: Dime, ?tu tienes jurisdiccion hasta la cordillera?
– Si que has venido enigmatico, mi capitan… a la verdad no estoy muy seguro… ni siquiera de donde esta la frontera.
– ?Ignorante!
– No, hijo, sincero… -replico el Comisionado riendo-. Pero sientate y habla de una vez o te tiro algo a la cabeza… ?Tona! -llamo con voz energica.
– ?Senor? -pregunto una mestiza entrada en anos, desde una puerta interior.
– Sirvenos un
– Si, senor -respondio la mujer y desaparecio en seguida. Los dos hombres esperaron aun que la vieja Tona les colocase delante unos vasos de
– Hoy, hace un rato para mayor precision… ha venido a verme un individuo, uno de esos traficantes que comercian con los pobladores y los indios de las mesetas. Venia de la Colonia, despues de estar en el Paso Rio Mayo y el Ensanche… ?me sigues?
– Como si fueras el
– Pues me ha entregado los papeles que aqui ves y que relatan, de mano de un religioso misionero, el conflicto surgido entre el administrador de la Compania Colonizadora y un poblador
– Dime -interrumpio Alvarez-, si no me equivoco el administrador de la Compania es un tal Sandoval, ?no es cierto?
– Asi es en efecto -confirmo el capitan.
– Tengo varias quejas sobre ese caballero… que no parece serlo tanto. Pero, de todo esto… ?Que esperan que hagas tu?
– Sencillamente… Que me llegue hasta alli con un piquete para prevenir cualquier desgracia… y te advierto que mi informante me merece toda confianza. Es un probo varon, un religioso que conoci en Buenos Aires. ?Crees tu que podre hacerlo?
– ?Caray! ?Menudo lio! -murmuro el Comisionado-. Tambien podriamos mandar una partida volante de gendarmes…
– No creo que baste… Sandoval esta rodeado de matones a sueldo. Ademas…
– Ademas… confiesa que estas loco por ir tu -dijo Alvarez apuntandole con el dedo.
– No lo niego. Me gustaria recorrer esos parajes. Sabes bien que no he venido aqui a vegetar ni a contemplar el mar sentado en una roca.
– Bueno… te queda el Chenque, o cualquier otro monte.
El capitan se encogio de hombros.
– Son muy monotonos -dijo bebiendo lentamente.
– Pues, ?podrias hacer un agujerito aqui y otro alla!… ?a lo mejor descubres petroleo tu tambien!
– Dificil, querido. Esos agujeritos como los llamas tienen nombres propios y exclusivos: Beghin, Fucks, Simon, Krause, Hermitte, Destloff… ?Donde diablos ubico el mio?
Alvarez se levanto, y apoyando la mano sobre los papeles que habia dejado el capitan, expreso:
– Mira, viejo… volviendo a lo nuestro. La cosa no es tan facil. Tu no dependes de mi, sino de tu comando en Rawson. Yo recibo ordenes del Gobernador y el doctor Lezama a su vez no tiene jurisdiccion en el terreno militar.
Por otra parte solo razones de suma gravedad podrian justificar una intromision militar en una cuestion policial…en fin, un enredo mayusculo.
– ?Y entonces? -pregunto algo friamente Diaz Moreno.
– No se-. Habra que discurrir algo distinto. Tu tienes influencias en la Capital y si te empenas… podriamos alegar inquietud en las reducciones, conflictos por las raciones del gobierno… Tu me entiendes. Algo muy nebuloso y por lo mismo, lleno de peligros en potencia.
– Pero, ?entretanto? -se allano el capitan, solo a medias convencido.
– Entretanto dejame los papeles; los estudiare y ya veremos… Aguarda; te hare extender un recibo -y salio llevandose los documentos que redactara el padre Bernardo. A poco regreso diciendo:
– En seguida te lo entregaran… ?Quieres pasar ahora? Mi senora debe estar esperando… Ya sabes que tienes la virtud de alterar los corazones mas virtuosos.
