Sin embargo la salida se demoro otra hora todavia y ya estaban las estrellas sobre las mesetas cuando el peloton, encabezado por el infatigable Diaz Moreno, engrosado por Vallejos y completado por el comisario, cruzo el rio en direccion al Ensanche.

– ?Ojala lleguemos a tiempo! -dijo el capitan a su acompanante en un alto de la marcha.

– Hay un silencio tan grande en estas pampas que ya me parece escuchar disparos de armas.

– No se si es presentimiento o buen oido, capitan -interrumpio Vallejos levantandose del suelo, donde habia permanecido con la oreja pegada a la tierra escarchada-. Pero tiene razon. Alguien anda a los tiros por el lado del Ensanche.

– ?Diablos! -salto Diaz Moreno-. ?Y que diablos esperamos? ?A caballo, muchachos!… ?a caballo!

– ?Pensara cruzar la pampa de un galope? -rezongo en voz baja un soldado de piel tan morena que parecia un negro.

– ?Y deande un correntino le afloja al pingo? -se burlo su companero.

– Si no es el pingo, ch'amigo, lo que me cansa… es el sueno, ?caramba! -respondio el otro montando de un salto.

Galoparon ciegamente entre la niebla, pero el valle tardaba en aparecer y ya aclaraba cuando la caracteristica curvatura de la picada indico a los jinetes que descendian. Nuevamente se espeso en el fondo del valle la niebla y fue necesario que Vallejos les advirtiera la presencia del Senguerr, que por el vado se confundia con los abundantes charcos y mallines alfombrados de hierba verde, junquillos, mara-cachu 1 salada y cortaderas filosas como cuchillos. Luego se lanzaron raudamente hacia las casas, donde brillaban los espaciados fogonazos de los tiros y los gritos de los hombres se aplastaban en la niebla.

Penetraron en el tumulto al grito vibrante de Diaz Moreno que, metiendo su caballo entre la gente, arremetio hacia el galpon donde luchaban los peones de Lunder y los matones de Sandoval.

– ? Soldados!… ?Pie a tierra y fuego al que levante un arma! -y con un pechazo de su caballo derribo a un individuo que se le vino encima. La gente de Sandoval se vio perdida y uno entre ellos elevo su grito suplicante:

– No tiren… no tiren… ?nos rendimos!

En pocos minutos la lucha habia terminado: sudorosos, jadeantes, los hombres se fueron reuniendo frente a la casa de Lunder, empujados por los sables de los soldados. Diaz Moreno, apeado, los contemplo perplejo y disgustado.

– ?Gracias a Dios que han llegado a tiempo! -oyo exclamar a sus espaldas y cuando volvio encontrose con el padre Bernardo que le habria los brazos.

– En que terribles circunstancias lo vengo a encontrar, padre -dijo Diaz Moreno respetuosamente.

– Hemos sufrido mucho, es verdad. Pero pase usted.

– En seguida, padre… pero antes quiero presentarle al primer comisario de Paso Rio Mayo, aqui presente.

– Gratisima novedad, senor -dijo el religioso extendiendo su mano-; una autoridad estable habra de impedir sucesos como el que ustedes acaban de presenciar.

– La propiedad privada y la seguridad de las personas estaran desde hoy garantizadas -afirmo Diaz Moreno, mirando apenado al misionero, que mostraba las huellas de la vigilia y el temor. De pronto recordo algo y dijo al comisario:

– Le ruego separe a la gente del Paso y me individualice a Mateo Sandoval.

– Vaya tranquilo, capitan; ?en seguida volvere con el!

Y Diaz Moreno entro en la casa, donde Ruda, con la cabeza entre las manos, parecia ajeno a todo. El capitan alzo los ojos hasta el religioso, interrogandolo.

– Ya le dije que han ocurrido cosas espantosas y lamentables… La furia de los hombres ha ahogado en sangre y verguenza hasta la sencilla inocencia de una muchacha de la casa… ?He ahi el porque de la desesperacion de este buen y noble amigo!

– ?Y el patron? -pregunto consternado el capitan, que recien empezaba a medir la intensidad de la tragedia.

– Herido ferozmente por Sandoval, el unico responsable por este desatinado atropello que subleva incluso mi harto debil resignacion cristiana.

– Ya tendra ese canalla el castigo que se merece -murmuro el capitan con los labios apretados de indignacion.

En un rincon Ruda permanecia en su actitud de hondo abatimiento.

– Aqui vuelve el comisario… ?y que cara trae! -exclamo Diaz Moreno. El aludido, en efecto, tenia una expresion de cansancio y fastidio.

– ?Que estreno, por el cielo! -grito casi-. Vea, capitan; hay dos muertos de bala y varios bastante aporreados; hay una confusion tremenda y dos desaparecidos… uno es el mismo Sandoval… ?que me dice?

– El otro es Llanlil, un indigena leal que no ha desaparecido, sino que, afrontando singulares peligros, ha salido hacia la Colonia a pedir ayuda -intervino el padre Bernardo.

– Entonces es verdad lo que me dijo uno de los que estan afuera… Sandoval salio detras de ese indio, persiguiendolo.

Diaz Moreno se acerco hasta Ruda y tocandole en el hombro le pregunto:

– ?Quiere usted guiar a mis hombres para alcanzar a su ofensor?

– ?Dejeme en paz! -murmuro Ruda sin levantar la cabeza.

El capitan lo miro severamente, pero el padre Bernardo exclamo:

– Don Pedro… Un caballero le pide su ayuda ?y va usted a negarsela justamente ahora?

– ?Esta bien! -rugio el espanol plantandose de un salto-. ?Vamos adonde quieran!… ?Tenia un corazon y lo han deshecho! ?Vamos a buscar a ese maldito y ojala estas manos honradas lo ahoguen para siempre! ?Vamos! ?Que esperan?… ?Por Dios! ?Que estamos esperando?… -y con el ultimo grito se le cruzo un sollozo ahogado en el pecho.

– ?Cabo! -llamo Diaz Moreno desde la puerta-; ?salga de inmediato con este hombre y dos soldados! Busqueme al fugitivo por el este… hacia la Colonia, pero si al mediodia no lo encuentra, se vuelve…

– ?Entendido, mi capitan! -respondio el cabo desde la claridad lechosa del patio.

Ruda escapo hacia afuera con el rostro salvajemente crispado, instantes despues la patrulla galopaba en busca de Llanlil y Sandoval, conducida por un hombre que estaba condenando sin piedad cuarenta y cinco anos de hidalguia, pero cuyos ojos, al recibir el amarillento sol de la planicie, tenian la acuosa debilidad de las lagrimas viriles.

– Alli hay dos despenandose -grito un soldado morocho que resulto ser el correntino del sueno asombrosamente postergado.

– ?Son ellos! -bramo Ruda.

– ? Cayo uno… y ahora el otro! -grito el cabo.

– ?Piiiii… piii… uuu!… ?Pelea machaza! -aullo el correntino largandose a la carrera sobre la meseta.

CAPITULO XX

1

…Entonces Llanlil realizo el acto mas absurdo de toda su vida y sin embargo el mas natural. El no se sentia en modo alguno un heroe, sino un hombre desesperado que defendia su existencia. Amago un golpe, se inclino hasta tocar el suelo y con su mano izquierda levanto una piedra pequena pero de aristas agudas y la tiro con todas sus fuerzas a la cara de Sandoval. El administrador recibio el impacto en la frente y la violencia del mismo le hizo

Вы читаете Conquista salvaje
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату