– ?Bueno, el caso no es igual pero tiene su gracia!

– ?Ja… ja… ja! Si usted hubiera visto a mis tios me habria dispensado de la gracia… los ministros, generales, aspirantes a ministros y retirados querian fusilarme -exclamo el capitan, tocando con la punta de la bota un desgarrado trozo de tela-. ?Y esto? -pregunto inclinandose extranado-. Aqui hay senales de lucha, y una mujer la ha protagonizado.

Ese es otro episodio lamentable… Victima: una muchacha, criada y amiga de los duenos que, llevada por un impulso no muy claro, salio de la casa, siendo salvajemente ultrajada por un hombre de Sandoval. A su vez Sandoval, creyendo que la victima era Blanca Lunder, mato al agresor.

Diaz Moreno hizo una mueca.

– Ya veo. Una repugnante explosion de instintos primitivos.

– En los que alguna o mucha culpa tienen las mesetas, la soledad… comprenda usted -dijo el comisario.

– Empiezo a comprender -murmuro el capitan-; hay aqui una fuerza distinta. Todas las cosas ofrecen un angulo diferente de apreciacion; un alma salvaje animando las piedras suavizadas por el viento; la soledad callada de las mesetas; el apagado rumor de esos rios tan mansos que esconden el frio glacial y el impetu del verano; ventisqueros aguardando el calido sol que derrita su carga de nieve; arboles gigantescos debilitados por secretos gusanos y enredaderas pacientes ahogando la lozania de sus hojas; y todas estas cosas se funden en la sangre de los pobladores hasta darles la fisonomia de la tierra que habitan. Las obscuras reacciones animales y el humus de la tierra circulan por sus venas…

4

Las habitaciones de la casa de Lunder se habian convertido en improvisadas salas de hospital y Blanca, trasfigurada por el amor a Llanlil y el carino filial, se desesperaba atendiendo a unos y otros. Por su parte Maria, desfallecida y gimiente, era tambien objeto de sus cuidados. La mujer de un peon habia venido a secundarla en su afanosa tarea.

A veces ocurria que Ruda, callado y hosco, se asomaba a la puerta de la pieza donde la muchacha se agitaba presa de la fiebre. Una sombria desesperacion, mas dramatica en su obstinado silencio, parecia doblegar al noble don Pedro, y su alto cuerpo se encorvaba como envejecido de golpe. Tampoco el padre Bernardo se daba descanso. La atencion hacia los vivos y sus obligaciones religiosas para con los muertos lo ocuparon todo el dia; pero ahora la serenidad lo envolvia en un aura de paz y de trabajo. Su equilibrio espiritual, violentamente transtornado, hallaba nuevamente su centro en medio del desconcierto ajeno.

En cambio el capitan Diaz Moreno y el comisario, huespedes practicamente abandonados, respetaban el dolor y se mantenian discretamente alejados. Habian dispuesto el traslado de los cadaveres al Paso. Los cuerpos de Sandoval, victima de la pasion y el despecho, de Pavlosky, al que una bala anonima habia desplomado para siempre y el del anonimo violador, al que el arma de su propio amo habia abatido cumpliendo una justicia despiadada, fueron cargados en tres caballos y el funebre peloton partio al dia siguiente, regresando por el camino que guardaba todavia el apagado eco de los galpones de la furia.

Con ellos regreso tambien Ponciano Vallejos, el gaucho viejo, cuyo gol parecia iluminarse en el ocaso con un resplandor de esperanzada dulzura. Un renovado vigor animaba sus huesos canelados… El capitan Diaz Moreno, aquel Mecenas desbordante, le habia prometido todo su apoyo para reforzar su posicion con la Compania, que seguramente no querria cohonestar publicamente los ambiguos procedimientos del difunto administrador.

Rapidamente los heridos fueron recuperandose y la poblacion de Guillermo Lunder, recobro el aspecto de sus mejores dias. El viejo Roque fue a las sierras y regreso cargado de hierbas y raices misteriosas que, hervidas y mezcladas, se convertirian en unguentos y brebajes, si no muy agradables, bastante eficientes, por cierto.

En esa tarea lo sorprendio una tarde Blanca. Al viejo araucano las hondas arrugas de su rostro de cobre antiguo se le marcaban, al resplandor de las llamas, como surcos en la tierra reseca. Sentado en cuclillas revolvia el cocido canturreando en voz baja y Blanca, atraida por el aire profundamente magico que irradiaba la escena, arrimo un banco y se quedo contemplando las llamas. De la olla de hierro se desprendia un olor penetrante, vegetal, como si la salvia de las hierbas ardiese en pebeteros de cobre y el fuerte aroma se expandiese bajo una cupula perdida en un ambito en sombras. Blanca, fascinada, se inclino en la actitud que mantenia el viejo y se quedo absorta, mientras su imaginacion se rendia a la sugestion del fuego.

Fueron pasando los minutos y algo como una gran paz los separo del mundo, los alejo de los sonidos, anegandolos en un reposado silencio, donde solo la lena restallante fijaba la presencia temporal de las cosias. El viejo finalmente levanto los ojos, miro a la muchacha y musito con voz tenue:

– Quila… ?Quieres que te cuente una vieja historia de mi gente?… ?Me escuchas?

– Si, anciano -respondio ella colmo si saliese de un sueno.

– Te la contare, pero no mires mas a las llamas. El fuego es el padre de la vida y el puede consumirlo todo, hasta la vida que nos da…

Blanca se enderezo y ocultando los ojos con las manos, como si borrase de ellos una vision, los mantuvo brevemente cerrados.

– Habla entonces… Cuentame.

– Pues segun me enseno hace mucho tiempo el padre de mi padre, gran machi de nuestra nacion, hubo un guerrero nombrado Mapu-toqui 1, quien, cuando aun era tan joven que no habia buscado mujer para su ruca, al volver de una pelea vencedor y trayendo los trofeos de la guerra, mostro gran indiferencia a todo, y rehuyendo la compania de sus bravos capitanejos y los labios rojos de las jovenes declaro, en solemne parlamento, disueltos los aillarehues 2, y se retiro despues a vivir muy pobremente de ln caza en los bosques y la pesca en los lagos azules donde las piedras no terminan nunca de caer. El ultimo kona 3 de la tribu era mas feliz que el solitario guerrero, perdido en un ensueno tan extrano del que ninguno se atrevia a despertarlo.

La fama de su arte en la guerra habia conseguido una tan larga paz que nadie, ni los mapuches en los bosques, ni los tehuelches en la llanura, se animaban a empunar el arco ni beber la sangre de la muerte.

Fue entonces cuando el hermoso Mapu-toqui se marcho de la tribu en direccion a la montana mas alta de la region y subio por ella, subio… hasta caer rendido al filo de una piedra lisa y con los colores de las nubes cuando muere el dia. Se quedo dormido y en sueno vio, de pie sobre la piedra, una mujer de piel rosada como la aurora y pelo trenzado en una corona de oro brillante alrededor de la frente. En sus manos sostenia, mirandola con infinita pena, una pequena flor, trasparente como las alas de las mariposas que vuelan sobre los prados florecidos de frutillas en el verano, pero que se deshacia escurriendosele entre los dedos entrelazados; y a medida que la flor moria, pire 44 iba cubriendo los pies de la aparicion, que se helaban encerrados en sus delicados sumeles de cuero de huemul joven.

El guerrero desperto admirado y, levantandose, salto sobre la roca de cuarzo; se despojo de su valioso quillango, y con el envolvio a la muchacha que miraba entristecida los restos de la flor entre sus manos.

– ?Que tiene, antu-malghen? 5 -le pregunto como si la conociera de antemano.

– La flor… -dijo ella suspirando-. ?No ves la flor como se muere? ?No la ves a mi pobrecita flor de nancu. lahue? 6

– Yo te traere otra… -grito el-. ?Esperame!… -y se alejo saltando agilmente entre las piedras.

Ella no volvio siquiera la cabeza, pero mirando al sol que se desvanecia, murmuro:

– No volveras… y tu sangre enrojecera la flor en la montana… ?No vayas… no vayas!

Pero el ya no podia oirla aunque hubiese gritado mas fuerte que el viento en las cavernas, pues estaba lejos… alla arriba, escalando la montana azul en cuyo pico mas alto se anillaban las nubes, cinendolo como cine la collera del condor a su cuello pelado. Al fin vio a la misteriosa flor suspendida en la ladera de un profundo barranco. Era mas hermosa que el capullo azul del palo-piche; mas todavia que el rojo corazon florecido del copihue; incomparablemente mas airosa que el llao-llao, cuando trepa por el tronco de los nires, y tenia de ellas todas las gracias sumadas a la de los geranios y adesmas que adornan los faldeos de los valles en las montanas… La pequena flor estaba alli, suspendida en la pared del barranco en cuyo fondo corria rugiendo el torrente entre

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