asesinos en serie. A decir verdad, habia estado demasiado cerca de convertirse en una victima en lugar de una asesora de victimas, que era su trabajo. Kovac habia acudido al escenario del crimen aquel dia junto con John Quinn. Kovac acabo con una intoxicacion por inhalacion de humo, y John acabo enrollandose con la chica. La historia de mi vida.

– Eres la hostia, Pelirroja.

– Sigueme al santuario -ofrecio mientras echaba a andar por un amplio pasillo con suelo de tarima cubierto de alfombras orientales rojas. Sobre una mesa yacia un enorme gato peludo que alargo la pata para rozar a Kovac cuando este paso a su lado.

– Hola, Thor.

El gato emitio un sonido que recordaba a un patito de goma, salto al suelo con un golpe sordo y salio corriendo ante ellos con la voluminosa cola muy tiesa.

Kovac y Kate entraron en una sala con parte de las paredes revestidas de pino claro y el resto pintado de verde oscuro. Junto a las puertas vidrieras que daban al jardin se alzaba un arbol de Navidad. En la chimenea de piedra chisporroteaba un fuego. Cerca del hogar, un corpulento cachorro de labrador dormia a pierna suelta sobre un almohadon. Thor se acerco al perro y lo contemplo con suspicacia y desden.

A un lado de la habitacion se veian dos mesas colocadas de espaldas, cada una de ellas equipada con ordenador, telefono-fax y demas material de oficina. John Quinn estaba sentado a una de ellas, muy concentrado en la pantalla.

– Mira lo que ha traido el gato -anuncio Kate.

Quinn se volvio y sonrio al tiempo que se quitaba las gafas de lectura.

– Vaya, Sam, me alegro de verte.

– No te alegres tanto-advirtio Kate con sequedad-. Ha venido a hablar de su vida sexual, de los gozos de las aventuras autoeroticas.

– No estoy tan desesperado -mascullo Kovac, ruborizado.

Quinn se acerco a el y le estrecho la mano. De aspecto vigoroso y atletico, parecia mas joven que cuando Kovac lo conocio, durante el caso del Incinerador, hacia ya mas de un ano. En su actitud se advertia una serenidad que no poseia por aquel entonces, y de sus ojos habia desaparecido aquella mirada atormentada. Por lo visto, era lo que el amor y la felicidad podian conseguir.

Al quedar cerrado el caso del Incinerador, Quinn dejo el FBI, donde habia sido el psicologo criminalista estrella. El exceso de casos, muerte y estres habian hecho estragos en el. El FBI tenia fama de quemar a los mejores y eso habia hecho con Quinn… eso si, con la participacion y el consentimiento de este. Sin embargo, estar a punto de perder a Kate a manos de un asesino en serie habia sido el toque de atencion que necesitaba. Quinn habia dejado su trabajo para dedicarse a la consultoria privada, a la ensenanza… y la vida con Kate. Una operacion redonda, sin lugar a dudas.

– Sientate -indico al tiempo que senalaba los dos mullidos sofas instalados ante la chimenea-. ?En que estas trabajando, Sam?

– En un supuesto suicidio que el forense declaro accidente y que podria ser otra cosa bien distinta.

– ?Te refieres al tipo de Asuntos Internos? -pregunto Kate, alargandole un vaso de whisky escoces antes de sentarse muy cerca de Quinn y apoyar los pies descalzos sobre la mesa de cafe.

– Exacto.

– Lo encontraron ahorcado, ?verdad? -inquirio Quinn-. ?Estaba desnudo?

– Si.

– ?Algun indicio de que se hubiera masturbado?

– No.

– ?Fantasias, juegos de rol, sadomasoquismo?

– No, pero estaba colgado delante de un espejo de cuerpo entero que permitia ver todo el reflejo -explico Kovac-. Y alguien habia escrito las palabras «Lo siento» en el espejo con rotulador.

Quinn fruncio el ceno.

– ?Llevaba algun tipo de proteccion entre la soga y el cuello? -intervino Kate.

Tambien ella habia trabajado para el FBI en la unidad de ciencias del comportamiento… en otra vida, como ella misma afirmaba siempre.

– No.

Ahora le toco a ella el turno de fruncir el ceno. Quinn se levanto del sofa y se acerco a una libreria instalada tras el extremo mas alejado de su mesa.

– La mayoria de los practicantes de asfixiofilia autoerotica, sobre todo los mas sofisticados y experimentados, no se arriesgan a que la soga les deje marcas en el cuello -comento Kate-. ?Como explicarian su presencia a companeros de trabajo, familiares, amigos, etcetera?

Kovac introdujo la mano en el bolsillo de la pechera de su americana.

– He traido algunas Polaroid.

Las extendio sobre la mesita. Kate las examino sin inmutarse, tomando de vez en cuando un sorbo de gin- tonic.

– ?Encontrasteis alguna cinta de video de contenido sexual? -pregunto Quinn al volver al sofa con un par de libros y un video.

– Holiday Inn -repuso Kovac-. Supongo que algunos diran que esta llena de subtexto homosexual latente o tonterias por el estilo.

– Estaba pensando en algo menos sutil.

Quinn encendio el televisor y el video, e inserto la cinta.

– Nada de pornografia, ni homosexual, ni heterosexual ni nada. Por cierto, la victima era homosexual, por si tiene alguna importancia.

– No; no existen datos que avalen que la parafilia sea una aficion mas propia de homosexuales que de heterosexuales -denego Quinn-. La razon por la que te he preguntado lo de la cinta es porque muchas personas aficionadas a esas actividades se graban en video para luego poder revivir la escenita.

Se sento de nuevo junto a Kate y pulso el boton del mando a distancia. Kovac se inclino hacia delante con los antebrazos apoyados sobre los muslos y la mirada fija en la pantalla, eludiendo mirar la mano que Kate habia posado sobre el vientre de su marido.

El espectaculo que mostraba la cinta era sordido, triste y patetico, el video domestico de un hombre que habia grabado su propia muerte accidental. Era un tipo regordete, medio calvo y demasiado velludo que llevaba un arnes sadomasoquista. En la cinta preparaba con gran meticulosidad el escenario, comprobando el complicado nudo de la soga, suspendida del techo de lo que parecia ser un garaje o un cobertizo. El hombre habia cubierto el trasfondo de la imagen con tela blanca y colocado estrategicamente tres maniquies vestidas de amas sadicas. De fondo, INXS tocaba Need You Tonight.

Una vez satisfecho con la disposicion del attrezzo, el hombre se encaminaba hacia un espejo de cuerpo entero y empezaba el numerito, que incluia dialogo. Se condenaba a si mismo a ser castigado, se ponia una capucha sadomasoquista y se envolvia el cuello con varias vueltas de una larga bufanda de seda negra. A continuacion se alejaba bailando del espejo en direccion al cadalso de fabricacion casera, acariciandose el pene mientras se presentaba a las maniquies. Por fin se encaramaba al taburete y se colocaba la soga alrededor del cuello. Sin dejar de masturbarse, bajaba primero un pie y luego el otro del taburete.

Los dedos de sus pies rozaban el suelo, una postura que no podia mantener durante mucho rato. El nudo empezaba a cenirse, pero el hombre aun no era consciente de que estaba en apuros; seguia desarrollando su fantasia. De repente estaba a punto de perder el equilibrio y extendia el pie para volver a subir al taburete. El taburete patinaba hacia atras, y el nudo seguia tensandose cuando el hombre intentaba arquear la espalda para alcanzarlo con el pie. Se soltaba el pene para asir la cuerda de seguridad, pero se habia desplazado a un lado en un esfuerzo por llegar al taburete y ya no lograba alcanzarla.

Y entonces ya era demasiado tarde. Asi de rapido. En cuestion de segundos, su danza se habia trocado en una sucesion de contorsiones propias de una pelicula de terror.

– ?Te das cuenta de lo facil que es que las cosas salgan mal? -observo Quinn-. Un par de segundos de mas, un levisimo error de calculo, y se acabo.

– Joder -mascullo Kovac-. Mas vale que no la devuelvas al Blockbuster por error.

Aunque Kovac sabia que aquella cinta pertenecia a la videoteca de Quinn, cuya especialidad era el asesinato

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