impresionaria que se hubiera hecho policia porque queria ayudar a la gente, aportar su granito de arena para convertir el mundo en un lugar mas seguro y mejor. A Chamiqua Jones le importaba un comino Kovac en todos los sentidos salvo en el odio que sentia hacia el.
– Senora Jones, si podemos hacer algo por usted… -tercio Liska.
– Ya han hecho bastante -espeto Jones con amargura-. ?Tiene usted hijos, detective?
– Dos chicos.
– Entonces ruegue a Dios que nunca deba sentir lo que estoy sintiendo ahora mismo. Eso es lo que puede hacer.
Dicho aquello les dio la espalda y se acerco al cadaver de su hija. Nadie intento impedirselo.
– Menuda putada -murmuro Michaels mientras Jones retiraba la mano y tocaba la cabeza ensangrentada de su pequena-. Si la gente fuera capaz de entregarnos a criminales como Combs, estas cosas no pasarian. Pero precisamente porque pasan, nadie se atreve a hacerlo.
– Intentamos convencer a Leonard para que no la presionara -explico Kovac-, para que buscara otro modo de echar el guante a Combs. Pero Sabin penso que si pillabamos al tipo que ataco a Nixon, este podria darnos a Combs.
Michaels solto un bufido.
– Chorradas. Ningun capullo da una paliza a un tio con una barra de hierro y luego delata a su jefe.
– Los dos lo sabemos.
– Y la que paga por ello es Chamiqua Jones -tercio Liska, incapaz de apartar la mirada de la destrozada madre.
– Si necesitas cualquier cosa sobre el caso Nixon, no tienes mas que pedirnoslo -ofrecio Kovac a Michaels.
– Lo mismo digo -repuso el otro detective.
Kovac apoyo una mano sobre el hombro de Liska en cuanto Michaels volvio al trabajo.
– La vida es una mierda, y eso que la noche es joven -suspiro-. Vamos, Tinks, te invito a un cafe. Podemos llorar el uno en el hombro del otro.
– No, gracias -declino ella sin dejar de mirar a Chamiqua Jones aun cuando se alejaban-. Tengo que ir a casa con los chicos.
Kovac la acompano a su coche y la siguio con la mirada, deseando que alguien lo esperara en su casa.
Liska regreso a casa con una prisa terrible por llegar. La embargaba una sensacion de temor, una suerte de presagio. No lograba desterrar de su mente la idea de que mientras presentaba sus respetos a la madre de una nina muerta, algo espantoso les habia ocurrido a sus propios hijos. Condujo deprisa, haciendo caso omiso de las normas de trafico y los limites de velocidad, sintiendose como si las palabras de Chamiqua hubieran sido una maldicion. Era una estupidez, lo sabia, pero no importaba.
Como detective de Homicidios, se habia enfrentado a la muerte con regularidad. Como casi todos los policias, se habia curtido tiempo atras para soportarlo. Era imprescindible para conservar la cordura. Sin embargo, no existia inmunidad posible contra la vision de un nino muerto, no habia modo de rehuir las emociones, la rabia, la tristeza por la brevedad de aquella vida, las cosas que aquel nino nunca llegaria a experimentar, el sentimiento de culpabilidad por creer que la muerte podria haberse evitado de alguna forma. Los adultos podian arreglarselas por si mismos. Con frecuencia, las decisiones que un adulto tomaba en la vida colocaban a esa persona en la situacion que le segaba la vida. Pero los ninos nunca decidian ponerse en peligro. Los ninos dependian de que los adultos que los rodeaban los mantuvieran a salvo.
Liska percibia todo el peso de esa carga mientras dejaba Grand Avenue y veia su casa. Seguia en pie; era un buen comienzo. No la habian incendiado en su ausencia. Experimento un profundo alivio pese a que la canguro ya se lo habia dicho diez minutos antes, cuando la llamo por el movil.
Aparco en el sendero, se apeo y corrio hacia la puerta mientras intentaba encontrar la llave.
Los chicos estaban en pijama, tendidos de bruces ante el televisor, absortos en un videojuego. Liska dejo caer el bolso, se quito los zapatos y cruzo la habitacion a toda prisa sin atender al saludo de la canguro. Cayo de rodillas entre ellos y les rodeo los hombros con los brazos, provocando gritos de protesta.
– ?Eh!
– ?Mira lo que has hecho!
– ?Iba ganando!
– ?No, senor!
– ?Que si!
Liska los atrajo hacia si y aspiro el olor a pelo limpio y palomitas de microondas.
– Os quiero, chicos. Os quiero mucho.
– ?Estas helada! -exclamo R. J.
Kyle le lanzo una mirada penetrante.
– ?Me quieres lo bastante para dejarme pasar la noche en casa de Jason? Ha llamado para invitarme.
– ?Esta noche? -pregunto Liska, abrazandolo con mas fuerza y cerrando los ojos para contener las repentinas lagrimas de alivio y felicidad que amenazaban con escaparsele-. Ni hablar, amigo. Puede que manana, pero esta noche no. Esta noche no.
La canguro volvio a su casa sola. Liska jugo con los chicos hasta que ya no pudieron mantener los ojos abiertos, los acosto y se quedo en el umbral de su puerta, viendolos dormir.
Mas tranquila al ver que estaban sanos y salvos, comprobo todos los cerrojos y cerraduras y se preparo un bano de espuma, un placer femenino que raras veces se permitia. El calor penetro en sus musculos, aliviando la tension, la angustia, la sensacion toxica que siempre quedaba tras acudir al escenario de un asesinato, como si el mal impregnara el aire. Cerro los ojos y apoyo la cabeza sobre una toalla enrollada. En el borde de la banera habia dejado una taza de te humeante. Intento despejar la mente y dejarse llevar por unos minutos. Que lujo.
En cuanto se relajo por completo, abrio los ojos, se seco las manos y cogio la correspondencia que habia dejado sobre el mueble. No habia facturas ni correo comercial, tan solo una pila de lo que parecian ser felicitaciones navidenas. Una vez mas no conseguiria enviar sus postales hasta Dios sabia cuando.
Habia una felicitacion de tia Cici, de Milwaukee. Una postal fotografica del primo Phil, el granjero, con su familia, todos ellos ataviados con camisetas identicas que decian «?Tienes leche?». Una elegante felicitacion de Hallmark de una amiga de la universidad que se enteraba tan poco de nada que aun enviaba el sobre dirigido al senor y la senora… ?Por que se molestaban las personas asi? ?Realmente daba tanto trabajo limpiar la base de datos?
El ultimo sobre iba dirigido solo a ella. Otra etiqueta escupida por ordenador y sin remitente. Que raro. A todas luces, el sobre rojo contenia una tarjeta. Rasgo el papel con el abrecartas y vio una sencilla felicitacion navidena de tipo comercial que deseaba «Felices Pascuas». Al abrirla cayo algo. Mascullando un juramento, Liska agarro el rectangulo oscuro justo cuando aterrizo en la superficie del agua.
Una fotografia Polaroid. No. Tres fotografias juntas.
Fotografias de sus hijos.
Se le helo la sangre en las venas, y se le puso la piel de gallina en todo el cuerpo. Las manos le temblaban. En una de los fotos se veia a sus hijos haciendo cola para coger el autobus delante de la escuela. En la segunda jugaban con un amigo mientras el autobus se alejaba de la parada, situada a una manzana de su casa. En la tercera caminaban por la acera hacia la casa. En cada una de ellas, alguien habia trazado un circulo negro en torno a las cabezas de ambos muchachos.
La tarjeta solo contenia un mensaje en forma de numero de telefono.
Liska dejo las fotos y la tarjeta en el suelo, salio de la banera, se envolvio en una tolla y cogio el telefono inalambrico. Temblaba con tal violencia que se equivoco dos veces al marcar. Al tercer intento lo consiguio. Al cuarto timbrazo salto el contestador, y la voz grabada la lleno de temor.
– Hola, soy Ken. Estoy haciendo algo tan apasionante que no puedo ponerme…
Si, estaba tendido en una cama de la unidad de cuidados intensivos. Ken Ibsen.
