– Puede.
– Y desde luego, no lo sentiria. Joder, lo mas probable es que ni siquiera sepa deletrear «lo siento». Deberia haber muerto el -espeto con amargura antes de beber otro trago y anadir mas lena al fuego de su furia-. Desgraciado de mierda. No tiene sentido que una persona tan buena como Andy…
De repente, las lagrimas se aduenaron de el como un torrente, y pese a que intento contenerlas, no lo consiguio. Mascullo un juramento entre dientes y arrojo el vaso, que fue a estrellarse contra el bar, salpicando las inmediaciones de whisky y fragmentos de cristal.
– ?Dios mio! -gimio, cubriendose la cabeza con los brazos, como si intentara defenderse de los golpes de un poder superior que lo castigara por sus pecados.
Empezo a balancearse mientras sollozaba con amargura absoluta.
– ?Dios mio!
Kovac espero, permitiendole desahogar el dolor, dandole tiempo para mirar al demonio a la cara.
– Usted lo queria -dijo por fin.
Sonaba extrano dicho a un hombre, pero mientras presenciaba la profundidad del dolor de Steve Pierce, se dijo que seria una suerte contar con algun ser humano, fuera hombre o mujer, que lo amara con semejante intensidad. Aunque por otro lado, quiza lo que estaba viendo no era mas que un sentimiento de culpabilidad muy hondo.
– Si -reconocio Pierce en un susurro atormentado. Kovac le apoyo una mano en el hombro, pero Pierce se aparto de el.
– Tenia una relacion con el.
– Andy queria que lo reconociera, que saliera del armario. Pero no podia. La gente no lo entiende, no entiende nada. Aunque digan que lo entienden, no es cierto; he sido testigo de ello. Se lo que se dice a espaldas de los demas, los chistes, las pullas, la falta de respeto. Se lo que pasa. Mi carrera… todo por lo que he luchado… Yo…
Se interrumpio, como si el argumento no le resultara convincente ni a el. Se dejo caer en una de las butacas de cuero con el rostro sepultado entre las manos.
– Andy no lo entendia, pero yo no podia…
Kovac dejo el vaso sobre la mesa.
– ?Estuvo usted con el la noche en que murio, Steve?
Pierce sacudio la cabeza una y otra vez mientras intentaba recobrar la compostura.
– No -dijo por fin-. Ya le dije que lo vi el viernes por la noche. Las amigas de Jocelyn le habian organizado una especie de despedida de soltera. Andy y yo habiamos discutido por su decision de salir del armario… y hacia mucho tiempo que no estabamos juntos ni nos hablabamos siquiera.
– ?Salia con otro?
– No lo se, puede. Una noche lo vi en un bar con alguien, pero no se si estaban enrollados.
– ?Conocia al otro?
– No.
– ?Que aspecto tenia?
– Tenia pinta de actor, con el pelo oscuro y una sonrisa radiante, pero no se si estaban juntos.
– ?Que paso cuando fue a verlo el viernes por la noche?
– Volvimos a discutir. Queria que le contara la verdad a Joss.
– Y usted se enfado.
– Mas bien me exaspere.
– ?Cuanto tiempo llevaban juntos usted y Andy?
Pierce agito la mano en un gesto vago.
– Esporadicamente, desde la universidad. Al principio crei que no era mas que un experimento… curiosidad. Pero no dejaba de… necesitarlo… de llevar una doble vida… y no encontraba ninguna salida. Estoy prometido a la hija de Douglas Daring, por el amor de Dios. Nos casamos dentro de un mes. ?Como voy a…?
– ?Habian discutido en otras ocasiones sobre lo mismo?
– Cincuenta veces. Nos peleabamos, dejabamos de vernos un tiempo, nos reconciliabamos, dejabamos correr el asunto, el se deprimia…
Dejo la frase sin terminar y permanecio ahi sentado, encorvado como un anciano, el rostro contraido en un rictus de dolor y remordimiento.
– ?Pudo haberselo contado a Jocelyn? -pregunto Kovac.
– No, Andy no era asi. Consideraba que era asunto mio, mi responsabilidad. Y yo no la asumia.
– ?Estaba Andy enfadado con usted?
– Dolido -puntualizo Pierce-. No quiero creer que se suicidara -anadio tras una pausa-, porque no quiero creer que quiza yo le empuje a ello.
En sus ojos volvieron a brillar las lagrimas; los cerro con fuerza, y las lagrimas se deslizaron por entre sus pestanas.
– Pero me temo que soy responsable -murmuro-. No fui lo bastante hombre para reconocer lo que soy, y puede que la persona a la que mas queria en el mundo haya muerto por eso. En tal caso, yo lo mate. Lo amaba y lo mate.
El silencio quedo suspendido entre ellos, quebrado tan solo por el murmullo del equipo de musica al fondo. Sonaba una de esas emisoras de seudojazz que siempre parecian retransmitir la misma melodia, con el mismo ritmo, el mismo saxo gimiente, la misma trompeta perezosa. Kovac lanzo un suspiro y se pregunto que debia hacer a continuacion. Nada, suponia. No tenia sentido seguir presionando a Pierce. Era su secreto, su losa, y su castigo consistiria en seguir cargandola durante el resto de su vida.
– ?Se lo contara a Jocelyn? -pregunto por fin.
– No.
– Es una mentira muy grande para arrastrarla toda la vida, Steve.
– No importa.
– Puede que a usted no, pero ?no cree que ella merece algo mejor?
– Sere un buen marido, incluso un buen padre. Hacemos una pareja impresionante, ?no le parece? Eso es lo que quiere Joss, un muneco Ken de tamano natural para vestirlo, sacarlo a pasear y fingir. A mi se me da muy bien fingir; llevo haciendolo casi toda la vida.
– Y lo haran socio en Daring-Landis, y todos seran infelices y no comeran perdices.
– Nadie se dara cuenta.
– El sueno americano.
– ?Esta usted casado, Kovac?
– En dos ocasiones.
– Y eso lo convierte en un experto.
– En lo que respecta a la infelicidad, si. He acabado por darme cuenta de que es mas barato y mas facil ser infeliz solo.
Otro silencio.
– Deberia contarselo, Steve. Por el bien de los dos.
– No.
En aquel momento, Kovac vio que la puerta del pasillo se abria lentamente, y la aprension le formo un nudo en la garganta. Jocelyn Daring aparecio en el umbral con el abrigo puesto. Kovac no sabia cuanto tiempo llevaba alli, pero a juzgar por su expresion, el tiempo suficiente. Tenia las mejillas manchadas de lagrimas y rimel, los labios desprovistos de color. Pierce la miro sin decir nada. Al cabo de unos instantes, los labios de Jocelyn se torcieron en una mueca temblorosa.
– ?Maldito hijo de puta! -escupio como si disparara las palabras antes de abalanzarse sobre Pierce como una posesa.
Kovac la asio por la cintura justo a tiempo. La joven grito y se debatio, agitando los punos hasta que le dio en la frente y le abrio el corte que habia empezado a cicatrizar. Por fin le asesto un puntapie, se zafo de el y cogio un candelabro de peltre que habia sobre la mesilla.
– ?Maldito hijo de puta! -repitio antes de golpear a Pierce, que no se habia movido, en la cabeza-. ?Te dije que no hablaras con el! ?Te lo dije! ?Te lo dije!
