idea de que lo hubieran hecho picadillo bastara para disuadir a cualquiera de permanecer en contacto con el.

– ?Me oye, senor Ibsen? -pregunto por tercera vez.

Ibsen yacia con la cabeza vuelta hacia ella, los ojos abiertos pero desenfocados. Algunas personas afirmaban que las palabras penetraban en el cerebro de las personas mas comatosas. ?Quien era ella para dudarlo?

– Cogeremos a los que le hicieron esto -prometio.

Policias. Se le revolvia el estomago al pensar en ello. Los que habian causado semejantes estragos en aquel cuerpo eran policias. Eran policias quienes habian cometido ese crimen atroz, ese sacrilegio contra los uniformes que vestian. El dano no acababa con Ken Ibsen, sino que se propagaba a la imagen del departamento, a la confianza que la gente debia depositar en las personas a las que pagaban por protegerla. Odiaba a Ogden y Rubel por traicionar esa confianza y socavar su fe en la comunidad policial, que habia sido su segundo hogar durante gran parte de su vida.

Liska no era ingenua. Sabia que no todos los polis eran buenos. Habia un monton de cabrones paseandose por el mundo placa en ristre. Pero ?asesinato e intento de asesinato? En lo mas hondo de su ser, se resistia a creerlo. Ken Ibsen era la prueba de que no le quedaria mas remedio que creerlo.

– Tienen mucho por lo que pagar -musito antes de salir de la habitacion.

Ante la puerta de Ibsen se sentaba un agente uniformado con una revista de pesca sobre el regazo. Era un tipo grueso a la espera de la jubilacion o del infarto, dependiendo de lo que llegara antes. Al ver a Liska le dedico una sonrisita desdenosa por ser mujer. A Liska le entraron ganas de propinarle una patada, arrancarle la revista de las manos y darle con ella en la cabeza, pero no podia permitirse nada de eso.

– ?A que comisaria pertenece, Hess?

– A la tercera.

– ?Sabe por que lo han hecho venir al centro?

– Porque estaba disponible para vigilar a este tipo -repuso el agente con un encogimiento de hombros.

Por lo visto, no le interesaba saber por que no habian asignado la tarea a algun agente del centro. Sencillamente, se alegraba de la oportunidad que se le brindaba de ponerse al dia en cebos y anzuelos para peces de rio. De hecho, Liska habia insistido en traer a alguien de fuera por temor a que la camaraderia entre los agentes de su comisaria pusiera en peligro a Ibsen, del mismo modo que el escenario de la muerte de Andy Fallon habia quedado comprometido cuando el primer agente en llegar franqueo el paso a Ogden y Rubel. No obstante, no sabia si tener a una bola de sebo como Hess de guardia era mucho mejor.

– ?Ha venido Castleton? -inquirio.

– No.

– ?Alguna otra persona del departamento?

– No.

– Si alguien mas aparte de medicos y enfermeras entran en esta habitacion, quiero que lo notifique de inmediato.

– Vale.

– Si alguien entra en la habitacion, me da igual quien sea, mueva el culo y vigile por la ventanilla. Podria haber matado al paciente cinco veces mientras usted leia acerca de las ventajas de la pesca marina sobre la fluvial.

Hess fruncio los labios al oir aquello, disgustado por el hecho de que una mujer, sobre todo una mujer que podria ser su hija, le dijera como debia hacer su trabajo.

– Y ya que esta aqui, ?por que no pide un trasplante de personalidad? -mascullo Liska al alejarse.

Tomo el ascensor hasta la planta baja pensando en Ogden y Rubel, hasta donde estarian dispuestos a llegar, si se atreverian a intentar algo en el hospital. Parecia un riesgo demasiado grande, pero si tenian algo que ver con el asesinato de Eric Curtis, si tenian algo que ver con la muerte de Andy Fallon, si estaban dispuestos a hacer a otro ser humano lo que le habia sucedido a Ken Ibsen, entonces sus actos no conocerian limites.

Por otro lado, tal vez no quisieran verlo muerto. Ibsen constituia un simbolo mas espeluznante vivo, si es que querian hacer entender a la gente que mas valia no joderlos. Se pregunto por que habrian esperado tanto. ?Por que no dar una paliza a Ibsen cuando la investigacion estaba en marcha? Tal vez Ibsen no los preocupaba tanto como el interes de Liska por reabrir el caso. A fin de cuentas, nadie habia apostado por Ken Ibsen hasta entonces.

Genial. Eso significaria que habian dejado a Ibsen hecho un cromo por su causa, de modo que era responsable de que estuviera en el hospital.

Tenian que estar vigilando a Ibsen para sorprenderlo en aquel callejon, penso. Con toda probabilidad, tambien la vigilaban a ella. La omnisciencia parecia ocupar un lugar preponderante en la lista de prioridades de la pareja. Pero a renglon seguido recordo que no eran solo dos, sino que Springer habia corroborado su coartada. Dungen, el enlace de la oficina de agentes homosexuales, le habia comentado que en el departamento habia muchas personas con actitudes homofobas. Pero ?cuantos policias estarian dispuestos a llegar al asalto y el asesinato? ?O cuantos estarian dispuestos a hacer la vista gorda? Esperaba no tener que averiguarlo.

Salio del ascensor con la cabeza baja, ensimismada, intentando establecer una lista de prioridades de lo que debia hacer.

Queria llamar al ultimo companero de patrulla de Eric Curtis. ?Como se llamaba? Ah, si, Engle. Y ademas, Castleton le habia ordenado que fuera a Asuntos Internos para intentar descubrir de que habia hablado Ibsen con ellos. Asimismo, queria llamar a Kovac para ponerle al corriente del estado de Ibsen y saber como habia ido el registro del establecimiento de Neil Fallon. Con toda probabilidad, en aquellos momentos estaria en el despacho del juez Lundquist.

Saco el telefono movil del bolsillo y alzo la vista en busca de un lugar donde pudiera detenerse a llamar sin molestar. Rubel estaba a tres metros de distancia, vestido de paisano y con la mirada impavida clavada en ella. El instante se prolongo como una imagen congelada mientras Liska reparaba en algo que Rubel llevaba en la mano. De pronto, alguien choco con ella por detras. Rubel avanzo hacia ella, se encajo las gafas de espejo con una mano y escondio la otra en el bolsillo de la chaqueta.

– ?Que narices hace usted aqui? -estallo Liska al tiempo que lo interceptaba.

– Ponerme la vacuna contra la gripe.

– Ibsen esta bajo vigilancia.

– ?Y a mi que? No tiene nada que ver conmigo.

– Ya -bufo Liska-, aunque si tenia mucho que decir sobre su companero.

– Ogden ha quedado limpio -replico Rubel con un encogimiento de hombros-. Supongo que Asuntos Internos decidio que ese tipo no tenia nada interesante que decir.

– Pues alguien decidio lo contrario. Ibsen se pasara un par de meses hablando con los dientes que le queden.

– Como ya le dije a Castleton -dijo Rubel-, no se nada de nada. Ogden, Springer y yo estuvimos jugando al billar en el sotano de mi casa.

– Suena a excusa barata.

– Las personas inocentes no se pasan la vida pensando en coartadas -senalo Rubel por encima del hombro mientras se alejaba-. Y ahora, si me disculpa, sargento…

– Ya, claro, usted, Ogden y sus demas colegas homofobos son unos santos -espeto Liska, deseando ser lo bastante alta para encararse con el, porque la mirada de Rubel quedaba muy por encima de su cabeza-. ?Sabe una cosa? No son los Eric Curtis ni los Andy Fallon de este mundo los que traen la verguenza al departamento - observo-, sino los garrulos como ustedes, convencidos de que tienen plena libertad para machacar a cualquiera que no encaje en su mezquino ideal de perfeccion humana. Son ustedes los que deberian desaparecer del departamento. Y si encuentro aunque sea la prueba mas insignificante contra ustedes, me encargare de que asi sea.

– Eso suena a amenaza, sargento.

– ?Ah, si? Pues llame a Asuntos Internos -sugirio Liska antes de alejarse por donde habia venido Rubel, sintiendo su mirada clavada en ella hasta doblar la esquina.

– ?Puedo ayudarla en algo, senorita? -le pregunto una recepcionista.

Liska miro a su alrededor. Se encontraba en una pequena zona de espera en la que vanas personas de aspecto desgraciado aguardaban su turno.

– ?Es aqui donde ponen las vacunas contra la gripe?

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