– No, senora, aqui se hacen los analisis de sangre. Las vacunas contra la gripe las ponen en Urgencias. Vuelva por ese mismo pasillo y…
Liska le dio las gracias en un murmullo y se alejo.
– ?Voy a demandar al departamento de policia! -chillo Neil Fallon.
Sus pesadas botas chirriaban sobre la nieve dura mientras se paseaba frenetico a la izquierda de Kovac. Llevaba la cabeza descubierta, y el viento que barria el lago le habia alborotado el cabello. Entre eso, la mirada enloquecida y las venas prominentes, tenia aspecto de demente.
Kovac encendio un cigarrillo, dio una larga chupada y exhalo una columna de humo que el viento disipo de inmediato. Debian de estar a veinte bajo cero por lo menos.
– Como quiera, Neil -dijo-. Es tirar un dinero que no tiene, pero a mi me da igual.
– Detencion improcedente…
– No esta detenido.
– Acoso…
– Tenemos una orden de registro. Lo tiene jodido, Neil -comento Kovac sin inmutarse.
El sol despedia unos rayos amarillo palido por entre la bruma de la nieve barrida por el viento. Las cabanas de pesca que salpicaban la orilla mas cercana del lago parecian unirse para entrar en calor.
Fallon se detuvo jadeante y observo a traves de la ancha puerta a los policias que revolvian los trastos amontonados en el taller. En la casa no habian encontrado nada aparte de pruebas de que en ella no vivia ninguna mujer.
– No he matado a nadie -repitio Fallon por enesima vez.
Kovac lo miro de soslayo.
– Entonces no se preocupe, amigo. Vaya a tomar una cerveza.
Tippen, de la unidad de detectives de la oficina del sheriff, estaba de pie a la derecha de Kovac, tambien fumando y escudrinando la boca cavernosa del cobertizo. Llevaba el cuello de la parka subido hasta las orejas y una gorra de lana a rayas rojas y blancas calada hasta los ojos.
– Creia que habias dejado de fumar -comento a Kovac.
– Y lo he dejado.
– Veo que estas en fase de negacion absoluta, Sam.
– Que se le va a hacer… ?Te ha dicho alguien que tienes una pinta ridicula con ese gorro?
– ?Te ha dicho alguien que tu tienes una pinta ridicula sin necesidad de llevar gorro? -replico Tippen sin inmutarse-. ?Donde esta Liska?
– Te mola, ?eh?
– Permiteme que te contradiga. Me he limitado a preguntar por una colega.
– «Permiteme que te contradiga.» A Liska le encantara la frasecita… Pues esta en un lugar donde hace mas calor que aqui, trabajando en otra cosa.
– Incluso en el norte de Alaska hace mas calor que aqui.
– ?En que otra cosa? -tercio Fallon.
– No es de su incumbencia, Neil. La sargento Liska lleva otros casos.
– No mate a mi padre.
– Ya lo ha dicho cien veces -comento Kovac sin apartar la mirada del cobertizo.
En aquel momento salio Elwood, sujetando un mono marron de tela cruzada por los hombros. Fallon dio un respingo como si acabara de recibir una descarga electrica.
– No es lo que piensa.
– ?Y que es lo que pienso, Neil?
– Puedo explicarlo.
– ?Que te parece, Sam? -pregunto Elwood-. Yo creo que es sangre.
El mono estaba repugnante, y sobre la suciedad se veian salpicaduras de lo que parecia ser sangre y tejido resecos.
Kovac se volvio hacia Fallon.
– Lo que pienso es lo siguiente, Neil: pienso que queda detenido. Tiene derecho a permanecer en silencio…
Cal Springer habia llamado para avisar de que estaba enfermo y no acudiria a trabajar. Liska aparco en el sendero de coches y se quedo mirando la casa del detective unos instantes antes de apagar el motor. Cal y la parienta vivian en una de las multiples calles sin salida que habia en el suburbio residencial de Eden Prairie. La edificacion era lo que los agentes inmobiliarios denominaban «contemporanea discreta», lo que significaba que carecia de estilo. Cualquier persona que regresara al barrio tras una noche de bares correria el riesgo de acabar en casa de algun vecino y no reparar en la diferencia hasta que el despertador sonara a la manana siguiente.
Aun asi, era un lugar agradable, y a Liska le habria encantado poseer una vivienda comparable. Se preguntaba como podia permitirse Cal vivir en un sitio asi. Sin duda cobraba un buen sueldo por puesto y veterania, pero no tan bueno. Y ademas, Liska sabia de buena tinta que su hija estudiaba en una cara universidad privada que se encontraba en Northfield. Tal vez la senora Springer era la que llevaba el dinero a casa. Menudo concepto: Cal Springer, el mantenido.
Se dirigio a la puerta principal, toco el timbre y cubrio la mirilla con el dedo.
– ?Quien es? -pregunto Springer desde dentro como si el fisco esperara para llevarselo encadenado y a rastras por vivir por encima de sus posibilidades.
– Elana, del servicio de acompanantes Elite -replico Liska en voz alta- ?Vengo a darle la paliza de las cuatro, senor Springer!
– ?Maldita sea, Liska! -mascullo Springer al tiempo que abria la puerta con expresion enfurecida y miraba en derredor para comprobar si la habia oido algun vecino-. ?No podrias tener un poco de consideracion? Vivo aqui, ?sabes?
– ?Y por que voy a querer yo ponerte en evidencia delante de desconocidos?
Se agacho para pasar por debajo del brazo de Springer y entrar en el recibidor, un espacio de baldosas incoloras, pintura incolora y una barandilla de madera incolora que ascendia por la escalera hasta el piso superior.
– ?Sabias que no es bueno que la escalera lleve directamente a la puerta? -pregunto-. Es fatal para el
– Estoy enfermo -declaro Springer.
– Podria ser por la falta de
Liska le lanzo una mirada de policia de arriba abajo, fijandose en el cabello despeinado, la tez grisacea y las ojeras bajo los ojos inyectados en sangre. Tenia un aspecto espantoso.
– O podria ser por pasarte la vida con tipos como Rubel y Ogden. Extranas companias para una persona como tu, ?no te parece, Cal?
– Mis amistades no son de tu incumbencia.
– Lo son si estoy bastante convencida de que dejaron a un hombre en coma mientras tu supuestamente estabas jugando al billar con ellos.
– Es imposible que lo hicieran ellos -aseguro Cal sin mirarla a los ojos-. Estabamos los tres en casa de Rubel.
– ?Es eso lo que me dira tu mujer cuando se lo pregunte?
– No esta en casa.
– Pero vendra tarde o temprano.
Liska intento pasar junto a el, pero Springer no paraba de bloquearle el paso. Llevaba unos pantalones marrones holgados que habian visto tiempos mejores, asi como un sueter gris de St. Olaf arremangado que le quedaba fatal. Ni siquiera era capaz de vestirse como Dios manda.
– Ademas, ?que tiene que ver todo esto contigo? -pregunto con sequedad.
– Ayudo a Castleton en la investigacion del asalto. La victima habia quedado conmigo para hablarme del asesinato de Curtis, y ahora que alguien se ha tomado la molestia de cerrarle la boca, aun siento mas curiosidad
