desbarata tu prevision.
Harrison tenia treinta anos de experiencia y aun podia sorprenderse, incluso asombrarse. Seamos explicitos: horrorizarse. Pese a todo lo que habia visto ya, sabia que pasaban cosas que son como fronteras: hay un antes y un despues a cada lado. «Es como ver nevar para arriba», solia decir su padre. Era su curiosa expresion. «Ver nevar para arriba»: ver algo que te hace cambiar para siempre.
Pensaba eso envuelto en su abrigo protector, envuelto a su vez en la proteccion de su Mercedes blindado, viajando a toda pastilla de regreso a la casa de Blanes.
– No contesta, senor.
Su hombre de confianza estaba al lado. Harrison lo miro de reojo: era un tipo joven, de cuidado bigote negro y ojos azules, padre de familia, fiel devoto de su trabajo, anglosajon de pura cepa. La clase de hombre ante el cual podia decir u ordenar lo que le diera la gana, ya que nunca cuestionaria sus decisiones ni le haria preguntas incomodas. Por eso mismo necesitaba mantenerlo… ?La expresion era «virgen»? Si, quiza. Virginalmente apartado de las cosas mas peligrosas. Harrison era lo bastante inteligente para saberlo: puedes permitirte que tu mente enloquezca, pero jamas permitas que enloquezcan tus manos.
– ?Lo intento otra vez, senor?
– ?Cuantas veces lo has llamado?
– Tres. Es muy raro, senor. Y en el monitor siguen las interferencias.
Por eso no le habia permitido entrar en aquel avion. Y habia hecho bien.
De los tres agentes que habian penetrado en el Northwind con el, dos habian sido trasladados a un hospital junto con los pilotos y escoltas. El tercero se encontraba relativamente bien, aunque sedado. El lo habia soportado a pelo, igual que la vision de los restos de Marini en Milan. Tenia experiencia: era un parroquiano habitual de los tugurios del horror.
– Llama a Max.
– Ya lo hice, senor, y tampoco responde.
El amanecer doraba los costados de los arboles. Iba a ser un bonito dia de marzo en la sierra madrilena, aunque tal eventualidad importaba un comino a Harrison. Se sentia extenuado tras las largas horas de tension en el aeropuerto, pero no podia permitirse el descanso. No hasta decidir que iba a hacer con los cientificos que quedaban: con aquellos monstruos (la profesora Robledo incluida), los responsables de cosas como las que habia visto en el Northwind.
Por la ventanilla paso, en direccion contraria, una furgoneta tan oscura y veloz como sus pensamientos.
– Tenemos cobertura, senor, y estoy probando con todos los canales, pero…
Harrison parpadeo. No le quedaban muchas ideas en la cabeza, pero con las pocas que tenia construyo algo parecido a una conclusion.
Los cientificos sabian lo que no debian. Se habian enterado, por ejemplo, de como Marini, Craig y Valente habian colaborado en los experimentos que a Eagle le interesaba realizar. Carter le habia explicado que Marini, atemorizado ante lo que estaba sucediendo, se lo habia confesado todo a Blanes durante una conversacion privada en Zurich. Harrison disponia de pruebas de aquella conversacion.
Las habia conseguido Carter.
Paul Carter. Un tipo intachable, un guerrero nato, una muralla de musculos y cerebro, ex militar reciclado en mercenario: la mejor de las maquinas posibles. Harrison lo conocia desde hacia mas de diez anos y creia saber todo lo que un hombre necesita conocer sobre otro para depositarle un noventa y nueve por ciento de confianza. Carter habia luchado (o entrenado a los que luchaban) en Sudan, Afganistan y Haiti, siempre al servicio de quien pudiera pagar sus trabajos. Eagle, por recomendacion suya, lo habia comprado a precio de oro para coordinar los aspectos militares del Proyecto Zigzag. Solo tenia una regla, que Harrison supiera, un unico codigo etico: su propia seguridad y la de sus hombres. Eso le otorgaba cierta…
Harrison se removio sobre el confortable asiento de piel.
– No lo entiendo, senor. Max dijo que seguiria en la casa con Carter y…
De pronto se hizo la luz en la oscuridad de su mente.
– Dave -dijo sin alterar el tono de voz, hablando por el interfono con el conductor-. Dave, da media vuelta.
– ?Perdon, senor?
– Media vuelta. Al aeropuerto de nuevo.
Victor intentaba entretenerse mediante aquellos simples juegos de palabras. Los cientificos se evaden, como los impuestos.
Eran casi las seis y media, pero en aquella zona del edificio no se veia el amanecer. Solo los mas madrugadores (ejecutivos de ambos sexos) iban y venian portando maletines de piel o guardaban cola en los mostradores. Lo unico que Victor tenia en comun con ellos era el cansancio: llevaba una noche entera en blanco escuchando historias espantosas sobre un asesino invisible y sadico del que todos querian huir. Estaba aterrorizado y cansado a partes iguales. En el avion, sin duda, la fatiga aventajaria al miedo y cerraria un poco los ojos, pero ahora se sentia como si hubiesen inyectado en sus venas un suero de cafeina.
– A estas alturas, Harrison ya habra descubierto lo sucedido -dijo Elisa. Victor volvio a pensar, mientras la miraba, que ni siquiera la agotadora velada que habian pasado lograba afearla.
– Quiza -admitio Blanes-, pero el avion de Zurich despega en menos de una hora, y Carter asegura que Harrison ignora adonde iremos.
– ?Podemos fiarnos de el? -pregunto ella contemplando la ancha espalda de Carter, de pie frente al mostrador.
– Tiene tanto interes como nosotros en huir, Elisa.
Carter regreso mostrando las tarjetas de embarque como un tahur el enves de unos naipes. Victor aprecio sus dotes de mando: no necesitaba hablar para ponerlos en marcha y hacer que lo siguieran como corderitos, Jacqueline repiqueteando con sus altos tacones.
– ?Cree que Harrison lo sabe ya? -pregunto Blanes mirando a su alrededor.
– Es posible. -Carter se encogio de hombros-. Pero lo conozco bien y he tratado de adelantarme a sus reacciones. A estas horas aun estara en la casa, confundido, dando ordenes y preguntandose que ha sucedido… Le he dejado algunas pistas falsas. Para cuando pueda reaccionar, nuestro avion habra despegado.
Harrison puso el pie en el interior de la terminal uno de Barajas mientras hablaba por el movil. Habia actuado muy rapido, mucho mas -imaginaba- de lo que Carter hubiese podido sospechar. No se habia convertido en jefe de seguridad de proyectos cientificos de Eagle por casualidad.
– Tenia usted razon, senor -decia la voz del auricular-: acaba de facturar cinco billetes para el vuelo de las siete de Lufthansa con direccion a Zurich usando documentacion falsa. Lo han reconocido en el mostrador. Fue buena idea enviar su foto con urgencia. Debe de estar dirigiendose a la puerta de embarque.
