en los incomodos bancos del aeropuerto y apenas habia comido otra cosa que patatas fritas y chocolatinas acompanadas de agua mineral. Todo eso despues del angustioso vuelo en avioneta que habian realizado desde Torrejon, amenizado por las avinagradas advertencias de Carter:

– Ustedes son cientificos y conocen la expresion «en teoria», ?verdad? Bueno, pues «en teoria» van a regresar al mismo lugar que abandonaron hace diez anos, pero no me echen la culpa si no es asi.

– Nunca lo hemos abandonado -fue la taciturna replica de Jacqueline Clissot. A diferencia de Elisa, Jacqueline si habia traido algo de ropa. En Sanaa se habia cambiado y llevaba una gorra deportiva sobre los lacios cabellos tenidos de rojo, una blusa veraniega de color blanco y minifalda vaquera. En aquel momento estaba mirando por la otra ventanilla, sentada junto a Blanes, pero al divisar la isla aparto la cara del cristal.

A Victor le daba igual lo que dijeran: alli podria esperarles cualquier cosa, pero al menos se trataba de la etapa final de aquel viaje enloquecedor. Tendria tiempo para lavarse, quiza incluso afeitarse. Sobre lo de hallar ropa limpia albergaba dudas. El helicoptero ejecuto otra violenta maniobra. Tras un nuevo bandazo -el piloto, que era arabe, aseguraba que se trataba del viento, pero a juicio de Victor se trataba de su torpeza- se equilibro y empezo a descender sobre un perimetro de arena. En la esquina derecha habia ruinas negras y metales retorcidos.

– Es lo que queda de la casamata y el almacen -le dijo Elisa.

Victor noto como se estremecia y le paso el brazo sobre los hombros.

La estacion, desde el aire, le recordaba vagamente a un tenedor con el mango roto. Las puntas eran tres barracones grises de techo inclinado conectados por el extremo norte, mientras que la parte que hacia de mango era redonda y corta: supuso que alli tenia que estar SUSAN, el acelerador de electrones. Sobre ella, clavadas como dardos, antenas largas y circulares erguian sus esqueletos de metal. Una alambrada lo encerraba todo en un amplio cuadrilatero.

Victor fue de los ultimos en salir. Siguio a Elisa hasta la escalerilla, inclinados ambos debido al techo bajo del helicoptero (el casi besando el trasero de ella) y salto al terrizo aturdido por el viaje, la nube de arena y el ruido de las aspas. Se aparto tosiendo y, al tomar aliento, varios centimetros cubicos de aire isleno penetraron en sus pulmones. No era tan humedo como esperaba.

– Hay tormenta al sur, en las Chagos -exclamo Carter, que aun seguia en el helicoptero, haciendose oir sin esfuerzo por encima de los rotores.

– ?Eso es malo? -pregunto Victor, alzando la voz.

Carter lo miro como si Victor fuese un insecto en la fase de muda.

– Eso es bueno. Lo que me preocupa es el tiempo seco, que es mas frecuente en esta epoca. Mientras haya tormentas nadie se acercara aqui. Agarre esto.

Le tendia una caja sosteniendola con una sola mano. El necesito las dos, y aun asi se le caia. Se sintio como una especie de soldado transportando viveres. En verdad se trataba de parte de las provisiones que Carter habia reunido en Sanaa: latas de conserva y paquetes de pasta italiana, asi como baterias de distintos tamanos para las linternas, radios, municiones y botellas de agua. Estas ultimas eran especialmente importantes, ya que el deposito del almacen habia quedado destruido y Carter ignoraba si habian instalado otro. Elisa, Blanes y Jacqueline se acercaron y repartieron el resto del equipaje.

Victor avanzaba hacia el barracon tambaleandose como un borracho. La caja pesaba endemoniadamente. Vio como Elisa y Jacqueline le adelantaban, la primera llevando incluso dos cajas, puede que menos pesadas que la suya, pero dos. Se sintio desanimado e inutil. Recordo cuanto le costaba realizar los ejercicios fisicos en el colegio y la humillacion que sufria cuando una chica lo superaba en cuestion de musculos. De alguna manera, la idea de que una mujer, sobre todo si era tan atractiva como Elisa o Jacqueline, tenia que ser mas debil que el seguia muy arraigada en su interior. Se trataba de una idea ridicula, lo admitia, pero no podia quitarsela de encima.

Mientras hacia muecas intentando llegar oyo a su espalda la voz de Carter despidiendose a gritos del piloto. Como coordinador de la seguridad en Nueva Nelson, Carter no habia tenido ningun problema en conseguir que los guardacostas mirasen para otro lado. Tampoco era de temer, por el momento -segun habia explicado-, que Eagle se enterara de que estaban alli, ya que los vigilantes eran hombres de confianza. Pero les habia advertido que el helicoptero se marcharia de inmediato: no queria arriesgarse a que un avion militar advirtiese su presencia durante un vuelo rutinario. Iban a quedarse solos. Y si alguna prueba necesitaba Victor de ello, escucho como se aceleraba el ritmo de las aspas y alzo la cabeza justo a tiempo de ver el helicoptero girar en el aire lanzando chispazos del sol de poniente antes de alejarse. Solos en el paraiso, penso.

Quiza fue ese pensamiento lo que le aturdio, porque la caja se le resbalo de las manos. La sujeto antes de que se cayera del todo, pero no pudo evitar que una esquina le golpeara el pie derecho. El agudo dolor le hizo trizas cualquier idea de paraiso.

Por fortuna, nadie habia percibido su torpeza. Se hallaban congregados frente a la puerta del tercer barracon, sin duda esperando a que Carter la abriera.

– ?Necesita ayuda? -dijo Carter rebasandolo.

– No, gracias… Ya…

Colorado como un tomate y resoplando, Victor reanudo la marcha por la arena cojeando, con las piernas separadas. Carter se habia reunido con los demas y sostenia unas tenazas tan largas como sus brazos. El ruido que produjo al cortar la cadena de la puerta semejo un disparo.

– La casa estaba vacia y nadie ha venido a barrer -dijo como si fuera el estribillo de una cancion, deteniendose para apartar con la bota unos escombros.

Eran las 18.50, hora de la isla, del viernes 13 de marzo de 2015.

Viernes trece. Victor se pregunto si eso traeria mala suerte.

– Ahora me parece pequenisima -dijo Elisa.

Se hallaba de pie en el umbral, moviendo el haz de la linterna por el interior de la que habia sido su habitacion en Nueva Nelson.

El empezaba a pensar que, en efecto, aquello era un infierno.

No habia visto lugar mas deprimente en toda su vida. Las paredes y el suelo de chapa albergaban tanto calor como las piezas de un horno desconectado hacia solo unos segundos tras pasar varias horas a doscientos grados. Todo tenia un aspecto lobrego, no habia ventilacion y olia a rayos fritos. Y, desde luego, los barracones eran mucho mas pequenos de lo que la narracion de Elisa le habia hecho imaginar: un pobre comedor, una pobre cocina, dormitorios desnudos. La cama solo era el armazon, el bano apenas contaba con el mobiliario indispensable y estaba cubierto de polvo. Nada semejante al lugar de ensueno donde Cheryl Ross la habia recibido a ella diez anos atras. A los ojos de Elisa asomaron lagrimas y sonrio sorprendida: dijo que no creia sufrir ninguna nostalgia. Quiza se hallaba extenuada por el viaje.

La sala de proyeccion impresiono mas a Victor, pese a que era un lugar igualmente pequeno y hacia un calor espantoso. Sin embargo, al contemplar la oscura pantalla no pudo evitar estremecerse. ?Era posible que hubiesen vislumbrado en ella la ciudad de Jerusalen en tiempos de Cristo?

Pero fue en la sala de control donde se quedo boquiabierto.

Con sus casi treinta metros de anchura por cuarenta de largo y sus paredes de cemento, era la camara mas grande y fresca de todas. Aun no habia luz (Carter habia ido a examinar los generadores), pero, bajo el debil resplandor que penetraba por las ventanas, Victor contemplo, alelado, el dorso relampagueante de SUSAN. El era fisico, y nada de lo que habia visto u oido hasta entonces podia compararse a aquel aparato. Reacciono como un cazador que, habiendo oido historias de increibles piezas cobradas, contempla al fin la fantastica arma que ha servido para capturarlas y ya no duda de la veracidad del resto. Un estrepito lo sobresalto. Se encendieron los fluorescentes del techo haciendo que todos parpadearan. Victor miro a sus companeros como si los viera por primera vez, y de improviso fue consciente de que iba a vivir con ellos alli. Pero no le parecia mal, al menos en el caso de Elisa y Jacqueline. Blanes tampoco le resultaba una compania desagradable. Solo Carter, que en ese momento aparecio por una pequena puerta a la derecha del acelerador, seguia sin encajar en su amplio universo.

– Bueno, tendran luz para jugar con ordenadores y calentar comida. -Se habia quitado la cazadora, los vellos canosos del torax le sobresalian de la camiseta y los biceps le abultaban las mangas-. Lo malo es que no hay agua. Y no debemos usar la climatizacion si queremos que lo demas funcione. No me fio del generador auxiliar, el otro sigue estropeado. Eso significa pasar calor -agrego sonriendo. Pero su rostro no mostraba ni una gota de sudor, mientras que Victor se percato de que ellos estaban empapados de pies a cabeza. Oyendolo hablar, nunca

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