Por eso decidio decirselo con absoluta serenidad.
– Nos has mentido, David.
El giro la cabeza y la miro.
– Dijiste: «Solo ven los desdoblamientos quienes realizan la prueba». Las imagenes de ratas y perros las obtuvo Marini, pero la primera, la del Vaso Intacto, la conseguisteis
Desde la oscuridad, Blanes la contemplaba en silencio.
Ella se imagino lo que veia: su figura de mujer de pie en el umbral, a contraluz, la cabellera negra recogida en una gran cola sobre su cabeza, la camiseta descubriendo el vientre y los vaqueros de bordes rotos cenidos a sus ingles.
– Elisa Robledo -susurro el-. La alumna mas lista y hermosa… y la capulla mas arrogante.
– Y a ti nunca te importo una mierda ninguna de las tres cosas.
De nuevo se midieron con la mirada. Entonces sonrieron. Sin embargo, justo en ese momento el dijo lo mas espeluznante:
– Hay otra victima de Zigzag que no conoces, pero
Se detuvo y la miro. Prosiguio, con voz quebrada:
– Hace dias vivi otro momento horrible, el mas horrible despues de la muerte de mi hermano. Pero en este caso
Blanes jadeaba, como si en vez de hablar hubiese hecho un violento ejercicio. Sus dedos empezaron a tamborilear en la mesa polvorienta como en un teclado.
– Entro una enfermera y tuve que marcharme. Cuando llegue a Madrid al dia siguiente, me entere de que habia fallecido de su enfermedad esa misma noche: Zigzag lo habia matado a traves de mi.
– No, tu no…
– Tienes razon -la interrumpio el con dificultad-. Yo tambien vi los desdoblamientos del vaso… Sergio y yo los estudiamos, y comprendimos los riesgos que implicaba el entrelazamiento. Me negue a seguir por ese camino y crei convencer a Sergio. Juramos no revelarlo nunca. Pero el continuo con las pruebas en secreto… Anos despues empece a intuir lo que sucedia, pero no dije nada, ni a Grossmann ni a nadie. ?Todos muriendo a mi alrededor y yo… en silencio!
Y de repente Blanes se echo a llorar.
Fue un llanto esforzado y torpe: como si llorar precisara de una habilidad de la que carecia por completo. Elisa se acerco y lo abrazo. Penso en la madre de Blanes cinendo el cuerpo de su hijo mayor con todas sus fuerzas, tocandolo para asegurarse de que el, al menos el, seguia vivo; de que el, al menos el, no habia sido alcanzado por la maquina poderosa.
– No sabias lo que sucedia… -le dijo suavemente, acariciando su nuca sudorosa-. No podias estar seguro, David… No eres culpable de nada…
– Elisa… Dios mio, ?que hice…? ?Que hicimos…?
– Acertar o equivocarnos: es lo unico que podemos hacer… -Ella hablaba sin dejar de abrazarle-. Vamos a probar de nuevo, David… Vamos a intentar acertar esta vez, por favor… Dejame intentarlo…
Blanes parecia mas tranquilo. Pero cuando se aparto y la miro a los ojos, ella advirtio el terror que lo embargaba.
– Tengo tanto miedo de que acertemos como de equivocarnos -dijo.
– Ya esta -anuncio Jacqueline Clissot, encaramada a una silla.
– Tal como la profesora quiere -afirmo Carter contemplando la pantalla del ordenador donde Elisa se sentaba-: en el centro de su culo.
Elisa se volvio hacia la mini camara adosada al ordenador de control. Estaba situada sobre un tripode a su espalda, apuntando al teclado principal. Aprobo la posicion. Si Ric habia manipulado el acelerador esa noche, suponia ella, todo lo habia hecho desde alli. Ademas, la imagen registraba tambien la puerta del generador donde habia muerto Rosalyn.
Habia pasado la tarde entera preparandose. Convencio a Blanes de que queria hacerlo sola (tambien tuvo que convencer a Victor): era menos arriesgado para el grupo, dijo, porque si se producian desdoblamientos lo mas probable era que los viera solo ella. No deseaba ayuda, ni siquiera para los calculos; alegaba que eso supondria una perdida de tiempo. En cambio, tuvo que aprender el manejo de los instrumentos. Aunque Blanes no lo conocia todo sobre SUSAN, demostro saber lo imprescindible para ensenarle a manipular los controles de entrada y salida del haz de particulas. Victor colaboro revisando los ordenadores. Gran parte de las funciones de aquellos programas le resultaba extrana, pero contaba con la ventaja de que el
Pasaban de las seis de la tarde cuando el viento empezo a soplar con fuerza, y su ulular pudo escucharse desde la sala de control.
– Quiza tengas problemas con la tormenta -dijo Blanes, inseguro.
– Son los que menos me preocupan. -
