– No podra atacar esta vez, Jacqueline… -afirmo Blanes en tono de infundir confianza-. Estamos en una isla: en kilometros enteros a la redonda solo dispone de las baterias de esa linterna y el ordenador de Elisa. No atacara esta noche.
La paleontologa alzo la cabeza. Ya no le parecio a Victor una mujer hermosa: era un ser malherido y tremulo.
– Soy… la siguiente -dijo en voz muy baja, pero Victor la oyo-. Estoy segura…
Nadie probo a consolarla. Blanes respiro hondo y se reclino contra la pantalla.
– ?Como lo hace? -pregunto Carter. Se estiraba cuan largo era apoyando la nuca en las manos y estas en la pared, mechones de vello toracico sobresaliendo de su camiseta-. ?Como nos mata?
– Cuando nos introducimos en su cuerda de tiempo, somos suyos -dijo Blanes-. Ya le explique que en un lapso tan breve como el de la cuerda no hay tiempo suficiente para que seamos «solidos», y nuestro cuerpo y todos los objetos que nos rodean resultan inestables. Somos como un puzzle de atomos alli dentro: Zigzag solo tiene que quitarnos las piezas una a una, o cambiarlas de sitio, o destruirlas. Lo puede hacer a voluntad, de la misma forma que manipula la energia de las luces. La ropa, todo lo que queda fuera de la cuerda y por tanto tiene su propio transcurrir, se vuelve ajeno. Nada nos protege y no podemos usar ningun arma. En la cuerda de tiempo estamos desnudos e indefensos como bebes.
Carter se habia quedado inmovil. Daba la impresion de que ni siquiera respiraba.
– ?Cuanto dura? -Saco un cigarrillo del bolsillo del pantalon-. El dolor. ?Cuanto cree que dura?
– Nadie ha regresado para contarlo. -Blanes se encogio de hombros-. La unica version que poseemos es la de Ric: a el le parecio que pasaba horas dentro de la cuerda, pero aquel desdoblamiento no tenia la potencia de Zigzag…
– Craig y Nadja duraron meses… -murmuro Jacqueline abrazandose las piernas, como aterida-. Eso dicen las autopsias… Meses o anos sintiendo dolor.
– Pero ignoramos que ocurre con sus conciencias, Jacqueline -se apresuro a anadir Blanes-. Quiza su percepcion del tiempo sea distinta. Tiempo subjetivo y objetivo: existen diferencias, recuerdalo… Puede que todo suceda muy rapido desde el punto de vista de sus conciencias…
– No -dijo Jacqueline-. No lo creo.
Carter buscaba algo en los bolsillos, quiza un mechero o una caja de cerillas, porque aun tenia el cigarrillo maltrecho entre los labios. Pero desistio, se quito el cigarrillo de la boca y lo contemplo mientras hablaba.
– He visto muchas veces la tortura, y la he probado. En 1993 trabaje en Ruanda entrenando a varios grupos paramilitares hutus en la zona de Murehe… Cuando estallo la revuelta me acusaron de traicion y decidieron torturarme. Uno de los jefes me anuncio que se lo tomarian con calma: comenzarian por los pies y llegarian a la cabeza. Empezaron arrancandome las unas de los pies con palos puntiagudos. -Sonrio-. Nunca he sentido mas dolor en mi puta vida. Lloraba y me meaba de dolor, pero lo peor era que pensaba que no habian hecho sino empezar: solo eran las unas de los pies, esas mierdas secas que nos crecen en la ultima punta del cuerpo… Crei que no lo soportaria, que mi mente estallaria antes de que hubiesen llegado a la cintura. Pero a los dos dias otro de esos grupos que yo habia entrenado entro en el poblado, mato a los tipos que me retenian y me libero. En ese momento pense que siempre existen limites para lo que uno puede llegar a sufrir… En la academia militar donde me prepare tenian un dicho: «Si el dolor dura mucho, entonces puede resistirse. Si es irresistible, te matara y no durara mucho». -Lanzo su vieja y gastada risa-. Se suponia que saber eso nos ayudaria en los momentos dificiles. Pero esto…
– ?Quiere callarse, por favor? -Con un gesto de desesperacion, Jacqueline volvio a agachar la cabeza y se tapo los oidos.
Carter la miro un instante y luego siguio hablando en voz baja y ronca, apuntandoles con el cigarrillo apagado como con una tiza torcida.
– Se perfectamente lo que voy a hacer cuando su companera salga con una imagen. Voy a eliminar a ese bastardo, sea quien sea de nosotros. Aqui y ahora. Lo matare como se mata a un perro enfermo. Si soy yo… -Se detuvo, como considerando esa posibilidad insospechada-. Si soy yo, tendran el gusto de ver como me salto la tapa de los sesos.
La cabina del pequeno UH1Z empezaba a balancearse como un autobus viejo en una calle sin asfaltar. Prisionero del moderno asiento ergonomico con cinturon de seguridad en equis, la cabeza de Harrison era lo unico que se movia de todo su cuerpo, pero lo hacia en cualquier direccion que sus vertebras le permitieran. Sentada frente a el y rozandole las rodillas, la soldado Previn mantenia la vista fija en el techo. Harrison observo que bajo la linea del casco los bonitos ojos azules se hallaban dilatados. Sus companeros no disimulaban mucho mejor. Solo Jurgens, sentado al fondo, permanecia incolume.
Pero Jurgens era la otra cara de la muerte, y no servia como ejemplo.
Mas alla parecia haberse desatado el infierno. O quiza se trataba del verdadero cielo, quien podia saberlo. Los cuatro «arcangeles» avanzaban freneticamente contra una lluvia casi horizontal que ametrallaba los cristales delanteros. A medio centenar de metros bajo ellos se alzaba un monstruo con la potencia de mil toneladas de agua curva. Por fortuna, la noche impedia contemplar la voragine del mar. Pero cuando se asomaba por la ventanilla del costado el tiempo suficiente, Harrison llegaba a distinguir millones de antorchas de espuma en la cima de kilometros de terciopelo agitado, como la caprichosa decoracion de un viejo palacio romano en las orgias de carnaval.
Se pregunto si la soldado Previn lo culpaba de algo. No creia, desde luego, que le reprochase la muerte de aquel idiota de Borsello. En Eagle lo habian aplaudido, incluso.
La orden llego al mediodia, cinco minutos despues de que Borsello recibiera un balazo en el entrecejo. Procedia de algun lugar del norte. Siempre ocurria igual: algun lugar del norte ordenaba, y alguien al sur obedecia. Como la cabeza y el cuerpo: siempre de arriba abajo, pensaba Harrison. El cerebro ordena y la mano ejecuta.
La «cabeza» habia dictaminado que la eliminacion del teniente Borsello era admisible. Harrison habia hecho lo correcto, Borsello habia sido un inepto, la situacion era urgente, ahora el sargento Frank Mercier lo sustituia. Mercier era muy joven y estaba sentado al lado de Previn, frente a Harrison. Tambien tenia miedo. Su miedo adoptaba forma de nuez subiendo y bajando por su cuello. Pero eran buenos soldados, entrenados en SERE: Supervivencia, Evasion, Resistencia, Escape. Conocian sus armas y equipo a la perfeccion, habian recibido instruccion suplementaria en defensa y aislamiento de zonas. Y podian hacer algo mas que defenderse: llevaban rifles de asalto XM39 de balas explosivas y subfusiles Ruger MP15. Todos eran fuertes, de mirada vidriosa y piel brillante. No parecian personas sino maquinas. La unica mujer era Previn, pero no desentonaba en el grupo. Se sentia contento de tenerlos a su lado, no queria que pensaran nada malo de el. Con ellos y Jurgens ya no tenia nada que temer.
Salvo la tormenta.
Tras el nuevo bandazo decidio reaccionar.
Miro a los pilotos. Semejaban hormigas gigantes con aquellos cascos ovoides y negros orlados por el resplandor del panel de instrumentos. Ni pensar en desabrocharse el cinturon de seguridad para acercarse a ellos, por supuesto. Hizo girar el brazo del microfono incorporado al casco y pulso una tecla.
– ?Esto es la tormenta? -pregunto.
– El
– No es un huracan -dijo el otro piloto desde su oido derecho.
– Y si lo es, no esta bautizado.
– Pero ?el helicoptero aguantara?
– Supongo que si -contesto su oido izquierdo con sorprendente indiferencia.
Harrison sabia que el «arcangel» era un sofisticado y resistente aparato militar preparado para toda clase de condiciones atmosfericas. Hasta las aspas podian regularse segun la fuerza del viento: en aquel momento no dibujaban la clasica equis sino dos rombos. Sin embargo, la sola posibilidad de tener un accidente le agobiaba, no por el hecho de enfrentarse a la muerte sino por no alcanzar su objetivo.
– ?Cuando creen que llegaremos? -Sintio que el sudor le corria por la espalda y la nuca, bajo el casco y el chaleco salvavidas.
– Deberiamos ver la isla en una hora, si todo va bien.
