Jacqueline se le acerco. Se habia sujetado el cuantioso pelo con una goma y las puntas le caian como una planta que necesitara agua.
– Cuando obtengas las imagenes… ?que haras? Todos necesitamos verlas.
No le paso inadvertido aquel acento en «todos». Pero Jacqueline tenia razon, por supuesto.
– Las grabare y hare copias. Necesitare algun soporte.
– Lamentablemente -se quejo Carter, burlon-, se me olvidaron los CD en un supermercado de Yemen.
– Tiene que haber CD en algun sitio -dijo Elisa.
Carter encendio un cigarrillo y engolo la voz como un locutor de radio.
– «Lo habian planeado todo, salvo los CD». -Solto una risa ronca.
– Quiza quede alguno en el laboratorio de Silberg -dijo Blanes.
– Ire a ver -se ofrecio Victor. Salio de la sala esquivando los cables coaxiales retorcidos en el suelo como serpientes muertas.
– Todo saldra bien -les dijo Elisa.
Era mentira, pero los demas lo sabian; penso, por tanto, que la considerarian una verdad defectuosa.
La puerta metalica, arrastrada por la mano de Carter, se cerro.
Se quedo sola. No oia nada salvo el gemido del viento. Era como si estuviese sumergida en una campana hermetica a varias brazas de profundidad. Un miedo inagotable, copioso, se desmorono sobre ella. Observo los controles, los ordenadores parpadeantes. Intento concentrarse en los calculos.
Conocia la hora exacta que le interesaba explorar. El reloj de los ordenadores se habia detenido la noche del primero de octubre de 2005 a las cuatro horas, diez minutos, doce segundos. Eso equivalia, en numeros redondos, a unos trescientos millones de segundos atras. Se detuvo un instante a pensar en cuanto habia cambiado su vida durante aquellos ultimos trescientos millones de segundos.
Creia haber obtenido la energia exacta para abrir dos o tres de cuerdas en el margen de las fracciones previas a esa hora. Luego usaria la filmacion que realizaba la camara a su espalda para enviarla al acelerador y hacerla colisionar a la energia calculada. Despues recuperaria el nuevo haz con cuerdas abiertas y lo cargaria en el ordenador para verlo.
Repaso las ecuaciones una y otra vez. Deslizo la mirada por las inagotables columnas de numeros y letras griegas, intentando cerciorarse de que no se habia equivocado.
Las barras amarillas que indicaban el estado de configuracion del acelerador habian alcanzado la meta. En medio de la creciente penumbra de la sala, aquellas lineas parecian segmentar el rostro de Elisa, brillante de sudor, y su cuerpo casi desnudo, con la camiseta anudada bajo los pechos. De alguna manera, el calor habia aumentado: Carter decia que debido a la tormenta y las bajas presiones. El viento producia ruidos como de nube de langostas al agitar las palmeras. Aun no llovia, pero ya era posible escuchar el rugido del mar desde la sala.
Cien por cien, indicaban los numeros. Se oyo un zumbido que le resulto familiar. El proceso inicial habia concluido. El aparato estaba preparado para recibir la imagen y hacerla girar en su interior a una velocidad cercana a la de la luz.
Febrilmente, empezo a teclear los datos de la energia calculada.
Pero ?que haria si lo conseguia? ?Que haria si comprobaba que era un desdoblamiento de David, Carter, Jacqueline… o de ella misma? ?Acaso no habia tenido razon Blanes al afirmar
que acertar, en este caso, seria igualmente malo? ?Que iban a hacer todos?
Aparto aquellas preguntas de su mente y se dedico a la pantalla.
31
Blanes estaba extrayendo las baterias del transmisor.
– Quitad las baterias a todo lo que lleveis encima: telefonos, agendas electronicas… Carter, ?ha revisado las conexiones de la cocina y las linternas?
– Desenchufe los electrodomesticos. Y ninguna linterna tiene pilas, salvo esta.
Carter iba de un lado a otro con la linterna en la mano derecha y la izquierda extendida, como pidiendo limosna. Sobre su palma, monedas pequenas y lisas. Se acerco a Victor, que alzo la muneca y sonrio.
– El mio es de cuerda.
– No puedo creerlo. -Carter miro a Victor de arriba abajo, a la luz de la linterna-. En pleno 2015, ?y no tiene usted reloj-ordenador?
– Tengo uno, pero no lo uso. Este va muy bien. Es un Omega clasico. De mi abuelo. Me gustan los relojes de cuerda.
– Es usted una caja de sorpresas, senor cura.
– Victor, ?miraste en los laboratorios? -pregunto Blanes.
– Habia dos portatiles en el de Silberg. Les he quitado las baterias.
– Muy bien. Le dije a Elisa que desconectara el acelerador y los ordenadores que no utilice -comento Blanes ahuecando las manos para recibir las pilas que le entregaba Jacqueline-. Habra que dejar todo esto en algun sitio…
– En la consola. -Carter habia cruzado la sala hasta el fondo. Cuando se alejo de ellos, la oscuridad los envolvio.
– David… -Era la tremula voz de Jacqueline, que se habia sentado en el suelo-. ?Crees que va a atacar… pronto?
– Las noches son los periodos mas arriesgados porque dispone de las luces encendidas. Pero no sabemos exactamente cuando lo hara, Jacqueline.
Carter regreso y busco un sitio en el suelo. Entre los cuatro no ocupaban ni la mitad del espacio de la sala de proyeccion: estaban apinados junto a la pantalla, como obligados a compartir una pequena tienda de campana, Blanes sentado en una silla contra la pared, Carter y Jacqueline en el suelo, Victor en otra silla en el lado opuesto. La oscuridad era total, salvo el haz amarillo de la linterna que sostenia Carter, y hacia un calor de sauna.
En un momento dado Carter dejo a un lado la linterna y saco dos objetos de los bolsillos del pantalon. A Victor le parecieron piezas de un grifo negro.
– Supongo que puedo usar esto -dijo, encajando las piezas entre si.
– No le servira de nada -advirtio Blanes-, pero siempre y cuando no tenga baterias, puede usarla.
Carter coloco la pistola en su regazo. Victor advirtio que la miraba con una emocion que no le habia visto expresar frente a las personas. De improviso, el ex militar cogio la linterna y se la arrojo. El gesto fue tan inesperado que, en vez de intentar atraparla, Victor se aparto y la linterna le golpeo el brazo. Oyo la risa de Carter mientras se agachaba a recogerla.
– Le ha tocado, senor cura. Gracias a su reloj de cuerda, se ha ganado usted la primera guardia. Llameme a las tres, si me duermo. Yo hare el resto de la noche.
– Elisa nos avisara antes -dijo Blanes.
Pasaron un rato callados. Las sombras de todos formaban como bocas de tunel proyectadas contra las paredes por el resplandor de la linterna. Victor estaba seguro de que eso que escuchaba era lluvia. En la sala de proyeccion no habia ventanas (pese a sus desventajas, era el unico lugar de la estacion donde podian estirar las piernas los cuatro con cierta comodidad), pero se oia una especie de enorme interferencia, el crepitar de un televisor mal sintonizado. Sobre esa capa de sonidos gemia el viento. Y mas cerca, en las tinieblas, suspiraba una respiracion entrecortada. Un sollozo. Victor advirtio que Jacqueline habia hundido la cara entre las manos.
