Eran casi las nueve de la manana del domingo 15 de marzo, y sobre la maldita isla seguia derramandose una densa cortina de agua. Las palmeras, al borde de la playa, se agitaban como plumeros manejados por un criado nervioso. El calor y la humedad obstruian la nariz de Harrison, y una de las primeras ordenes que habia dado habia sido poner en marcha los climatizadores. Se resfriaria, sin duda, porque su ropa todavia seguia mojada debido a la tormenta que los habia recibido al aterrizar ocho horas antes, pero ese seria el menor de sus males.

Mirando aquel paisaje, con las manos en los bolsillos, y pensando en islas, pecados y Evas muertas, Harrison dijo:

– Los dos hombres que entraron en la sala han tenido que ser sedados. Son soldados curtidos, acostumbrados a ver de todo… ?Que tiene de especial esto, profesor? -Se volvio hacia Blanes, sentado junto a la polvorienta mesa. Mantenia la cabeza gacha y no habia tocado el vaso de agua que Harrison le habia ofrecido-. Son algo mas que cuerpos mutilados, ?verdad? Algo mas que sangre seca en las paredes y el techo…

– Es el Impacto -dijo Blanes en el tono anonimo, vacio, en que habia estado respondiendo las preguntas previas-. Los crimenes de Zigzag son como imagenes del pasado. Producen Impacto…

Durante un instante todo lo que hizo Harrison fue asentir con la cabeza.

– Ya comprendo. -Se aparto de la ventana y dio otro paseo por el comedor-. Y eso… puede hacer que… ?nos transformemos?

– No entiendo.

– Que… -Harrison movia apenas los musculos indispensables para hablar. Su rostro era una mascara empolvada-… hagamos, o pensemos, cosas extranas…

– Supongo. La conciencia de Zigzag, de alguna manera, nos contamina a todos, porque se entrelaza con nuestro presente…

Nos contamina. Harrison no queria mirar a Elisa alli sentada, respirando como un animal salvaje, con aquella camiseta pegada al torso y los vaqueros aserrados a la altura de las ingles, la piel morena con un brillo aceitoso de sudor, el pelo negro carbon revuelto.

No queria mirarla, porque no queria perder el control. Se trataba de algo muy sutil: si la miraba mucho tiempo, o el tiempo suficiente, haria cualquier cosa. Y aun no queria hacer nada. Debia ser prudente. Mientras el profesor tuviera algo que decir o hacer, el conservaria la calma.

– Veamos los puntos fundamentales de nuevo, profesor. -Se froto los ojos-. Desde el principio. Estaba usted solo en la sala de proyeccion…

– Me habia dormido, pero me desperte con los chispazos. Procedian de todas las tomas electricas: la consola, los interruptores… Tambien ocurrio en los laboratorios…

– Y en la cocina, ?lo ha visto? -Harrison se asomo por la puerta haciendo una mueca ante el olor a quemado-. El aislante de los enchufes esta chamuscado, y los cables, completamente pelados… ?Como ha podido suceder esto?

– Lo ha hecho Zigzag. Es algo nuevo. Ha… aprendido a extraer energia de aparatos desconectados.

Harrison se masajeaba la barbilla mientras miraba al cientifico. Necesitaba afeitarse. Un buen bano que le devolviera la vida, un buen descanso en una cama en condiciones. Pero aun no iba a hacer nada de eso.

– Continue, profesor.

La avispa. Ante todo, matar esa avispa negra que te pica los pensamientos.

– A la luz de esas chispas pude ver… No se ni como supe que eso era Jacqueline… Vomite. Empece a gritar.

La puerta del comedor se abrio, interrumpiendolos. Entro Victor acompanado de un soldado. Venia tan sucio como los demas: con el torso desnudo, la camisa atada a la cintura y el rostro hinchado por la falta de sueno y las dos o tres bofetadas que Carter le habia propinado. A Harrison le repugnaba verle: su palidez enfermiza, su ausencia de vello pectoral, sus anticuadas gafas… Todo en aquel tipo le hacia pensar en un gusano inmaduro, un renacuajo larguirucho. Por si fuera poco, se habia meado en los pantalones al entrar en la sala de proyeccion, y aun se le notaba la mancha por toda la pernera. Harrison le sonrio, decidido a tragar tambien con el Senor Renacuajo.

– ?Ha descansado, profesor? -Lopera asintio con la cabeza mientras ocupaba una silla. Harrison noto que la mujer lo miraba con preocupacion. ?Como era posible que ella fuese amiga de aquel esperpento? Quiza fuera buena idea matarlo delante de ella. Quiza fuera bueno que la puta lo viera morir. Guardo esa idea para si con el fin de comentarla luego con Jurgens. Se concentro en Blanes-. ?Por donde ibamos? Vio los restos de la profesora Clissot y… ?que ocurrio despues?

– Todo habia vuelto a quedarse a oscuras. Pero yo ya sabia que habia atacado otra vez. -Se detuvo y acentuo las palabras-. Entonces lo vi.

– ?A quien?

– A Ric Valente.

Hubo un silencio apenas estorbado por la monotonia de la lluvia.

– ?Como lo reconocio, si estaba a oscuras?

– Lo vi -repitio Blanes-. Como si resplandeciera. Estaba de pie frente a mi, en la sala de proyeccion, cubierto de sangre. Escapo por la puerta antes de que Carter y el profesor Lopera llegaran.

– ?Usted tambien lo vio? -dijo Harrison en direccion a Victor.

– No… -Victor parecia grogui-. Pero en aquel momento hubiese sido dificil que me fijara en algo…

– ?Y usted, profesora? -pregunto Harrison sin mirarla-. Creo que seguia en la sala de control, ?no? Habia tenido un desmayo… ?Vio a Valente?

Elisa ni siquiera levanto la vista.

Harrison sintio miedo: no porque ella fuese a hacerle algo sino, al contrario, por todo lo que el tenia ganas de hacerle. Por todo lo que le haria a su debido tiempo. Le daba panico mirar el cuerpo con el que jugaria a tantas cosas desconocidas. Tras una pausa, tomo aire y lo expulso en forma de palabras.

– No sabe, no contesta… Bien, sea como sea, mis hombres lo encontraran. No podra huir de la isla, dondequiera que este. -Retorno a su gran amigo Blanes-. ?Cree que Valente es Zigzag?

– No me cabe ninguna duda.

– ?Y donde se ha metido durante estos anos?

– No lo se. Tendria que estudiarlo.

– Me gustaria saberlo, profesor. Saber como lo ha hecho, el o su «duplicado», «desdoblamiento» o como se llame…, como ha logrado eliminar a tantos de ustedes. Quiero saber el truco, ?comprende? Un profesor de mi colegio solia responder a todas mis dudas diciendo: «No preguntes las causas, que el efecto te baste». Pero el «efecto», ahora, esta en la sala de al lado, y es dificil de entender. -Aunque sonreia, Harrison puso cara de aguantar un dolor-. Es un «efecto» que te pone la piel de gallina. Uno se plantea que clase de pensamientos debieron de pasar por la cabeza del senor Valente para hacer todo eso con un cuerpo humano… Necesito una especie de informe. A fin de cuentas, este proyecto es tan nuestro como de ustedes.

– Y yo necesitare tiempo y calma para estudiar lo sucedido -repuso Blanes.

– Tendra ambas cosas.

Elisa miro a Blanes, desconcertada. Hablo casi por primera vez desde que habia comenzado el largo interrogatorio.

– ?Estas loco? -dijo en castellano-. ?Vas a colaborar con ellos?

Antes de que Blanes pudiera contestar, Harrison se adelanto.

– «Estas loco» -chapurreo en castellano, en tono humoristico-. Todos estamos «locos», profesora… ?Quien no?

Se inclino hacia ella. Ahora si podia mirarla, y pensaba darse ese placer: le parecio tan hermosa, tan excitante pese al olor a sudor y suciedad que despedia y a lo desordenado de su aspecto, que sintio escalofrios. Improviso un discurso para aprovechar al maximo aquellos segundos de contemplacion, adoptando la voz admonitoria de un padre frente a la hija preferida, aunque discola:

– Pero la locura de algunos consiste en asegurarnos de que otros duermen tranquilos. Vivimos en un mundo peligroso, un mundo donde los terroristas atacan a traicion, por sorpresa, sin dar la cara, como hace Zigzag… No podemos permitir que… lo sucedido esta noche sea usado por la gente equivocada.

– Usted no es la gente correcta -dijo Elisa con voz ronca, sosteniendole la mirada.

Harrison quedo inmovil, la boca descolgada, como en mitad de una palabra. Entonces anadio, casi con

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