le estallaba y los pulmones se le anegaban de sangre, hasta saber que ya estaba loca, o muerta, o al menos anestesiada.
De pronto algo avanzo desde el fondo de la sala. Era una sombra, y al moverse parecio arrastrar consigo parte de la oscuridad. Jacqueline giro la cabeza y la contemplo.
Al ver sus ojos dejo de gritar.
En ese mismo instante logro dar una unica y definitiva orden a su cuerpo. Se levanto y corrio hacia la puerta como si lo hiciera por un trampolin desde la cubierta de un barco que se hundia.
No lo lograria, se dijo. No conseguiria escapar. El la atraparia antes (se movia muy rapido, demasiado rapido). Pero con el ultimo jiron de su cordura comprendio que estaba haciendo lo correcto.
Lo que cualquier ser vivo hubiese hecho en su lugar despues de haber visto aquellos ojos.
La imagen habia sido procesada. El ordenador le preguntaba si queria cargarla. Conteniendo la ansiedad, Elisa presiono la tecla ENTER.
Tras un instante de indecision, la pantalla parpadeo en rosa palido mostrando lo que parecia una foto borrosa de la sala de control: distinguio perfectamente el brillo del acelerador al fondo y los dos ordenadores en primer plano. Pero algo habia cambiado, aunque la falta de nitidez provoco que demorara en darse cuenta: existia otra fuente de luz, una linterna encendida junto al ordenador de la derecha. Bajo su resplandor pudo ver el borron situado en el mismo lugar que ella.
Sintio que le faltaba el aire. Algo en su memoria se resquebrajo y dejo escapar un torrente de recuerdos. Diez anos despues lo veia de nuevo. El mal estado de la imagen dejaba mucho margen para que ella lo reconstruyera: la espalda huesuda, la cabeza grande y angulosa… Todo cuarteado por el Tiempo de Planck, pero no necesitaba mas nitidez para saber quien era.
Ric Valente estaba contemplando la pantalla del ordenador, ajeno al hecho de que diez anos despues ella lo contemplaria a el desde la misma pantalla. Se encontraba a solas y asi creia que seguiria por los siglos de los siglos, pero la teoria de Blanes lo habia arrancado de la piedra del tiempo como una veta extraida por mineros expertos.
Pasada la primera impresion, Elisa se encorvo casi en una postura similar a la de Valente: ambos escudrinando lo que sucedia o habia sucedido, asomados a la cerradura del pasado, espiando como mayordomos indiscretos.
El brillo de los controles encendidos frente a Ric le hizo saber que el tambien acababa de abrir varias cuerdas temporales y observaba los resultados. La posicion de la camara con la que habia grabado la muestra de luz le permitia ver la misma pantalla que veia Ric, pero la silueta de este se interponia entre ella y lo que el contemplaba.
Algo la intrigaba en aquella imagen. ?Que era? ?Por que se sentia de repente tan inquieta?
Cuanto mas la miraba, mas segura estaba de que habia un detalle que no encajaba. Algo oculto, o quiza demasiado a la vista, como en esos juegos en los que solo el ojo atento puede distinguir las sutiles diferencias entre dibujos muy similares. Intento concentrarse…
El brusco salto a otra cuerda temporal casi la asusto. Ahora Ric se habia desplazado a la izquierda, pero los contornos seguian siendo muy borrosos y, tal como habia sospechado, no conseguia siquiera imaginar cual podia ser la escena que el habia estado vislumbrando y que ahora aparecia frente a ella, sin obstaculos, en la pantalla de Ric, como un manchurron sepia
Y seguia existiendo ese
Ya no habia abierto mas cuerdas. Antes de que se le olvidara, tecleo una orden e inicio el proceso de perfiladura, programandolo para continuar con el ordenador apagado.
Entonces se dio cuenta de otra cosa: ni la silueta de Ric ni la de Rosalyn tenian sombras a su alrededor. Sabia que Rosalyn estaba muerta y no podia originar ningun desdoblamiento, pero ?y Ric? ?Significaria eso que tambien
Mientras reflexionaba, experimento otra clase de inquietud, mas intensa.
Giro la cabeza y contemplo la vasta camara.
La sala de control se hallaba a oscuras. La fosforescencia rosacea de la pantalla era la unica luz, y se detenia a solo dos metros a su alrededor. Siguiendo las instrucciones de Blanes, habia desconectado el acelerador una hora antes y desenchufado los cables del resto de los ordenadores y aparatos. La pila de su reloj se hallaba sobre la mesa (aunque sabia la hora por el reloj de la pantalla: casi las doce). Afuera continuaba el caos. La furia del temporal se percibia incluso a traves de las paredes. En las ventanas se estrellaba una ola inacabable.
No vio nada raro, solo sombras. Pero su inquietud se incremento.
Llevaba diez anos acostumbrada a esa sensacion, marcada por ella, como si cada noche hubiese sido un pequeno hierro al rojo rubricando su piel.
Estaba segura.
Lo sentia tan cerca, tan proximo a su cuerpo, que por un instante se reprocho algo absurdo: no estar preparada para recibirle… El miedo se le convirtio en una piedra dentro del pecho. Se levanto, tambaleandose, sintiendo que el cabello se le erizaba:
De subito todo paso. Oia algo asi como gritos -la voz de Carter- y pasos apresurados en los barracones, pero no habia nadie en la sala de control.
Al volver la cabeza hacia delante la vio.
Estaba de pie frente a ella, tras el ordenador, iluminada por la pantalla. Su desnudez parecia gomosa, como una figura sin acabar, una arcilla ciega y anonima. El unico rasgo en sus facciones era la boca, que se hallaba como descoyuntada y era negra e inmensa: su mano abierta hubiese cabido entera por aquellas fauces. Ni siquiera comprendio como pudo reconocerla.
Entonces Jacqueline Clissot empezo a desmoronarse ante sus ojos.
32
Al despertar gimio de dolor: habia estado tumbada boca abajo sobre una especie de manta polvorienta en un somier sin colchon, y la dureza de los alambres le habia marcado la mejilla. No recordaba donde se encontraba ni que hacia alli, y no le sirvio de mucho ver aquellas caras sin facciones de ojos brillantes. Las manos la hicieron levantarse sin miramientos. Pidio ir al bano, pero solo cuando hablo en ingles los tirones se interrumpieron para reanudarse en direccion opuesta. Tras una breve e ingrata visita al retrete (no habia agua ni toallas), se sintio al menos capaz de caminar sola. Pero las manos (eran soldados con mascarillas, ahora los veia) volvieron a cenir sus brazos.
A Harrison no le gustaban las islas.
En aquellos trozos de tierra, aquellas excepciones de la geologia en el mar para beneficio de los hominidos, se habian cometido muchas faltas. Sus solitarios vergeles, ocultos a los ojos de los dioses, eran propicios para transgredir normas y ofender a la creacion.
