Dejo abierto el canal de radio. Las voces cosquilleaban su oido como las alucinaciones de un loco.
Se habian quedado dormidos, o eso creia.
No se atrevia a apuntarles con la linterna por temor a que despertaran, aunque tal eventualidad le parecia remota: era obvio que se encontraban exhaustos por la falta de descanso. Pero al mirarlos uno a uno no le cupo ninguna duda de que dormian. El sueno de Jacqueline era agitado y sonoro: emitia como una especie de lamento gutural mientras sus pechos ondulaban bajo la camiseta. Carter parecia estar despierto, pero sus labios formaban un pequeno punto negro en una comisura, como el canon de su pistola. Blanes roncaba.
Faltaban diez minutos para la medianoche y Elisa aun no habia aparecido.
Llegaba el momento.
El corazon se le desbocaba. Penso, incluso, que los demas lo oirian latir y se despertarian, pero no habia manera de enmudecer su corazon.
Actuando a camara lenta, dejo la linterna grande en el suelo, saco la pequena y la encendio. Ahora venia la prueba de fuego, nunca mejor dicho.
Apago la grande. Aguardo. No sucedio nada. Seguian dormidos.
La luz de la linterna pequena era minima, como la que podrian producir los rescoldos de una hoguera, pero resultaba mas que suficiente para que no se asustaran si despertaban de improviso.
Dejo la linterna encendida en el suelo, junto a la otra, y se quito los zapatos. Sobre todo, no perdia de vista a Carter. Aquel hombre le resultaba terrorifico. Era uno de esos seres violentos que habian vivido en un mundo paralelo al suyo, tan alejado de plantas hidroponicas, matematicas y teologia como un buey podria estarlo de asistir a clase en Princeton. Sabia que, si necesitaba hacerle dano para protegerse, el ex militar no iba a pensarselo dos veces.
Aun asi, ni Carter ni el diablo iban a impedirle hacer lo que deseaba.
Se levanto y camino de puntillas hacia la puerta. Habia tomado la precaucion de dejarla abierta. Salio al tenebroso corredor y saco las cerillas del pantalon. Horas antes, cuando Carter las habia estado buscando para encender el cigarrillo, temio que descubriera quien se las habia hurtado. Por fortuna, no habia sido asi.
Iluminandose con la tremula llama giro hacia la derecha y llego al pasillo del primer barracon. Alli se escuchaba el golpeteo de la lluvia con mas intensidad, incluso penetraba el viento.
Victor protegio la cerilla con la mano pensando que podia apagarse.
La oscuridad le agobiaba. Se sentia aterrorizado. En principio, Zigzag (si es que tal monstruo existia, lo cual aun dudaba) no representaba para el una amenaza directa, pero los demas le habian inoculado el horror en la sangre. Y la algarabia de la tormenta, la ausencia de luces y aquellas paredes de gelido metal no contribuian precisamente a tranquilizarlo.
La cerilla quemaba sus dedos. Soplo y la arrojo al suelo. Durante un instante permanecio ciego mientras cogia otra. El miedo es, en gran parte, imaginacion: Victor lo habia leido infinidad de veces. Si no dejabas suelta tu fantasia, la oscuridad y los ruidos no tenian ningun poder sobre ti.
La cerilla se le resbalo de los dedos. Ni pensar en agacharse y buscarla. Cogio otra.
De cualquier forma, se hallaba cerca de su meta. Cuando la llama volvio a surgir, distinguio la puerta a un par de metros a su derecha.
– ?Donde se ha ido Victor?
– No lo se -repuso Jacqueline-. Y no me importa. -Se dio la vuelta para seguir durmiendo: la inconsciencia era la unica manera que tenia de atenuar el miedo.
– No podemos sobrellevar todo el peso nosotros, Jacqueline -comento Blanes-. Victor es una gran ayuda. Si se marcha, sera como si se fueran el viento y el mar y solo quedara el viejo barco.
Jacqueline, que habia cerrado los ojos, se incorporo y miro a Blanes. Este seguia sentado en la silla con la cabeza apoyada en la pantalla, la camiseta verde manchada de sudor y las piernas enfundadas en los holgados vaqueros estiradas y cruzadas. Su rostro amable y bonachon, de crecida barba gris, mejillas desportilladas por un viejo acne y nariz grande, estaba vuelto hacia ella con expresion afectuosa.
– ?Que has dicho?
– Que no debemos permitir que Victor se vaya. Es la unica ayuda que tenemos.
– No, no… Me refiero… Dijiste algo sobre el viento y el mar… y un viejo barco.
Blanes fruncio el ceno con curiosidad.
– Una frase hecha. ?Por que lo dices?
– Me ha recordado un poema que escribio Michel cuando tenia doce anos. Me lo leyo por telefono y me encanto. Le anime a que siguiera escribiendo. Lo echo tanto de menos… Jacqueline reprimio un subito deseo de llorar-.
– No -susurro Blanes.
La oscuridad de la sala era enorme. A Jacqueline le dio la impresion de que era mas grande que la propia habitacion.
– Soy la siguiente. -Hablaba entre gemidos y mohines, como una nina castigada-. Se todo lo que va a hacerme… Me lo dice cada noche… Muchas veces he pensado en matarme, y lo haria, si
Blanes asintio con un cabeceo.
– Abandone a mi marido y a mi hijo… Abandone a Michel… Tenia que hacerlo,
– Comprendo -replico Blanes-. Pero, en parte, esta situacion te gusta, Jacqueline… -Alzo la mano deteniendo su replica-. Solo en parte, quiero decir. Es algo inconsciente. El contamina tu inconsciente. Es como un pozo: echas el cubo y al sacarlo obtienes muchas cosas. Agua, pero tambien bichos muertos. Todo lo que hay dentro de ti, que siempre hubo, y que
Ella se dio cuenta de que el rostro de Blanes estaba cambiando mientras hablaba. Sus ojos carecian de pupilas: semejaban abscesos purulentos bajo las cejas.
Desperto en ese instante.
Tenia que haberse quedado dormida, o quiza habia sufrido una «desconexion». La recordaba perfectamente, habia sido horrenda: ver el rostro de Blanes cambiando como… Por fortuna, se habia tratado solo de un sueno.
Entonces miro a su alrededor y supo que algo marchaba mal.
La imagen finalizo. Victor la cerro y cargo otra.
No sabia si deseaba verlo. De repente pensaba que no queria, fuese o no
Aquel lapso tan diminuto en que la Rosa era solo el tallo pertenecia al Diablo, sin duda. Un relampago, la
