—No esta —contesto el fiel sirviente—. Su viaje ha hecho que le entren ganas de moverse: se ha ido a pasar unos dias a casa de dona Adriana.

—?Se ha llevado equipaje?

—Desde luego. Lo necesario para una breve estancia. ?Algo va mal?

—No, no te preocupes. Solo queria decirle una cosa. Oye, ?y Wanda se ha ido con ella?

—Por supuesto.

—Perfecto. Telefoneare a casa de mi prima.

Alli no tuvo mas exito. Una voz masculina y arrogante le informo de que ni la condesa Orseolo ni la princesa Morosini estaban en casa; las dos damas se habian marchado de Venecia el dia anterior por la manana en direccion a los grandes lagos. No habian dejado ninguna direccion, pues no sabian aun donde se instalarian.

—?Y usted quien es? —pregunto Aldo, al que no le gustaban ni el tono ni la voz del personaje.

—Soy Cario, el nuevo sirviente de la senora condesa. ?Desea su excelencia saber algo mas?

—Nada mas, gracias.

Aldo colgo. Bastante perplejo. Lo que sucedia en Venecia era todavia mas extrano de lo que habia creido. ?Donde estaba Anielka? ?Era prisionera de Ulrich o una apacible turista en el lago Mayor? A no ser que las dos mujeres, mas Wanda, hubieran sido secuestradas a la vez, o que Adriana, no contenta con mantener relaciones con el circo Solmanski, hubiera trabado otras con los gansteres yanquis. Y luego estaba ese nuevo criado tan singular: su nombre era italiano, pero, a juzgar por su acento, Morosini se inclinaba a pensar que Karl o Charlie serian mas apropiados para el. ?Que significaba exactamente todo eso?

Una larga sucesion de interrogantes lo mantuvo ocupado hasta la escandalosa llegada de Adalbert y de su Amilcar descapotable rojo vivo, forrado de piel negra, que valio a su propietario la mirada admirativa del aparcacoches, convencido de que se trataba de un escapado de la Targa Florio o de la nueva carrera de las Veinticuatro Horas de Le Mans. A Morosini no le hizo gracia.

—?No podias venir en tren como todo el mundo? —refunfuno.

—Si querias permanecer en la clandestinidad, tenias que haberlo dicho… y haberte alojado en un albergue rural. Pero ?de verdad debemos pasar inadvertidos? En cuanto a mi «carro», como dicen los canadienses, ahora esta repleto de carburadores, compresores y no se que mas, que lo convierten en una autentica bomba. En caso de necesidad, eso siempre puede venirnos bien. Y tu estas de malas pulgas, ?eh? ?Problemas?

—Si en una sola noche, la ultima, te hubieran golpeado y dejado sin sentido dos veces, no verias la vida tan de color rosa. En cuanto a los problemas, llueven por todas partes.

—Vamos a tomar una copa al bar y me lo cuentas todo.

En el bar no habia casi nadie y los dos hombres, sentados a una mesa apartada bajo una palmera plantada en una maceta, pudieron hablar tranquilamente. O mas bien Aldo pudo hablar mientras Adalbert degustaba un coctel y de vez en cuando sorbia por la nariz. Hasta el punto de que Morosini, un poco molesto, acabo por preguntarle si estaba resfriado.

—No, pero he descubierto que sorber es un medio que permite expresar todo tipo de matices: la tristeza, el desden, la colera… Asi que estoy practicando. Lo que no impide que nos encontremos, sobre todo tu, en una situacion dificil. Es una historia realmente demencial, pero te aplaudo con las dos manos por tu actitud frente al ganster. Has hecho bien entrando en su juego, e incluso me pregunto si eso no nos permitira conseguir que metan en chirona a toda la banda.

—?Tu crees?

—Pues claro. El hecho de que Ulrich actue por su cuenta es muy bueno. ?Podemos sonar con algo mejor que con un enfrentamiento entre ellos?

—De acuerdo, pero ?que pasa con Anielka?

—Me apostaria el cuello a que no la ha secuestrado nadie y a que ese tipo se ha tirado un farol. Simplemente ha aprovechado unas circunstancias favorables, y si yo fuera tu no me preocuparia mas de la cuenta.

—?Pero si no me preocupo «mas de la cuenta»! Lo que ocurre es que no quisiera dar un paso en falso del que ella fuera victima. Aparte de eso, ?tu que crees que debemos hacer?

—Para empezar, te propongo que nos repartamos el trabajo: tu podrias tener una conversacion con la bella Dianora para intentar hacerla entrar en razon. Mientras tanto, yo ire a ver si Wong sigue en Zurich y si sabe donde se encuentra Simon en estos momentos.

—?Que quieres de el?

—Saber si tiene una copia del rubi tan fiel como las del zafiro y el diamante. Seria el momento idoneo para mandarnoslo.

—Desde luego, pero olvidas que el rubi debe de haber sido llevado ya a un joyero para que le ponga la suntuosa montura digna de su nueva propietaria.

—Antes de que proceda a engastarlo, pasaran unos dias, ?no? Habria que hacer el cambio en el establecimiento del artista. Si consiguieramos la copia, creo que no tendriamos muchas dificultades en conseguir que Kledermann o su mujer nos llevase a admirar la maravilla. Yo acabo de llegar y estoy deseoso de contemplarla.

—?Y te sientes capaz de hacer el cambio delante de tres o cuatro personas?

—?Valgame Dios! Desde luego que si. Algo me dice que en ese momento me sentiria inspirado —dijo Adalbert alzando hacia el techo una mirada angelical—. Aunque, por descontado, preferiria que la senora Kledermann se mostrara razonable y aceptara tu collar.

—Lo intentare, pero dudo mucho de que lo consiga. Si la hubieras visto delante del rubi…

—Trata al menos de averiguar quien es su joyero. Iremos a dar una vuelta por su establecimiento. En buena logica, deberia ser Beyer, pero aqui hay unos cuantos.

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