considerable de extranjeros. Alemanes, ingleses, americanos, italianos, japoneses; todo un popurri de paises en guerra inmersos entre una marana de respetables y adinerados ciudadanos patrios, ajenos todos por unas horas al salvaje despedazamiento de Europa y a la sordidez de un pueblo devastado que estaba a punto de decir hasta nunca a uno de los anos mas tremebundos de su historia. Las carcajadas sonaban por todas partes y las parejas seguian deslizandose al compas contagioso de las congas y las guarachas que la orquesta de musicos negros interpretaba sin decaer. Los lacayos con librea que nos habian recibido flanqueando la escalera comenzaron a repartir pequenas cestas con uvas e instaron a los invitados a dirigirse a la terraza para tomarlas a la par de las campanadas del vecino reloj de la Puerta del Sol. Mi padre me ofrecio su brazo y yo lo acepte: aunque cada uno hubiera llegado por su cuenta, de alguna manera silenciosa habiamos convenido recibir el ano juntos. En la terraza nos reunimos con algunos amigos, su hijo y mis maquinadoras clientas. Me presento a Carlos, mi medio hermano, parecido a el y en absoluto a mi. Como podria haber intuido el que tenia delante a la modistilla advenediza de su propia sangre a la que su hermano denuncio por haberles birlado a ambos un buen pellizco de su herencia.

A nadie parecia importar el intenso frio de la terraza: el numero de invitados se habia multiplicado y los camareros no daban abasto circulando entre ellos mientras vaciaban botellas de champan envueltas en grandes servilletas blancas. Las conversaciones animadas, las risas y el tintineo de las copas parecian sostenerse en el aire a punto de rozar el cielo de invierno oscuro como el carbon. Desde la calle entretanto, como un rugido bronco, ascendia el sonido de las voces de aquella masa apelotonada de infortunados; esos a los que su negra suerte habia destinado a mantenerse al ras de los adoquines y a compartir un litro de vino barato o una botella de cazalla rasposa como el asperon.

Empezaron a oirse las campanadas, primero los cuartos, despues las definitivas. Comence a tomar las uvas concentrada: dong, una, dong, dos, dong, tres, dong, cuatro. A la quinta note que Gonzalo habia pasado su brazo sobre mis hombros y me atraia hacia si; a la sexta los ojos se me llenaron de lagrimas. La septima, la octava y la novena las trague a ciegas, haciendo esfuerzos por contener el llanto. A la decima lo logre, con la undecima me recompuse y al sonar la ultima me gire y abrace a mi padre por segunda vez en mi vida.

46

A mediados de enero me reuni con el para explicarle los pormenores del robo de su herencia. Supuse que creyo la historia; si no lo hizo, lo disimulo bien. Almorzamos en Lhardy y me propuso que nos siguieramos viendo. Me negue sin tener una razon fundamentada para ello; tal vez pensara que era demasiado tarde para intentar recuperar todo lo que nunca vivimos juntos. El continuo insistiendo, no parecia dispuesto a aceptar mi rechazo con facilidad. Y lo logro en parte: el muro de mi resistencia fue poco a poco cediendo. Volvimos a comer juntos alguna otra vez, fuimos al teatro y a un concierto en el Real, incluso una manana de domingo paseamos por el Retiro como treinta anos antes el hiciera con mi madre. Le sobraba tiempo, ya no trabajaba; al terminar la guerra pudo recuperar su fundicion, pero decidio no reabrirla. Despues vendio los terrenos que ocupaba y se dedico a vivir de las rentas que con ellos obtuvo. ?Por que no quiso seguir, por que no reimpulso su negocio tras la contienda? Por puro desencanto, creo. Nunca me conto en detalle sus vicisitudes durante aquellos anos, pero los comentarios insertados en las distintas conversaciones que en ese tiempo mantuvimos me permitieron reconstruir mas o menos su doloroso periplo. No parecia, sin embargo, un hombre resentido: era demasiado racional como para permitir que sus visceras agarraran el mando de su vida. A pesar de pertenecer a la clase de los vencedores, era tambien tremendamente critico con el nuevo regimen. Y era ironico y un gran conversador, y entre ambos establecimos una relacion especial con la que no nos planteamos compensar su ausencia a lo largo de todos los anos de mi ninez y juventud, sino empezar de cero una amistad entre adultos. En su circulo se murmuro acerca de nosotros, se especulo sobre la naturaleza del nexo que nos unia, y a sus oidos llegaron mil extravagantes suposiciones que compartio conmigo divertido y a nadie se preocupo de clarificar.

Los encuentros con mi padre me abrieron los ojos a una cara de la realidad desconocida. Gracias a el supe que, a pesar de que los periodicos nunca lo contaran, el pais vivia una crisis de gobierno permanente, donde los rumores de destituciones y dimisiones, los relevos ministeriales, las rivalidades y las conspiraciones se multiplicaban como los panes y los peces. La caida de Beigbeder a los catorce meses de jurar su cargo en Burgos habia sido sin duda la mas estrepitosa, pero en ningun caso la unica.

Mientras Espana emprendia lentamente su reconstruccion, las distintas familias que habian contribuido a ganar la guerra, lejos de convivir en armonia, se tiraban los trastos a la cabeza como en un sainete. El ejercito enfrentado a la Falange, la Falange a matar con los monarquicos, los monarquicos endemoniados porque Franco no se comprometia con la restauracion; este en El Pardo, apartado e indefinido, firmando sentencias con pulso firme y sin decantarse a favor de nadie; Serrano Suner por encima de todos, todos a su vez contra Serrano; unos intrigando a favor del Eje, otros en pro de los Aliados, cada cual apostando a ciegas sin saber aun cual seria el bando que acabaria a la larga, como habia dicho Candelaria, metiendo las cabras en el corral.

Los alemanes y los britanicos mantenian en este tiempo su constante tira y afloja tanto en el mapa del mundo como en las calles de la capital de Espana. Por desgracia para la causa en la que la suerte me habia colocado, los germanos parecian tener un aparato de propaganda mucho mas potente y efectivo. Tal como me adelanto Hillgarth en Tanger, la ardua labor de estos se gestionaba desde la misma embajada, con medios economicos mas que generosos y un equipo formidable capitaneado por el famoso Lazar, quien contaba ademas con la complacencia del regimen. Yo sabia de primera mano que la actividad social de este era imparable: las menciones en mi taller a sus cenas y fiestas eran constantes entre las alemanas y algunas espanolas, y por los salones de su residencia desfilaba cada noche alguno de mis modelos.

Con frecuencia creciente aparecian tambien en la prensa campanas destinadas a vender el prestigio aleman. Utilizaban para ello anuncios vistosos y efectivos que con el mismo entusiasmo publicitaban motores de gasolina que colorante para tenir la ropa. La propaganda era constante y entremezclaba ideas y productos, persuadiendo de que la ideologia germana era capaz de conseguir adelantos inalcanzables para el resto de los paises del mundo. El velo aparentemente tecnico de los anuncios no ocultaba el mensaje: Alemania estaba preparada para dominar el planeta y asi deseaban hacerlo saber a los buenos amigos que en Espana tenia. Y para que no quedara duda de ello, solian incluir entre sus estrategias dibujos con gran impacto visual, grandes letras, y unos pintorescos mapas de Europa en los que Alemania y la peninsula Iberica se conectaban con flechas bien marcadas mientras que a Gran Bretana, en cambio, parecia habersela tragado el centro de la tierra.

En las farmacias, los cafes y las barberias se repartian gratuitamente revistas satiricas y cuadernillos de crucigramas regalados por los alemanes; los chistes y las historietas aparecian entremezclados con resenas sobre victoriosas operaciones militares y la solucion correcta de todos los entretenimientos y jeroglificos siempre era de tipo politico a favor de la causa nazi. Otro tanto ocurria con folletos informativos destinados a profesionales, las historias de aventuras para jovenes y ninos, y hasta las hojas parroquiales de cientos de iglesias. Se decia tambien que las calles estaban llenas de confidentes espanoles captados por los alemanes para realizar labores de difusion de propaganda directa en las paradas de los tranvias y las colas de las tiendas y los cines. Las consignas eran unas veces moderadamente creibles y muchas otras, del todo disparatadas. Por aqui y por alla corrian bulos siempre desfavorables hacia los britanicos y sus apoyos. Que estaban robando el aceite de oliva a los espanoles y llevandolo en coches diplomaticos hasta Gibraltar. Que la harina donada por la Cruz Roja americana era tan mala que estaba haciendo enfermar al pueblo espanol. Que en los mercados no habia pescado porque nuestros pesqueros eran retenidos por buques de la marina britanica. Que la calidad del pan era pesima porque los subditos de su majestad se dedicaban a hundir los barcos argentinos cargados de trigo. Que los americanos en colaboracion con los rusos estaban ultimando la inminente invasion de la Peninsula.

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