cumplido funcionario de la Nueva Espana optara por trasladar a sus superiores las sospechas sobre mi falsa identidad; quiza -como el mismo amenazo- acabara detenida. O deportada. O desaparecida.

Sobre la mesa quedo una caja de bombones mucho menos inocente de lo que su apariencia insinuaba. La abri con una mano, mientras con la otra me secaba las ultimas lagrimas. Dos docenas de bocados de chocolate con leche fue todo lo que encontre dentro. Repase entonces el envoltorio hasta que, en la cinta rosacea que anudaba el paquete, encontre un leve punteo casi imperceptible. Lo descifre en apenas tres minutos. «Reunion urgente. Consulta medica doctor Rico. Caracas, 29. Once de la manana. Extreme precauciones.»

Junto a los bombones quedo la copa que unas horas antes le habia servido. Intacta. Como el mismo Ignacio habia dicho, ninguno de nosotros era ya quien un dia fue. Pero, aunque la vida se nos hubiese dado la vuelta a todos, el seguia sin beber.

CUARTA PARTE

44

Varios centenares de seres bien comidos y mejor vestidos recibieron el ano 1941 en el salon real del Casino de Madrid al son de una orquesta cubana. Entre ellos, como una mas, estuve yo.

Mi intencion inicial fue pasar aquella noche sola, tal vez haber invitado a dona Manuela y las chicas a compartir conmigo un capon y una botella de sidra, pero la tenaz insistencia de dos clientas, las hermanas Alvarez-Vicuna, me obligo a cambiar de planes. Aun sin demasiado entusiasmo, puse todo mi esmero en arreglarme para la noche: me peinaron con un mono bajo y me maquille resaltando los ojos con khol marroqui para dar a la mirada ese fingido aspecto de rara pieza trasterrada que se suponia que era. Disene una especie de tunica color plata con mangas amplias y un ancho cinturon fajando la silueta; un atuendo a medio camino entre un exotico caftan moruno y la elegancia de un traje de noche europeo. El hermano soltero de ambas me recogio en casa: un tal Ernesto del que nunca llegue a conocer nada mas alla de su cara de pajaro y la untuosa deferencia que desplego para agasajarme. Al llegar, ascendi resuelta por la gran escalera de marmol y, una vez en el salon, fingi no percibir ni la magnificencia de la estancia ni los varios pares de ojos que me taladraron sin disimulo. Ni siquiera preste atencion a las gigantescas lamparas de cristal de La Granja que colgaban de los techos ni a los zocalos de estuco que llenaban las paredes enmarcando grandiosas pinturas. Seguridad, dominio de mi misma: eso es lo que mi imagen desprendia. Como si la suntuosidad de ese ambiente fuera mi medio natural. Como si yo fuera un pez y aquella opulencia, el agua.

Pero no lo era. A pesar de vivir rodeada de tejidos tan deslumbrantes como los que aquella noche lucian las senoras a mi alrededor, el ritmo de los meses anteriores no habia sido precisamente un cadencioso dejarse llevar, sino una sucesion de dias y noches en los que mis dos ocupaciones chuparon como alimanas la integridad de un tiempo cada vez mas enrarecido.

La reunion mantenida con Hillgarth dos meses atras, inmediatamente despues de los encuentros con Beigbeder e Ignacio, habia marcado un antes y un despues en mi forma de actuar. Sobre el primero de ellos le proporcione informacion detallada; al segundo, en cambio, no lo nombre. Tal vez debi hacerlo, pero algo me lo impidio: pudor, inseguridad, temor quiza. Era consciente de que la presencia de Ignacio habia sido fruto de mi imprudencia: deberia haber puesto al agregado naval al tanto de aquel seguimiento a la primera sospecha, tal vez con ello habria evitado que un representante del Ministerio de Gobernacion accediera a mi casa con toda facilidad y me esperara sentado en el salon. Pero aquel reencuentro habia sido demasiado personal, demasiado emotivo y doloroso como para encontrarle encaje en los frios moldes del Servicio Secreto. Silenciandolo incumplia el protocolo de actuacion que me habian asignado y me saltaba a la torera las normas mas elementales de mi cometido, cierto. Con todo y con eso, me arriesgue. Ademas, no era la primera vez que ocultaba algo a Hillgarth: tampoco le habia dicho que dona Manuela formaba parte del pasado al que el mismo me prohibio retornar. Afortunadamente, ni la contratacion de mi antigua maestra ni la visita de Ignacio habian tenido consecuencias inmediatas: a la puerta del taller no habia llegado ninguna orden de deportacion, nadie me habia convocado a interrogatorio alguno en ninguna siniestra oficina, y los fantasmas con gabardina cesaron por fin su acoso. Que aquello fuera algo definitivo o tan solo un alivio transitorio, aun estaba por ver.

En el encuentro urgente al que Hillgarth me convoco tras el cese de Beigbeder, se mostro tan aparentemente neutro como el dia en que le conoci, pero su interes por absorber hasta el ultimo detalle de la visita del coronel me hizo sospechar que su embajada andaba agitada y confusa con la noticia de la destitucion.

Localice sin problemas la direccion en la que me cito, una primera planta en una finca con solera: nada sospechoso en apariencia. Apenas tuve que esperar unos segundos para que la puerta se abriera al reclamo del timbre y una madura enfermera me invitara a entrar.

–Me espera el doctor Rico -anuncie siguiendo las instrucciones contenidas en la cinta de la caja de bombones.

–Acompaneme, por favor.

Tal como esperaba, cuando accedi a la amplia estancia a la que me condujo no encontre a ningun medico, sino a un ingles de cejas frondosas dedicado a una labor bien distinta. Aunque en varias ocasiones anteriores le habia visto en Embassy con su uniforme azul de la armada, aquel dia vestia de paisano: camisa clara, corbata moteada y un elegante traje de franela gris. Independientemente de la indumentaria, su presencia era del todo incongruente en aquella consulta equipada con la parafernalia propia de una profesion que no era la suya: un biombo metalico con cortinillas de algodon, armarios acristalados llenos de botes y aparatos, una camilla contra el lateral, titulos y diplomas cubriendo las paredes. Me estrecho la mano energico y no perdimos mas tiempo en saludos innecesarios o formalidades.

Tan pronto como nos acomodamos, comence a hablar. Rememore segundo a segundo la noche de Beigbeder, esforzandome por no olvidar ningun detalle. Desgrane todo lo que de su boca oi, describi su estado minuciosamente, conteste a decenas de preguntas y le entregue intactas las cartas de Rosalinda. Mi exposicion se extendio durante mas de una hora, a lo largo de la cual el me escucho sentado inmovil con el gesto contraido mientras, pitillo a pitillo, consumia metodico un cargamento entero de Craven A.

–Aun desconocemos el alcance que este cambio ministerial tendra para nosotros, pero la situacion dista mucho de ser optimista -aclaro por fin apagando el ultimo cigarrillo-. Acabamos de informar a Londres y de momento no tenemos respuesta, todos estamos entretanto expectantes. Le ruego por eso que sea extremadamente cauta y no cometa ningun error. Recibir a Beigbeder en su casa fue una autentica temeridad; entiendo que usted no pudo negarle la entrada e hizo bien en sosegarle y evitar que su estado degenerara en un desenlace aun mas problematico, pero el riesgo que corrio fue altisimo. A partir de ahora, por favor, maximice su prudencia y, en lo sucesivo, intente no verse implicada en situaciones similares. Y tenga cuidado con las presencias sospechosas a su alrededor, especialmente en las cercanias de su domicilio: no descarte la posibilidad de que la tengan vigilada.

–No lo hare, descuide. – Intui que tal vez sospechara algo de Ignacio y el seguimiento al que me tuvo sometida, preferi no preguntar.

–Todo va a enturbiarse aun mas, eso es lo unico que de momento sabemos -anadio mientras me tendia de nuevo la mano, esta vez como despedida-. Una vez que se han librado del ministro incomodo,

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