Rei sin ganas. Me levante, me acerque a su espalda.

–No tienes ni idea, Ignacio. Trabajaras a las ordenes de quienquiera que trabajes en el Ministerio de Gobernacion y te habran encargado meter el miedo en el cuerpo a todos los extranjeros que pasen por Madrid, pero no tienes la menor idea de quien es el coronel Beigbeder y por que se ha comportado de la forma en que lo ha hecho.

–Se lo que tengo que saber.

–?Que?

–Que es un conspirador desleal a su patria. Y un incompetente como ministro. Eso es lo que de el dice todo el mundo, empezando por la prensa.

–Como si alguien pudiera fiarse de esta prensa… -apunte ironica.

–Y ?de quien hay que fiarse si no? ?De tus nuevos amigos extranjeros?

–Tal vez. Saben muchas mas cosas que vosotros.

Se giro y dio unos pasos decididos hasta quedar apenas a un palmo de distancia de mi cara.

–?Que cosas saben? – pregunto con voz ronca.

Entendi que no me convenia decir nada, le deje proseguir.

–?Saben acaso que puedo hacer que te deporten esta misma madrugada? ?Saben que puedo hacer que te detengan, que conviertan tu exotico pasaporte marroqui en papel mojado y te saquen del pais con los ojos vendados sin que nadie se entere? Tu amigo Beigbeder ya esta fuera del gobierno, te has quedado sin padrino.

Estaba tan cerca de mi que podia ver con toda nitidez hasta donde le habia crecido la barba despues del afeitado de esa misma manana. Podia percibir como su nuez subia y bajaba al hablar, apreciar cada milimetro del movimiento de aquellos labios que tantas otras veces me besaron y ahora hilaban amenazas con crudeza.

Conteste jugandomelo todo a una carta. Una carta tan falsa como yo misma.

–Beigbeder ya no esta, pero aun me quedan otros recursos que tu ni te imaginas. Las clientas para las que coso tienen maridos y amantes con poder, soy buena amiga de muchos de ellos. Pueden darme asilo diplomatico en mas de media docena de embajadas en cuanto lo pida, empezando por la de Alemania, desde la cual, por cierto, tienen bien agarrado por los cojones a tu propio ministro. Puedo salvar el pellejo con una simple llamada telefonica. Quien tal vez no logre hacerlo si te sigues metiendo donde no te llaman a lo mejor eres tu.

Nunca habia mentido a nadie con tanta insolencia; probablemente fuera la propia inmensidad del embuste lo que me aporto el tono arrogante con el que hable. No supe si el me creyo. Tal vez si: la historia era tan inverosimil como mi propia trayectoria vital, pero alli estaba yo, su antigua novia convertida en subdita marroqui, como muestra evidente de que lo mas inverosimil puede en cualquier momento trastocarse en pura realidad.

–Eso habria que verlo -escupio entre dientes.

Se separo de mi y se volvio a sentar.

–No me gusta la persona en la que te has convertido, Ignacio -susurre a su espalda.

Rio con una carcajada amarga.

–?Y quien eres tu para juzgarme a mi? ?Te crees acaso superior porque pasaras la guerra en Africa y hayas regresado ahora con aires de gran senora? ?Piensas que eres mejor persona que yo por acoger en tu casa a ministros descarriados y dejarte adular con bombones mientras los demas tenemos racionado hasta el pan negro y las lentejas?

–Te juzgo porque me importas y deseo lo mejor para ti -apunte. Casi no me salio la voz.

Respondio con una nueva carcajada. Mas amarga todavia que la anterior. Mas sincera tambien.

–A ti no te importa nadie nada mas que tu, Sira. Yo, mi, me, conmigo. Yo he trabajado, yo he sufrido, yo ya he pagado mi culpa: yo, yo, yo, yo. Nadie mas te interesa, nadie. ?Acaso te has molestado en saber que fue de tu gente tras la guerra? ?Se te ha ocurrido alguna vez volver a tu barrio embutida en uno de tus trajes elegantes para preguntar por todos ellos, para averiguar si alguien necesita que se le eche una mano? ?Sabes que fue de tus vecinos y de tus amigas a lo largo de todos estos anos?

Sus preguntas resonaron como un mazazo en la conciencia, como un punado de sal lanzado a traicion contra los ojos abiertos. No tenia respuestas: nada sabia porque habia elegido no saberlo. Respete las ordenes, habia sido disciplinada. Me dijeron que no me saliera de un cierto circuito y no lo hice. Me esforce por no ver el otro Madrid, el real, el autentico. Concentre mis movimientos en los limites de una ciudad idilica y me obligue a no mirar su otra cara: la de las calles llenas de socavones, los impactos en los edificios, las ventanas sin cristales y las fuentes vacias. Preferi no detener mi vista en las familias enteras que escarbaban las basuras en busca de mondas de patatas, no posar la mirada en las mujeres enlutadas que deambulaban por las aceras con criaturas colgadas a sus pechos resecos; ni siquiera detuve mis ojos en los enjambres de ninos sucios y descalzos que pululaban a su alrededor y que, con las caras llenas de mocos resecos y sus pequenas cabezas rapadas cuajadas de costras, tiraban de la manga a los viandantes y rogaban por caridad, senor, una limosna, por lo que mas quiera, senorita, deme usted una limosna, que Dios se lo pague. Habia sido una agente exquisita y obediente al servicio de la inteligencia britanica. Escrupulosamente obediente. Asquerosamente obediente. Segui las instrucciones que me dieron al pie de la letra: no volvi a mi barrio ni puse un pie en los adoquines del pasado. Evite saber que habia sido de mi gente, de las amigas de mi ninez. No fui en busca de mi plaza, no pise mi calle estrecha ni subi por mi escalera. No llame a la puerta de mis vecinos, no quise saber como les iba, que habia sido de sus familias durante la guerra ni despues. No intente saber cuantos de ellos habian muerto, cuantos estaban encarcelados, como se las arreglaban para salir adelante los que quedaron vivos. No me interesaba que me contaran con que desechos putrefactos llenaban la olla ni si sus hijos andaban tisicos, desnutridos o descalzos. No me preocupaban sus miserables vidas llenas de piojos y sabanones. Yo ya pertenecia a otro mundo: el de las conspiraciones internacionales, los grandes hoteles, las peluquerias de lujo y los cocteles a la hora del apetitivo. Nada tenia ya que ver conmigo aquel universo miserable de color gris rata con olor a orines y acelga hervida. O eso, al menos, creia yo.

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