–No sabes nada de ellos, ?verdad? – continuo Ignacio con lentitud-. Pues escuchame bien, porque yo te lo voy a contar. Tu vecino Norberto cayo en Brunete, a su hijo mayor lo fusilaron nada mas entrar las tropas nacionales en Madrid aunque, segun cuentan, el tambien habia andado activo en asuntos de represion del otro lado. El mediano esta picando piedra en Cuelgamuros y el pequeno en el penal de El Dueso: se afilio al partido comunista, asi que probablemente no salga en una buena temporada si es que no lo ejecutan cualquier dia. La madre, la senora Engracia, la que te cuidaba y te trataba como una hija cuando tu madre se iba a trabajar y tu eras aun una nina, esta ahora sola: se ha quedado medio ciega y anda por las calles como trastornada, removiendo con un palo todo lo que se encuentra. En tu barrio ya no quedan palomas ni gatos, se los han comido todos. ?Quieres saber que fue de las amigas con las que jugabas en la plaza de la Paja? Te lo puedo contar tambien: a la Andreita la revento un obus al cruzar una tarde la calle Fuencarral camino del taller donde trabajaba…

–No quiero saber nada mas, Ignacio, ya me hago una idea -dije intentando disimular mi aturdimiento. No parecio oirme; continuo simplemente desgranando horrores.

–A la Sole, la de la lecheria, le hizo mellizos un miliciano que desaparecio sin dejarles ni el apellido; como ella no pudo ocuparse de los ninos porque no tenia con que mantenerlos, se los llevaron los de la inclusa y nunca ha vuelto a saber de ellos. Dicen que ella anda ahora ofreciendose a los descargadores del mercado de la Cebada, pidiendo una peseta por cada servicio que hace alli mismo, contra los ladrillos de la pared; cuentan que va por ahi sin bragas, levantandose la falda en cuanto las camionetas empiezan a llegar aun de madrugada.

Las lagrimas empezaron a rodarme por las mejillas.

–Callate, Ignacio, callate ya, por Dios -susurre. No me hizo caso.

–La Agustina y la Nati, las hijas del pollero, se metieron en un comite de enfermeras laicas y se pasaron la guerra trabajando en el hospital de San Carlos. Cuando todo acabo, fueron a buscarlas a su casa, las metieron en una camioneta y, desde entonces, estan en la carcel de Las Ventas; las juzgaron en las Salesas y las condenaron a treinta anos y un dia. A la Trini, la panadera…

–Callate, Ignacio, dejalo… -suplique.

Cedio por fin.

–Puedo contarte muchas historias mas, las he oido casi todas. A diario viene a verme gente que nos conocia en aquellos tiempos. Todos llegan con la misma cantinela: yo hable una vez con usted, don Ignacio, cuando estaba usted de novio con la Sirita, la hija de la senora Dolores, la costurera que vivia en la calle de la Redondilla…

–?Para que te buscan? – consegui preguntar en mitad del llanto.

–Todos para lo mismo: para pedirme que los ayude a sacar a algun familiar de la carcel, para ver si puedo usar algun contacto para librar a alguien de la pena de muerte, para que les busque cualquier trabajo por rastrero que sea… No puedes imaginarte como es el dia a dia en la Direccion General: en las antesalas, en los pasillos y las escaleras se amontona a todas horas un gentio acobardado esperando ser atendido, dispuesto a aguantar lo que haga falta por conseguir una migaja de aquello que han venido a buscar: que alguien los oiga, que alguien los reciba, que les den una pista de algun ser cercano perdido, que les aclaren a quien deben suplicar para lograr la libertad de un pariente… Vienen muchas mujeres sobre todo, muchisimas. No tienen de que vivir, se han quedado solas con sus hijos y no encuentran la manera de sacarlos adelante.

–Y tu ?puedes hacer algo por ellos? – dije intentando sobreponerme a la angustia.

–Poco. Apenas nada. De los delitos por causas de guerra se encargan los tribunales militares. A mi acuden a la desesperada, igual que acosan a cualquier conocido que trabaje para la administracion.

–Pero tu eres del regimen…

–Yo no soy mas que un simple funcionario sin el mas minimo poder, un peldano mas dentro de una jerarquia -atajo-. No tengo posibilidad de hacer nada mas alla de oir sus miserias, indicarles donde deben ir si es que lo se, y darles un par de duros cuando los veo al borde de la desesperacion. Ni siquiera soy miembro de Falange: tan solo hice la guerra donde me toco y el destino quiso que al final quedara en el lado de los vencedores. Me reincorpore por eso al ministerio y asumi las obligaciones que me encomendaron. Pero yo no estoy con nadie: vi demasiados horrores y acabe perdiendo a todos el respeto. Por eso me limito simplemente a acatar ordenes, porque es lo que me da de comer. Asi que cierro la boca, agacho la cerviz y me parto los cuernos para sacar adelante a mi familia, eso es todo.

–No sabia que tuvieras familia -dije mientras me limpiaba los ojos con un panuelo que el me tendio.

–Me case en Salamanca y cuando acabo la guerra nos vinimos a Madrid. Tengo una mujer, dos hijos pequenos y un hogar en el que al menos alguien me espera al final del dia por duro y asqueroso que haya sido. Nuestra casa no se parece en nada a esta, pero tiene siempre un brasero encendido y risas de ninos en el pasillo. Mis hijos se llaman Ignacio y Miguel, mi mujer, Amalia. Nunca la he querido tanto como te quise a ti, ni mueve el culo con tu gracia cuando anda por la calle, ni jamas la he llegado a desear ni la cuarta parte de lo que te he deseado a ti esta noche mientras sostenias mi mano entre las tuyas. Pero siempre pone buena cara ante las dificultades, y canta cuando esta en la cocina guisando lo poco que hay, y me abraza en medio de la noche cada vez que me atormentan las pesadillas y grito y lloro porque sueno que estoy otra vez en el frente y creo que me van a matar.

–Lo siento, Ignacio -dije con un hilo de voz. El llanto apenas me dejaba hablar.

–Puede que yo sea un conformista y un mediocre, un servidor perruno de un Estado revanchista - anadio mirandome a los ojos con firmeza-, pero tu no eres nadie para decirme si te gusta o no el hombre en el que me he convertido. Tu no puedes darme a mi lecciones morales, Sira, porque si yo soy malo, tu eres aun peor. A mi al menos me queda una gota de compasion en el alma; a ti, creo que ni eso. No eres mas que una egoista que habita una casa inmensa en la que se mastica la soledad por las esquinas; una desarraigada que reniega de sus origenes y es incapaz de pensar en nadie que no sea ella misma.

Quise gritarle que se callara, que me dejara en paz y saliera de mi vida para siempre pero, antes de poder pronunciar siquiera la primera silaba, mis entranas se convirtieron en un manantial de sollozos incontenibles, como si algo se me hubiera desgarrado dentro. Llore. Con la cara tapada, sin consuelo, sin fin. Cuando pude parar y retornar a la realidad inmediata, era mas de medianoche e Ignacio ya no estaba. Se habia ido sin ruido, con la misma delicadeza con la que siempre me trato. El miedo y la inquietud causados por su presencia se me mantuvieron, sin embargo, pegados a la piel. No sabia que consecuencias iba a tener aquella visita, no sabia que iba a ser de Arish Agoriuq partir de esa noche. Tal vez el Ignacio de unos anos atras se apiadara de la mujer a la que tanto quiso y decidiera dejarla seguir su camino en paz. O tal vez su alma de

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