dentro de una caja de zapatos.

–Date prisa, por favor -grito Ignacio en la distancia.

Empuje las cartas hasta el fondo, las tape por completo con media docena de prendas y cerre el cajon con un golpe seco. Cualquier otro sitio seria tan bueno o tan malo como aquel, mas valia no tentar la suerte.

Me seque, me cambie, saque el pasaporte de la mesilla de noche y regrese al salon.

–Arish Agoriuq -leyo lentamente cuando se lo entregue-. Nacida en Tanger y residente en Tanger. Cumple anos el mismo dia que tu, que coincidencia.

No respondi. Me invadieron de pronto unas ganas tremendas de vomitar, las contuve a duras penas.

–?Puede saberse a que viene este cambio de nacionalidad?

Mi mente maquino una mentira con la velocidad de un parpadeo. Jamas habia previsto verme envuelta en algo asi, ni Hillgarth tampoco.

–Me robaron el pasaporte y no pude solicitar mi documentacion a Madrid porque estabamos en plena guerra. Un amigo lo arreglo todo para que pudieran darme la nacionalidad marroqui y poder asi viajar sin problemas. No es un pasaporte falso, lo puedes comprobar.

–Ya lo he hecho. ?Y el nombre?

–Pensaron que era mejor cambiarlo, hacerlo mas arabe.

–?Arish Agoriuq? ?Es eso arabe?

–Es cherja -menti-. El dialecto de las cabilas del Rif-anadi rememorando las competencias linguisticas de Beigbeder.

Mantuvo el silencio unos segundos, sin dejar de mirarme. Aun notaba las tripas revueltas, pero me esforce por mantenerlas en orden para no verme obligada a salir corriendo al cuarto de bano.

–Necesito saber tambien cual es el objeto de tu estancia en Madrid -requirio finalmente.

–Trabajar. Coser, como siempre -respondi-. Esto es un taller de costura.

–Ensenamelo.

Le pase al salon del fondo y le mostre sin palabras los rollos de telas, los figurines y las revistas. Despues le conduje a lo largo del pasillo y abri las puertas de todas las estancias. Los probadores impolutos. El cuarto de bano para las clientas. El taller de costura lleno de recortes de tejidos, patrones y maniquies con prendas a medio montar. El cuarto de plancha con varias piezas esperando su turno. El almacen por fin. Andabamos juntos, en paralelo, como tantas veces habiamos recorrido los trechos de la vida tiempo atras. Recorde que entonces casi me sacaba la cabeza; ahora la distancia parecia menor. No era la memoria, sin embargo, la que me jugaba una mala pasada: cuando yo no era mas que una aprendiz de costurera y el un aspirante a funcionario, yo apenas llevaba tacon; cinco anos despues, la altura de mis zapatos me hacian llegarle a media cara.

–?Que hay al fondo? – pregunto.

–Mi dormitorio, un par de cuartos de bano y cuatro habitaciones; dos de ellas son dormitorios para invitados y las otras dos estan vacias. Ademas, comedor de diario, cocina y zona de servicio -recite de carrerilla.

–Quiero verlo.

–?Para que?

–No tengo por que darte explicaciones.

–De acuerdo -murmure.

Le ensene las estancias una a una con el estomago contraido, fingiendo una frialdad que distaba un mundo de mi estado real e intentando que no percibiera el temblor de mi mano al manipular los interruptores y los picaportes. Las cartas de Beigbeder para Rosalinda se habian quedado en el armario de mi dormitorio, debajo de la ropa interior; me temblaron las piernas ante la idea de que se le ocurriera abrir aquel cajon y pudiera encontrarlas. Cuando entro en la habitacion, le observe con el corazon en un puno mientras el la recorria con parsimonia. Hojeo con fingido interes la novela que tenia en la mesilla de noche y volvio a dejarla en su sitio; paso despues los dedos por los pies de la cama, levanto un cepillo del tocador y se asomo por el balcon unos segundos. Ansiaba que con eso diera por zanjada la visita, pero no lo hizo. Aun quedaba lo que yo mas temia. Abrio un cuerpo del armario, el que contenia la ropa de abrigo. Toco la manga de un chaqueton y el cinturon de otro, volvio a cerrar. Abrio la puerta siguiente y contuve la respiracion. Una pila de cajones aparecio ante sus ojos. Saco el primero: panuelos. Levanto el pico de uno, luego de otro, y de otro mas; lo volvio a cerrar despues. Saco el segundo y trague saliva: medias. Lo cerro. Cuando sus dedos tocaron el tercero senti que el suelo se volvia blando bajo mis pies. Alli, tapados por las combinaciones de seda, se encontraban los documentos manuscritos que exponian con todo detalle y en primera persona las circunstancias del sonado relevo ministerial que andaba en boca de Espana entera.

–Creo que estas yendo demasiado lejos, Ignacio -logre susurrar.

Mantuvo los dedos sobre el tirador del cajon unos segundos mas, como si estuviera considerando que* hacer. Senti calor, senti frio, angustia, sed. Senti que aquello iba a ser el final. Hasta que note que sus labios se separaban dispuestos a hablar. Sigamos, dijo tan solo. Volvio a cerrar la puerta del armario mientras yo contenia un suspiro de alivio y unas ganas enormes de echarme a llorar. Disimule como pude y volvi a asumir el papel de guia obligada. Vio el bano en el que me banaba y la mesa donde comia, la despensa donde guardaba la comida, la pila donde las chicas lavaban la ropa. Tal vez no fuera mas alla por respeto hacia mi, quiza por simple pudor o porque los protocolos de su trabajo le establecian unos limites que no se atrevio a sobrepasar, nunca lo supe. Regresamos al salon sin una palabra mientras yo daba gracias al cielo porque el registro no hubiera sido mas exhaustivo.

Volvio a sentarse en el mismo sitio y yo lo hice enfrente de el.

–?Esta todo en orden?

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