noticia del cese ministerial le habria llegado con seguridad a primera hora de la manana, yo sabia que todos los detalles que el coronel me transmitio le serian de enorme interes. Ademas, intuia que debia deshacerme cuanto antes de las misivas dirigidas a Rosalinda: conociendo las circunstancias del emisario, estaba convencida de que aquellas paginas sobrepasaban los limites de la mera correspondencia sentimental y conformaban todo un arsenal de rabioso contenido politico que en ningun caso convenia que estuviera en mi poder. Pero era miercoles y, como todos los miercoles, tenia prevista mi visita al salon de belleza, asi que preferi utilizar el cauce de transmision convencional antes de hacer saltar la alarma con una actuacion de emergencia mediante la que solo conseguiria adelantar la informacion un par de horas. Me esforce por ello en trabajar a lo largo de la manana, recibi a dos clientas, malcomi sin ganas y a las cuatro menos cuarto sali de casa camino de la peluqueria, con el tubo de patrones firmemente envuelto en un panuelo de seda dentro del bolso. El tiempo amenazaba lluvia, pero opte por no tomar un taxi: necesitaba que me diera aire en la cara para despejar las brumas que me asolaban. Mientras caminaba, rememore los detalles de la desconcertante visita de Beigbeder la noche anterior e intente anticipar el plan que Hillgarth y los suyos idearian para hacerse con las cartas. Abstraida en esos pensamientos, no note que nadie me siguiera; quiza mis propias preocupaciones me mantuvieron tan ensimismada que, si alguien lo hizo, no me di cuenta.

Los mensajes quedaron escondidos en el armario sin que la muchacha de cabello rizoso encargada de aquella especie de guardarropa mostrara el mas minimo gesto de complicidad al cruzar su mirada con la mia. O era una colaboradora formidable, o no tenia la menor idea de lo que ante sus ojos pasaba. Me atendieron las peluqueras con la destreza de todas las semanas y, mientras me ondulaban la melena que ya superaba la altura de los hombros, fingi mantenerme absorta en el numero del mes de una revista. Me interesaba bastante poco aquella publicacion femenina llena de remedios farmaceuticos, historietas dulzonas cargadas de moralina y un completo reportaje sobre las catedrales goticas, pero la lei de cabo a rabo, sin despegar los ojos de ella para evitar el contacto con el resto de las clientas cercanas cuyas conversaciones no me interesaban en absoluto. A no ser que coincidiera con alguna de mis clientas -algo que ocurria con relativa frecuencia-, no tenia ningun interes en entablar la mas minima charla con nadie.

Sali de la peluqueria sin los patrones, con el pelo perfecto y el animo aun turbio. La tarde seguia desapacible, pero decidi dar un paseo en vez de regresar a casa directamente: preferia mantenerme distraida y alejada de las cartas de Beigbeder mientras llegaban las noticias de Hillgarth sobre que hacer con ellas. Ascendi sin rumbo fijo por la calle de Alcala hasta la Gran Via; el paseo fue tranquilo y seguro en un principio pero, a medida que avanzaba, note como aumentaba la densidad humana de las aceras, mezclando a paseantes bien arreglados con limpiabotas, recogecolillas y mendigos tullidos que ensenaban sus lacras sin pudor en busca de caridad. Fui entonces consciente de que estaba extralimitando el perimetro acotado por Hillgarth: me estaba adentrando en un terreno un tanto peligroso en el que tal vez pudiera cruzarme con alguien que un dia me conocio. Probablemente nunca sospecharan que la mujer que caminaba envuelta en un elegante abrigo de lana gris habia suplantado a la modistilla que anos atras fui pero, por si acaso, decidi entrar en un cine para matar el resto de la tarde y evitar, de paso, exponerme mas de lo conveniente.

El Palacio de la Musica era la sala y Rebeca, la pelicula. La sesion ya estaba comenzada, pero no me importo: el argumento no me interesaba, solo queria un poco de privacidad mientras transcurrian las horas necesarias para que alguien hiciera llegar a mi casa instrucciones sobre como actuar. El acomodador me acompano a una de las ultimas filas laterales mientras Laurence Olivier y Joan Fontaine recorrian a toda velocidad una carretera llena de curvas a bordo de un auto sin capota. Tan pronto como acostumbre la vista a la oscuridad, percibi que el gran patio de butacas estaba practicamente lleno; mi fila y su zona, sin embargo, por su lejania, tan solo la ocupaban algunos cuerpos moteados aqui y alla. A la izquierda tenia varias parejas; a la derecha, nadie. Por poco tiempo, no obstante: apenas un par de minutos despues de llegar, note que alguien se sentaba en el extremo de la fila, a no mas de diez o doce butacas de distancia. Un hombre. Solo. Un hombre solo cuyo rostro no pude percibir entre las sombras. Un hombre cualquiera que jamas me habria llamado la atencion de no ser porque llevaba puesta una gabardina clara con el cuello levantado, identica a la del individuo que me seguia desde hacia mas de una semana. Un hombre con gabardina de cuello alzado a quien, a juzgar por la direccion de su mirada, mas que la trama cinematografica, le interesaba yo.

Un sudor frio me recorrio la espalda. De golpe supe que mis presuposiciones no habian sido vanas, sino reales: aquel individuo estaba alli por mi, me habia seguido probablemente desde la peluqueria, tal vez incluso desde mi domicilio; habia caminado tras mis pasos durante centenares de metros, me habia observado cuando pagaba la entrada a la taquillera, mientras recorria el vestibulo, entraba en la sala y encontraba mi sitio. Observarme sin que yo lo viera no habia sido suficiente para el, sin embargo: una vez me tuvo localizada, se habia instalado apenas a unos metros, cortandome el paso hacia la salida. Y yo, incauta y abrumada por las noticias del cese de Beigbeder, habia decidido en el ultimo momento no hacer participe a Hillgarth de mis sospechas, por mas que estas hubieran incrementado a lo largo de los dias. Mi primera idea fue escapar, pero inmediatamente note que estaba encajonada. No podia acceder al pasillo derecho sin que el me dejara pasar; si decidia hacerlo por el flanco izquierdo, tendria que importunar a un punado de espectadores que protestarian molestos por la interrupcion y deberian levantarse o encoger las piernas para que pudiera abrirme paso, lo cual daria tiempo de sobra al desconocido para abandonar su butaca y seguirme. Recorde entonces los consejos de Hillgarth durante la comida en la Legacion Americana: ante cualquier sospecha de seguimiento, tranquilidad, seguridad, apariencia de normalidad.

El descaro del extrano de la gabardina no presagiaba, sin embargo, nada bueno: lo que hasta entonces habia sido un seguimiento disimulado y sutil parecia haber dado paso bruscamente a una ostentosa declaracion de intenciones. Estoy aqui para que me vea, parecia decir sin palabras. Para que sepa que la vigilo y que se adonde va; para que sea consciente de que puedo meterme en su vida con toda facilidad: vea, hoy he decidido seguirla hasta el cine y bloquearle la salida; manana puedo hacer con usted lo que me venga en gana.

Fingi no prestarle atencion y me esforce por concentrarme en la pelicula, pero no lo logre. Las escenas pasaban ante mis ojos sin sentido ni coherencia: una mansion tetrica y majestuosa, un ama de llaves con aspecto malefico, una protagonista que siempre se comportaba de manera equivocada y el fantasma de una mujer fascinante flotando en el aire. La sala entera parecia subyugada; mi preocupacion, no obstante, estaba volcada en otro asunto mas cercano. Mientras transcurrian los minutos y en la pantalla se sucedian imagenes cambiantes en blanco, negro y gris, deje caer varias veces la melena sobre el lado derecho de la cara y, a traves de ella, intente escudrinar al desconocido disimuladamente. No consegui distinguir sus rasgos: la distancia y la oscuridad me lo impidieron. Pero entre nosotros se establecio una especie de relacion muda y tensa, como si el comun desinteres por la pelicula nos uniera. Ninguno de los dos contuvo el aliento cuando la protagonista sin nombre rompio aquella figura de porcelana, tampoco sentimos panico cuando el ama de llaves intento persuadirla para que se arrojara al vacio; ni siquiera se nos helo el corazon al saber que el propio Max de Winter tal vez habia sido el asesino de su perversa esposa.

La palabra fin aparecio tras el incendio de Manderley y la sala comenzo a inundarse de luz. Mi reaccion inmediata fue ocultar el rostro: por alguna razon absurda, senti que la ausencia de oscuridad me haria mas vulnerable ante los ojos del perseguidor. Incline la cabeza, deje que el pelo me tapara la cara una vez mas, y fingi ensimismarme en buscar algo en el bolso. Cuando por fin alce la vista unos centimetros y mire hacia la derecha, el hombre habia desaparecido. Me mantuve en el patio de butacas hasta que la pantalla quedo en blanco, con el miedo agarrado a la boca del estomago. Se encendieron todas las luces, los espectadores mas rezagados abandonaron la sala, los acomodadores entraron buscando desperdicios y objetos olvidados entre las butacas. Solo entonces, acobardada aun, me arme de valor y me levante.

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