No respondi. No pude, me quede sin aliento. Sabia que en algun lugar de la envoltura de aquel inesperado presente habia un mensaje cifrado de Hillgarth; un mensaje destinado a pasar desapercibido para cualquiera que no fuera yo.
Me sente a distancia, en una esquina de un sofa, tensa y aun empapada. Fingi hacer caso omiso a los bombones y contemple en silencio a Ignacio mientras me retiraba el pelo mojado de la cara. Seguia tan delgado como antes, pero su rostro no era el mismo. Las primeras canas empezaban a asomarle en las sienes a pesar de que apenas superaba la treintena. Tenia ojeras, lineas en la comisura de la boca y cara de cansado, de no llevar una vida tranquila.
–Vaya, vaya, Sira, cuanto tiempo ha pasado.
–Cinco anos -especifique tajante-. Y ahora, por favor, dime a que has venido.
–A varias cosas -dijo-. Pero antes prefiero que te pongas ropa seca. Y, cuando regreses, por favor, traeme tu documentacion. Pedirtela a la salida del cine me parecia un tanto grosero en tus actuales circunstancias.
–?Y por que habria yo de ensenarte a ti mi documentacion?
–Porque, segun he oido, ahora eres ciudadana marroqui.
–Y eso a ti ?que mas te da? No tienes ningun derecho a entrometerte en mi vida.
–?Quien te ha dicho que no?
–Tu y yo ya no tenemos nada en comun. Yo soy otra persona, Ignacio, no tengo nada que ver ni contigo ni con nadie del tiempo en el que estuvimos juntos. Han pasado muchas cosas en mi vida en estos anos; yo ya no soy quien era.
–Ninguno somos los que eramos, Sira. Nadie es quien solia ser despues de una guerra como la nuestra.
El silencio se extendio entre nosotros. A mi mente, como gaviotas enloquecidas, volvieron mil estampas del pasado, mil sentimientos que chocaron entre si sin que yo los consiguiera manejar. Frente a mi tenia al que pudo haber sido el padre de mis hijos, un hombre bueno que no hizo mas que adorarme y al que yo clave un rejon en el alma. Frente a mi tenia tambien a quien podria convertirse en mi peor pesadilla, alguien que tal vez llevara cinco anos masticando rencor y podria estar dispuesto a cualquier cosa para hacerme pagar por mi traicion. Por ejemplo, denunciarme, acusarme de que yo no era quien decia ser, y hacer que salieran a la luz mis deudas del pasado.
–?Donde pasaste tu la guerra? – pregunte casi con miedo.
–En Salamanca. Fui unos dias a ver a mi madre y el alzamiento me cogio alli. Me uni a los nacionales, no tuve otra opcion. ?Y tu?
–En Tetuan -dije sin pensarlo. Tal vez no deberia haber sido tan explicita, pero ya era demasiado tarde para volver atras. Extranamente, mi respuesta parecio complacerle. Una debil sonrisa se dibujo en sus labios.
–Claro -dijo en voz baja-. Claro, ahora todo tiene sentido.
–?Que es lo que tiene sentido?
–Algo que necesitaba saber de ti.
–Tu no necesitas saber nada de mi, Ignacio. Lo unico que necesitas es olvidarme y dejarme en paz.
–No puedo -dijo contundente.
No pregunte por que. Temi que me pidiera explicaciones, que me reprochara mi abandono y me echara en cara el dano que le hice. O peor aun: tuve miedo de que me dijera que aun me queria y me suplicara que volviera con el.
–Tienes que irte, Ignacio, tienes que sacarme de tu cabeza.
–No puedo, carino -repitio ahora con un punto de amarga sorna-. Nada me gustaria mas que no volver a acordarme jamas de la mujer que me destrozo, pero no puedo. Trabajo para la Direccion General de Seguridad del Ministerio de Gobernacion. Estoy a cargo de la vigilancia y seguimiento de los extranjeros que cruzan nuestras fronteras, especialmente de los que se instalan en Madrid con indicativos de permanencia. Y tu estas entre ellos. En un lugar preferente.
No supe si reir o llorar.
–?Que quieres de mi? – pregunte cuando consegui que las palabras me volvieran a la boca.
–Documentacion -exigio-. Pasaporte y permiso de aduanas de todo lo que en este domicilio haya procedente del extranjero. Pero antes, cambiate.
Hablaba con frialdad y seguro de si. Profesional, del todo distinto a aquel otro Ignacio, tierno y casi aninado, que yo mantenia en mi deposito de recuerdos.
–?Puedes ensenarme alguna acreditacion? – dije en voz baja. Intuia que no estaba mintiendo, pero quise ganar tiempo para asimilar lo evidente.
Del bolsillo interior de la chaqueta saco una cartera. La abrio con la misma mano que la sostenia, con la habilidad de quien esta acostumbrado a identificarse una y otra vez. Efectivamente, alli estaban su rostro y su nombre junto al cargo y organismo que acababa de mencionar.
–Un momento -musite.
Fui a mi habitacion; del armario descolgue con rapidez una blusa blanca y una falda azul, abri el despues el cajon de la ropa interior dispuesta a sacar prendas limpias. Roce entonces con los dedos las cartas de Beigbeder, ocultas bajo las combinaciones dobladas. Dude unos segundos, sin saber que hacer con ellas: si dejarlas donde estaban o buscar precipitadamente un sitio mas seguro. Recorri la habitacion con ojos avidos: tal vez encima del armario, tal vez debajo del colchon. Quiza entre las sabanas. O detras del espejo del tocador. O
