El gran vestibulo se mantenia abarrotado y ruidoso: sobre la calle caia un aguacero y los espectadores a la espera de salir se mezclaban apretados con los de la sesion a punto de empezar. Me cobije semioculta tras una columna en una esquina apartada y, entre el gentio, las voces y el humo denso de mil cigarrillos, me senti anonima y momentaneamente a salvo. Pero la fragil sensacion de seguridad duro apenas unos minutos: los que tardo la masa en comenzar a disolverse. Los recien llegados accedieron por fin a la sala para ensimismarse con las desventuras de los De Winter y sus fantasmas; el resto -al amparo de paraguas y sombreros los mas prevenidos, de chaquetas alzadas y periodicos abiertos sobre la cabeza los mas incautos, o simplemente cargados de arrojo los mas valientes- fueron abandonando poco a poco el mundo fastuoso del cine y saliendo a la calle para enfrentarse a la realidad de todos los dias, una realidad que aquella noche de otono se presentaba con una densa cortina de agua cayendo inclemente del cielo.

Encontrar un taxi era una batalla perdida de antemano, asi que, al igual que los centenares de seres que me precedieron, me arme de valor y, con tan solo un panuelo de seda cubriendome el pelo y el cuello alzado del abrigo, me dispuse a regresar a casa bajo la lluvia. Mantuve el paso presuroso, deseando llegar cuanto antes para refugiarme tanto del aguacero como de las decenas de sospechas que me acosaron al andar. Volvi la cabeza constantemente: de pronto creia que me seguian, de pronto parecia que me habian dejado de seguir. Cualquier individuo con gabardina me hacia apretar el ritmo, aunque su silueta no se correspondiera con la del hombre que yo temia. Alguien paso con prisa a mi lado y, al sentir su roce involuntario en el brazo, corri a refugiarme junto al escaparate de una farmacia cerrada; un mendigo me tiro de la manga rogando caridad y por limosna recibio un grito asustado. Intente andar al paso de varias parejas respetables hasta que, sospechosas de mi obsesiva cercania, ellas mismas se apartaron de mi. Los charcos me llenaron las medias de salpicaduras de barro, se me engancho el tacon izquierdo en una alcantarilla. Cruce las calles con apremio y angustia, sin apenas fijarme en el trafico. Los focos de un automovil me deslumbraron en un cruce; un poco mas alla recibi el bocinazo de un motocarro y estuve a punto de ser arrollada por un tranvia; apenas unos metros mas adelante logre de un salto librarme del atropello de un coche oscuro que probablemente no percibio mi figura bajo la lluvia. O tal vez si.

Llegue empapada y sin apenas resuello; el portero, el sereno, un punado de vecinos y cinco o seis curiosos se arremolinaban unos metros mas alla de mi portal, calibrando los desperfectos causados por el agua que se habia colado en los sotanos del edificio. Subi los escalones de dos en dos sin que nadie percibiera mi presencia, despojandome del panuelo empapado mientras buscaba las llaves, aliviada por haber logrado llegar sin cruzarme con mi perseguidor y deseando sumergirme en un bano caliente para arrancarme el frio y el panico de la piel. Pero el alivio fue breve. Tan breve como los segundos que tarde en alcanzar la puerta, entrar y darme cuenta de lo que pasaba.

Que hubiera una lampara encendida en el salon cuando la casa deberia estar a oscuras era algo anormal, pero podia tener alguna explicacion: aunque dona Manuela y las chicas solian apagar todo antes de irse, tal vez aquella tarde se olvidaron de dar un ultimo repaso. No fue por eso la luz lo que me resulto fuera de lugar, sino lo que encontre en la entrada. Una gabardina. Clara, de hombre. Colgada en el perchero y goteando agua con siniestra parsimonia.

43

El dueno me esperaba sentado en el salon. A mi boca no vino palabra alguna a lo largo de un tiempo que parecio durar hasta el fin del mundo. La inesperada visita tampoco hablo inmediatamente. Tan solo nos miramos ambos fijamente entre un revoltijo aturullado de recuerdos y sensaciones.

–?Te ha gustado la pelicula? – pregunto por fin.

No respondi. Frente a mi tenia al hombre que llevaba dias siguiendome. El mismo hombre que un lustro atras habia salido de mi vida envuelto en una gabardina similar; la misma espalda que se alejo en la niebla arrastrando una maquina de escribir cuando supo que iba a dejarle porque me habia enamorado de alguien que no era el. Ignacio Montes, mi primer novio, habia reentrado en mi vida.

–Cuanto hemos progresado, ?eh, Sirita? – anadio levantandose y avanzando hacia mi.

–?Que haces aqui, Ignacio? – logre por fin susurrar.

Todavia no me habia quitado el abrigo; note el agua cayendome hasta los pies y formando sobre el suelo charcos diminutos. Pero no me movi.

–He venido a verte -replico-. Secate y cambiate de ropa; tenemos que hablar.

Sonreia, y con su sonrisa decia malditas sean las ganas que tengo de sonreir. Fui entonces consciente de que apenas me separaban un par de metros de la puerta por la que acababa de entrar; tal vez podria intentar huir, bajar los escalones de tres en tres, alcanzar el portal, salir a la calle, correr. Descarte la idea: intuia que no me interesaba reaccionar de manera inconveniente sin saber antes a que me enfrentaba, asi que, simplemente, me acerque a el y le encare.

–?Que quieres, Ignacio? ?Como has entrado, a que has venido, por que me vigilas?

–Despacio, Sira, despacio. Hazme las preguntas una a una, no te alborotes. Pero antes, si no te importa, prefiero que los dos nos pongamos comodos. Estoy un poco cansado, ?sabes? Anoche me hiciste trasnochar mas de la cuenta. ?Te importa que me sirva una copa?

–Antes no bebias -dije intentando mantener la calma.

Una carcajada tan fria como el filo de mis tijeras rasgo el salon de punta a punta.

–Que buena memoria tienes. Con la de historias interesantes que deben de haber pasado en tu vida en todos estos anos, parece mentira que te sigas acordando de cosas asi de simples.

Parecia mentira, si, pero me acordaba. De eso y de mucho mas. De nuestras largas tardes de paseo sin rumbo, de los bailes entre farolillos en las verbenas. De su optimismo y su ternura de entonces; de mi misma cuando no era mas que una humilde costurera sin mas horizonte vital que casarme con el hombre cuya presencia ahora me llenaba de temor e incertidumbre.

–?Que quieres tomar? – pregunte por fin. Intentaba sonar serena, no aparentar inquietud.

–Whisky. Conac. Me da igual: lo mismo que ofrezcas a tus otros invitados.

Le servi una copa apurando la botella que la noche anterior bebio Beigbeder; apenas quedaban un par de dedos. Al volverme hacia el comprobe que vestia un traje gris y comun: de mejor tela y corte que los que llevaba cuando estabamos juntos, de peor sastre que los de los hombres que en los ultimos tiempos me rodeaban. Deje la copa en la mesa a su lado y solo entonces percibi que sobre ella habia una caja de bombones de Embassy, envuelta en papel plateado y rematada con la vistosa lazada de una cinta color rosa.

–Algun admirador te ha mandado un detalle -dijo rozando la caja con la punta de los dedos.

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