Los britanicos, entretanto, no se mantenian impasibles. Su reaccion consistia prioritariamente en achacar por cualquier medio al regimen espanol todas las calamidades del pueblo, dando palos, sobre todo, donde mas dolia: en la escasez de alimentos, esa hambruna que propiciaba que la gente enfermara por comer las inmundicias de las basuras, que familias enteras corrieran desesperadas detras de los camiones del Auxilio Social, y que las madres de familia se las ingeniaran Dios sabia como para hacer frituras sin aceite, tortillas sin huevos, dulces sin azucar y un extrano embutido sin rastro de cerdo y con un sospechoso sabor a bacalao. Para fomentar la simpatia de los espanoles por la causa aliada, los ingleses tambien agudizaban su ingenio. La oficina de prensa de la embajada redactaba en Madrid una publicacion de manufactura casera que los mismos funcionarios se esforzaban por repartir en las aceras cercanas a su legacion con el agregado de prensa, el joven Tom Burns, a la cabeza. Poco antes habia comenzado a funcionar el Instituto Britanico dirigido por un tal Walter Starkie, un catolico irlandes a quien algunos llamaban don Gitano. La apertura se hizo, segun se comentaba, sin mas autorizacion de las autoridades espanolas que la palabra sincera pero ya debilitada de Beigbeder en sus ultimos coletazos como ministro. En apariencia, se trataba de un centro cultural en el que impartian clases de ingles y organizaban conferencias, tertulias y eventos diversos, algunos de ellos mas sociales que puramente intelectuales. En el fondo era, al parecer, una encubierta maquinaria de propaganda britanica mucho mas sofisticada que las estrategias de los germanos.

Transcurrio asi el invierno, laborioso y tenso, duro para casi todos: para los paises, para los humanos. Y, sin apenas darme cuenta, se nos echo encima la primavera. Y con ella llego una nueva invitacion de mi padre. El hipodromo de La Zarzuela abria sus puertas, ?por que no le acompanaba?

Cuando yo no era mas que una joven aprendiz en casa de dona Manuela, oiamos constantes referencias al hipodromo al que nuestras clientas asistian. Probablemente a muy pocas senoras les interesaban las carreras en si, pero, del mismo modo que los caballos, ellas tambien competian. Si no en velocidad, si en elegancia. El viejo hipodromo se encontraba entonces en el final del paseo de la Castellana y era lugar de encuentro social para la alta burguesia, la aristocracia e incluso la realeza, con Alfonso XIII a menudo en el palco real. Poco antes de la guerra se inicio la construccion de otras instalaciones mas modernas; la contienda, sin embargo, paro en seco el proyecto del nuevo recinto hipico. Tras dos anos de paz, este, aun a medio terminar, abria sus puertas en el monte de El Pardo.

La inauguracion llevaba semanas ocupando titulares en los periodicos y saltando de boca en boca. Mi padre me recogio en su automovil, le gustaba conducir. Durante el trayecto me explico el proceso de la construccion del hipodromo con su original cubierta ondulada y hablo tambien del entusiasmo de miles de madrilenos por recuperar las viejas carreras. Yo, en reciprocidad, le describi mis recuerdos de la Hipica de Tetuan y la imponente estampa del jalifa atravesando a caballo la plaza de Espana para ir los viernes de su palacio a la mezquita. Y tanto, tanto hablamos que no hubo tiempo siquiera para que me adelantara que esa tarde tenia previsto encontrarse con alguien mas. Y solo al llegar a nuestra tribuna me di cuenta de que, al asistir a aquel evento de apariencia inocente, acababa de adentrarme por mi propio pie en la mismisima boca del lobo.

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El gentio asistente era inmenso: masas humanas agolpadas frente a las taquillas, colas de decenas de metros para formalizar los boletos de apuestas, y las gradas y la zona cercana a la pista llenas a rebosar de publico ansioso y vociferante. Los privilegiados que ocupaban los palcos reservados, en cambio, flotaban en una dimension distinta: sin agobios ni griterio, sentados en sillas autenticas y no sobre peldanos de cemento, y atendidos por camareros de chaquetilla impoluta dispuestos a servirles con diligencia.

En cuanto accedimos al palco, senti en mi interior algo parecido al mordisco de una tenaza de hierro. Apenas necesite un par de segundos para percibir el alcance del desproposito al que me enfrentaba: alli no habia mas que un minusculo grupo de espanoles mezclados con un denso numero de ingleses, hombres y mujeres que, copa en mano y armados de binoculares, fumaban, bebian y charlaban en su lengua a la espera del galope de los equinos. Y para que no quedara duda de su causa y procedencia, los cobijaba una gran bandera britanica amarrada en plano sobre la barandilla.

Quise que la tierra me tragara, pero todavia no era el momento: mi capacidad para el estupor aun no habia tocado fondo. Para ello, solo necesite adentrarme unos pasos y dirigir la mirada hacia la izquierda. En el palco vecino, practicamente vacio aun, ondeaban tres estandartes verticales mecidos por el viento: sobre el fondo rojo de cada uno de ellos destacaba un circulo blanco con la esvastica negra en el centro. El palco de los alemanes, separado del nuestro por una pequena valla que apenas superaba el metro de altura, esperaba la llegada de sus ocupantes. Por el momento tan solo habia en el un par de soldados custodiando el acceso y unos cuantos camareros organizando el avituallamiento pero, a la vista de la hora y de la premura con la que procedian con los preparativos, no me cupo duda de que los asistentes esperados tardarian muy poco en llegar.

Antes de serenarme lo suficiente como para poder reaccionar y decidir la manera mas rapida de desaparecer de aquella pesadilla, Gonzalo se encargo de aclararme al oido quienes eran todos aquellos subditos de su graciosa majestad.

–He olvidado decirte que ibamos a reunimos con unos viejos amigos a los que hace tiempo que no veo. Son ingenieros ingleses de las minas de Rio Tinto, han venido con algunos compatriotas suyos de Gibraltar e imagino que tambien se acercara gente de la embajada. Estan todos entusiasmados con la reapertura del hipodromo; ya sabes que son unos grandes apasionados de los caballos.

Ni lo sabia, ni me interesaba: en aquel momento tenia otras urgencias por encima de las aficiones de aquellos individuos. Por ejemplo, huir de ellos como de la peste. La frase de Hillgarth en la Legacion Americana de Tanger aun me resonaba en los oidos: cero contacto con los ingleses. Y menos aun -le falto decir- delante de las narices de los alemanes. En cuanto los amigos de mi padre se percataron de nuestra llegada, comenzaron los afectuosos saludos a Gonzalo old boy y a su joven e inesperada acompanante. Los devolvi con palabras parcas, intentando camuflar los nervios tras una sonrisa tan debil como falsa a la vez que sopesaba disimuladamente el alcance de mi riesgo. Y asi, mientras respondia a las manos que los rostros anonimos me tendieron, barri con los ojos el entorno buscando algun resquicio por el que volatilizarme sin poner a mi padre en evidencia. Pero no lo tenia facil. Nada facil. A la izquierda estaba la tribuna de los alemanes con sus ostentosas insignias; la de la derecha la ocupaban un punado de individuos con barrigas generosas y gruesos anillos de oro que fumaban puros grandes como torpedos en compania de mujeres de pelo oxigenado y labios rojos como amapolas para las que yo jamas habria cosido ni un panuelo en mi taller. Aparte la mirada de todos ellos: los estraperlistas y sus despampanantes queridas no me interesaban lo mas minimo.

Bloqueada por izquierda y derecha, y con una barandilla al frente volada sobre el vacio, tan solo me quedaba la solucion de escapar por donde habiamos venido, aunque sabia que aquello era toda una temeridad. Existia una unica via de acceso para alcanzar aquellos palcos, lo habia comprobado al llegar: una especie de pasillo enladrillado de apenas tres metros de anchura. Si decidia retroceder por el, correria el riesgo muy probable de encontrarme con los alemanes de cara. Y entre ellos, sin duda, me toparia con lo que mas me asustaba: clientas germanas cuyas bocas incautas a menudo dejaban caer sabrosos pedazos de informacion que yo recogia con la mas desleal de las sonrisas y trasladaba despues al Servicio Secreto del pais enemigo; senoras a las que deberia detenerme a saludar y que, sin duda alguna, se preguntarian suspicaces que hacia su couturier marroqui huyendo como alma que lleva el diablo de un palco abarrotado de ingleses.

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