Montes el dia en que se fue de mi plaza con una maquina de escribir a rastras y el corazon partido en dos, o quiza me la robo Ramiro Arribas cuando me dejo sola, embarazada y en la ruina entre las paredes del Continental? ?Se encontraria la normalidad en el Tetuan de los primeros meses, entre los huespedes tristes de la pension de Candelaria, o se disipo en los sordidos trapicheos con los que ambas logramos salir adelante? ?Me la deje en la casa de Sidi Mandri, colgada de los hilos del taller que con tanto esfuerzo levante? ?Se la apropio tal vez Felix Aranda alguna noche de lluvia o se la llevo Rosalinda Fox cuando se marcho del almacen del Dean's Bar para perderse como una sombra sigilosa por las calles de Tanger? ?Estaria la normalidad junto a mi madre, en el trabajo callado de las tardes africanas? ?Acabo con ella un ministro depuesto y arrestado, o la arrastro quiza consigo un periodista a quien no me atrevi a querer por pura cobardia? ?Donde estaba, cuando la perdi, que fue de ella? La busque por todas partes: en los bolsillos, por los armarios y en los cajones; entre los pliegues y las costuras. Aquella noche me dormi sin hallarla.

Al dia siguiente desperte con una lucidez distinta y apenas entreabri los ojos, la percibi: cercana, conmigo, pegada a la piel. La normalidad no estaba en los dias que quedaron atras: tan solo se encontraba en aquello que la suerte nos ponia delante cada manana. En Marruecos, en Espana o Portugal, al mando de un taller de costura o al servicio de la inteligencia britanica: en el lugar hacia el que yo quisiera dirigir el rumbo o clavar los puntales de mi vida, alli estaria ella, mi normalidad. Entre las sombras, bajo las palmeras de una plaza con olor a hierbabuena, en el fulgor de los salones iluminados por lamparas de arana o en las aguas revueltas de la guerra. La normalidad no era mas que lo que mi propia voluntad, mi compromiso y mi palabra aceptaran que fuera y, por eso, siempre estaria conmigo. Buscarla en otro sitio o quererla recuperar del ayer no tenia el menor sentido.

Fui a Embassy aquel mediodia con las ideas claras y la mente despejada. Comprobe que Hillgarth se encontraba apurando su aperitivo acodado en la barra mientras charlaba con dos militares de uniforme. Deje entonces caer el bolso al suelo con frivola desfachatez. Cuatro horas mas tarde recibi las primeras ordenes sobre la nueva mision: me citaban para un tratamiento facial a la manana siguiente en el salon de peluqueria y belleza de todas las semanas. Cinco dias mas tarde, llegue a Lisboa.

Descendi al anden con un vestido de gasa estampado, guantes blancos de primavera y una enorme pamela: una espuma de glamour entre la carbonilla de las locomotoras y la prisa gris de los viajeros. Me esperaba un automovil anonimo listo para llevarme a mi destino: Estoril.

Callejeamos por una Lisboa llena de viento y luz, sin racionamiento ni cortes de electricidad, con flores, azulejos y puestos callejeros de verdura y fruta fresca. Sin solares repletos de escombros ni mendigos harapientos; sin marcas de obuses, sin brazos en alto ni yugos y flechas pintados a brochazos sobre los muros. Recorrimos zonas nobles y elegantes con anchas aceras de piedra y edificios senoriales vigilados por estatuas de reyes y navegantes; transitamos tambien por zonas populares con tortuosas callejas llenas de bullicio, geranios y olor a sardinas. Me sorprendio la majestuosidad del Tajo, el ulular de las sirenas del puerto y el chirriar de los tranvias. Me fascino Lisboa, una ciudad ni en paz ni en guerra: nerviosa, agitada, palpitante.

Atras fueron quedando Alcantara, Belem y sus monumentos. Las aguas batian con fuerza a medida que avanzamos por la Estrada Marginal. A la derecha nos flanqueaban antiguas villas protegidas por verjas de hierro forjado entre las que reptaban enredaderas cargadas de flores. Todo parecia diferente y llamativo, pero tal vez lo era en un sentido distinto al que las apariencias mostraban. Habia sido advertida para ello: la pintoresca Lisboa que acababa de contemplar desde la ventanilla de un auto y el Estoril al que llegaria en unos minutos estaban llenos de espias. El mas minimo rumor tenia un precio y cualquiera con dos orejas era un confidente en potencia; desde los mas altos cargos de cualquier embajada, hasta los camareros, los tenderos, las doncellas y los taxistas. «Extreme la prudencia» fue otra vez la consigna.

Tenia una habitacion reservada en el hotel Do Parque, un alojamiento magnifico para una clientela mayoritariamente internacional en el que solian alojarse mas alemanes que ingleses. Cerca, muy cerca, en el hotel Palacio, ocurria lo contrario. Y despues, en las noches de casino, se juntaban todos bajo el mismo techo: en aquel pais teoricamente neutral, el juego y el azar no entendian de guerras. Apenas freno el coche, un mozo uniformado aparecio para abrirme la portezuela mientras otro se encargaba del equipaje. Accedi al hall como pisando una alfombra de seguridad y despreocupacion a la vez que me desprendia de las gafas oscuras con las que me habia protegido desde que abandone el tren. Barri entonces la grandiosa recepcion con una mirada de estudiado desden. No me impresiono el brillo del marmol, ni las alfombras y el terciopelo de las tapicerias, ni las columnas elevandose hasta los techos tan inmensos como los de una catedral. Tampoco detuve la atencion en los huespedes elegantes que aislados o en grupos leian la prensa, charlaban, tomaban un coctel o veian la vida pasar. Mi capacidad de reaccion ante todo aquel glamour estaba ya mas que amaestrada: no les preste la menor atencion y tan solo me dirigi con paso decidido a registrar mi llegada.

Comi sola en el restaurante del hotel, despues pase un par de horas en la habitacion tumbada mirando el techo. A las seis menos cuarto el telefono me saco de mi ensimismamiento. Lo deje sonar tres veces, trague saliva, levante el auricular y respondi. Y entonces todo echo a rodar.

50

Las instrucciones me habian llegado dias atras en Madrid a traves de un cauce muy poco convencional. Por primera vez no fue Hillgarth el encargado de transmitirmelas, sino alguien a sus ordenes. La empleada del salon de peluqueria al que asistia todas las semanas me condujo diligente a uno de los gabinetes interiores donde realizaban los tratamientos de belleza. De los tres sillones reclinables previstos para tales funciones, el de la derecha, casi en posicion horizontal, estaba ya ocupado por una clienta cuyas facciones no pude distinguir. Una toalla le cubria el pelo a modo de turbante, otra le rodeaba el cuerpo desde el escote hasta las rodillas. Sobre el rostro tenia una espesa mascarilla blanca que tan solo dejaba al descubierto la boca y los ojos. Cerrados.

Me cambie detras de un biombo y me sente en el sillon contiguo con un atuendo identico. Tras recostar el respaldo con un pedal y aplicarme la misma mascarilla, la empleada salio sigilosa cerrando la puerta tras de si. Solo entonces oi la voz a mi lado.

–Nos alegra que finalmente vaya a encargarse de la mision. Confiamos en usted, creemos que puede hacer un buen trabajo.

Hablo sin mover la postura, en voz baja y con fuerte acento ingles. Al igual que Hillgarth, utilizaba el plural. No se identifico.

–Lo intentare -replique mirandola con el rabillo del ojo.

Oi el clic de un encendedor y un olor familiar impregno el ambiente.

–Nos han pedido refuerzos directamente desde Londres -continuo-. Hay sospechas de que un supuesto colaborador portugues puede estar haciendo un doble juego. No es un agente, pero mantiene una excelente relacion con nuestro personal diplomatico en Lisboa y esta implicado en distintos negocios con empresas britanicas. Sin embargo, hay indicios de que esta empezando a establecer relaciones paralelas con los alemanes.

–?Que tipo de relaciones?

–Comerciales. Comerciales muy potentes, probablemente destinadas no solo a beneficiar a los

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