La puerta se abrio en ese momento. Volvio a entrar la empleada y se concentro en el rostro de la inglesa. Trabajo durante mas de veinte minutos, a lo largo de los cuales no volvimos a cruzar una palabra. Cuando termino, la chica salio de nuevo y mi desconocida instructora procedio a vestirse tras el biombo.
–Sabemos que tiene una buena amiga en Lisboa, pero no creemos prudente que se vean -dijo desde la distancia-. La senora Fox sera oportunamente avisada para que actue como si no se conocieran en el caso de que por casualidad coincidiera con usted en algun momento. Le rogamos que haga usted lo mismo.
–De acuerdo -murmure con los labios rigidos. No me agradaba en absoluto aquella orden, me habria encantado volver a ver a Rosalinda. Pero entendia la inconveniencia y la acate: no quedaba mas remedio.
–Manana le llegaran detalles sobre el viaje, puede que incluyamos alguna informacion adicional. El tiempo previsto en principio para su mision es de un maximo de dos semanas: si por alguna razon de extrema urgencia necesitara demorarse algo mas, envie un cable a la floristeria Bourguignon y solicite que envien un ramo de flores a una amiga inexistente por su cumpleanos. Inventese el nombre y la direccion; las flores no saldran nunca del establecimiento pero, si reciben un pedido desde Lisboa, nos transmitiran el aviso. Contactaremos entonces con usted de alguna manera, este al tanto.
La puerta volvio a abrirse, la empleada entro de nuevo cargada de toallas. El objetivo de su trabajo esta vez iba a ser yo. Me deje hacer con aparente docilidad mientras me esforzaba por ver a la persona recien vestida que estaba a punto de emerger de detras del biombo. No se demoro, pero cuando por fin salio se cuido mucho de no volver la cara hacia mi. Observe que tenia el pelo claro y ondulado, y vestia un traje de chaqueta de tweed, un atuendo tipicamente ingles. Alargo entonces el brazo para coger un bolso de piel que descansaba sobre un pequeno banco adosado a la pared, un bolso que me resulto vagamente familiar: se lo habia visto a alguien recientemente y no era el tipo de complemento que por entonces se vendia en las tiendas espanolas. Extendio despues la mano y alcanzo una cajetilla roja de cigarrillos dejada con descuido encima de un taburete. Y entonces lo supe: aquella senora que fumaba Craven A y que en aquel momento salia del gabinete sin murmurar mas que un somero adios, era la esposa del capitan Alan Hillgarth. La misma a la que vi por primera vez apenas unos dias atras, agarrada al brazo de su marido cuando este, el ferreo jefe de los Servicios Secretos en Espana, se llevo al verme en el hipodromo uno de los sustos mas grandes de su carrera.
51
Manuel da Silva me esperaba en el bar del hotel. La barra estaba concurrida: grupos, parejas, hombres solos. Nada mas traspasar la doble puerta de acceso, supe quien era el. Y el, quien era yo.
Delgado y apuesto, moreno, con las sienes empezando a platear y un esmoquin de chaqueta clara. Manos cuidadas, mirada oscura, movimientos elegantes. En efecto, tenia porte y maneras de conquistador. Pero habia algo mas en el: algo que intui apenas cruzamos el primer saludo y me cedio el paso hacia la balconada abierta sobre el jardin. Algo que me hizo ponerme alerta inmediatamente. Inteligencia. Sagacidad. Determinacion. Mundo. Para enganar a aquel hombre, iba a necesitar mucho mas que unas cuantas sonrisas encantadoras y un arsenal de mohines y pestaneos.
–No sabe como lamento no poder cenar con usted pero, como le he dicho antes por telefono, tengo un compromiso previsto desde hace semanas -dijo mientras me sostenia caballeroso el respaldo de una butaca.
–No se preocupe en absoluto -conteste acomodandome con fingida languidez. La gasa color azafran del vestido casi rozo el suelo; con gesto estudiado eche la melena hacia atras sobre los hombros desnudos y cruce las piernas dejando salir un tobillo, el principio de un pie y la punta afilada del zapato. Note como Da Silva no despegaba la vista de mi ni un segundo-. Ademas -anadi-, estoy un poco cansada tras el viaje; me vendra bien acostarme temprano.
Un camarero puso una champanera a nuestro lado y dos copas sobre la mesa. La terraza se volcaba sobre un jardin exuberante repleto de arboles y plantas; oscurecia, pero aun se percibian los ultimos destellos de sol. Una brisa suave recordaba que el mar estaba muy cerca. Olia a flores, a perfume frances, a sal y verdor. Un piano sonaba en el interior y desde las mesas cercanas surgian conversaciones distendidas en varias lenguas. El Madrid reseco y polvoriento que habia dejado atras hacia menos de veinticuatro horas me parecio de pronto una negra pesadilla de otro tiempo.
–Tengo que confesarle algo -dijo mi anfitrion una vez que las copas estuvieron llenas.
–Lo que quiera -replique llevandome la mia a los labios.
–Es usted la primera mujer marroqui que conozco en mi vida. Esta zona esta ahora mismo llena de extranjeros de mil nacionalidades distintas, pero todos proceden de Europa.
–?No ha estado nunca en Marruecos?
–No. Y lo lamento; sobre todo si todas las marroquies son como usted.
–Es un pais fascinante de gente maravillosa, pero me temo que le seria dificil encontrar alli muchas mujeres como yo. Soy una marroqui atipica porque mi madre es espanola. No soy musulmana y mi lengua materna no es el arabe, sino el espanol. Pero adoro Marruecos: alli, ademas, vive mi familia y alli tengo mi casa y mis amigos. Aunque ahora resida en Madrid.
Volvi a beber, satisfecha por haber tenido que mentir tan solo lo imprescindible. Los embustes descarados se habian convertido en una constante en mi vida, pero me sentia mas segura cuando no necesitaba recurrir a ellos en exceso.
–Usted tambien habla un espanol excelente -apunte.
–He trabajado mucho con espanoles; mi padre, de hecho, tuvo durante anos un socio madrileno. Antes de la guerra, de la guerra espanola, quiero decir, solia ir bastante a Madrid por asuntos de trabajo; en los ultimos tiempos estoy mas centrado en otros negocios y viajo menos a Espana.
–Probablemente no es buen momento.
–Depende -dijo con un punto de ironia-. A usted, al parecer, le van muy bien las cosas.
Sonrei de nuevo mientras me preguntaba que demonios le habrian contado acerca de mi.
