implicandose. Su tiempo valia oro molido y sus compromisos eran sin duda incontables. El hecho de que se hubiera ofrecido a ocuparse el mismo de mis insignificantes demandas suponia que mi cometido marchaba con buen rumbo.
–Me pondre en contacto con usted tan pronto como me sea posible.
Tendio entonces la mano para despedirse.
–Mil gracias, senor Da Silva -dije ofreciendole las mias. No una, sino las dos.
–Llameme Manuel, por favor -sugirio. Note que las retenia unos segundos mas de
–Entonces, yo tendre que ser Arish.
–Buenas noches, Arish. Ha sido un verdadero placer conocerla. Hasta que volvamos a vernos, descanse y disfrute de nuestro pais.
Entre en el ascensor y le mantuve la mirada hasta que las dos compuertas doradas comenzaron a cerrarse, estrechando progresivamente la vision del hall. Manuel da Silva permanecio frente a ellas hasta que - primero los hombros, despues las orejas y el cuello, y por fin la nariz -su figura desaparecio tambien.
Cuando me supe fuera del alcance de su mirada y comenzamos a subir, suspire con tal fuerza que el joven ascensorista a punto estuvo de preguntarme si me encontraba bien. El primer paso de mi mision acababa de finalizar: prueba superada.
52
Baje a desayunar temprano. Zumo de naranja, trino de pajaros, pan blanco con mantequilla, la sombra fresca de un toldo, bizcochos de espuma y un cafe glorioso. Demore todo lo posible la estancia en el jardin: comparado con el ajetreo con el que comenzaba los dias en Madrid, aquello me parecio el cielo mismo. Al volver a la habitacion encontre un centro de flores exoticas sobre el escritorio. Por pura inercia, lo primero que hice fue desatar rapidamente la cinta que lo adornaba en busca de un mensaje cifrado. Pero no encontre puntos ni rayas que transmitieran instrucciones y si, en cambio, una tarjeta manuscrita.
Tenia una caligrafia elegante y vigorosa y, a pesar de la buena impresion que supuestamente le cause la noche anterior, el mensaje no era en absoluto adulador, ni siquiera obsequioso. Cortes, pero sobrio y firme. Mejor asi. De momento.
Joao resulto ser un hombre de pelo y uniforme gris, con un mostacho poderoso y los sesenta anos sobrepasados al menos una decada atras. Me aguardaba en la puerta del hotel, charlando con otros companeros de oficio bastante mas jovenes mientras fumaba compulsivamente a la espera de algun quehacer. El senor Da Silva lo enviaba para llevar a la senorita a donde ella quisiera, anuncio mirandome de arriba abajo sin disimulo. Supuse que no era la primera vez que recibia un encargo de ese tipo.
–De compras a Lisboa, por favor. – En realidad, mas que las calles y las tiendas, lo que me interesaba era matar el tiempo a la espera de que Manuel da Silva se hiciera ver de nuevo.
Inmediatamente supe que Joao distaba mucho del clasico conductor discreto y centrado en su cometido. Apenas arranco el Bentley negro, comento algo sobre el tiempo; un par de minutos despues se quejo del estado de la carretera; mas tarde, me parecio entender que despotricaba sobre los precios. Ante aquellas evidentes ganas de hablar, pude adoptar dos papeles bien distintos: el de la senora distante que consideraba a los empleados como seres inferiores a los que no hay que dignarse ni siquiera a mirar, o el de la extranjera de elegante simpatia que, aun manteniendo las distancias, era capaz de desplegar su encanto hasta con el servicio. Me habria sido mas comodo asumir la primera personalidad y pasar el dia aislada en mi propio mundo sin las interferencias de aquel vejete parlanchin, pero supe que no debia hacerlo en cuanto, un par de kilometros mas adelante, menciono los cincuenta y tres anos que llevaba trabajando para los Da Silva. El papel de altiva senora me habria resultado extremadamente comodo, cierto, pero la otra opcion iba a tener una utilidad mucho mayor. Me interesaba mantener a Joao hablando por agotador que pudiera llegar a ser: si estaba al tanto del pasado de Da Silva, tal vez podria conocer tambien algun asunto de su presente.
Avanzamos por la Estrada Marginal con el mar rugiendo a la derecha y, para cuando comenzamos a atisbar las docas de Lisboa, yo ya tenia una idea perfilada del emporio empresarial del clan. Manuel da Silva era hijo de Manuel da Silva y nieto de Manuel da Silva: tres hombres de tres generaciones cuya fortuna comenzo con una simple taberna portuaria. De servir vino tras un mostrador, el abuelo paso a venderlo a granel en barriles; el negocio se traslado entonces hasta un almacen destartalado y ya en desuso que Joao me senalo al pasar. El hijo recogio el testigo y expandio la empresa: al vino anadio la venta mayorista de otras mercancias, pronto se sumaron las primeras tentativas de comercio colonial. Cuando las riendas pasaron al tercer eslabon de la saga, el negocio era ya prospero, pero la consolidacion definitiva llego con el ultimo Manuel, el que yo acababa de conocer. Algodon de Cabo Verde, maderas de Mozambique, sedas chinas de Macao. Ultimamente habia vuelto a volcarse tambien en explotaciones nacionales: viajaba de vez en cuando al interior del pais, aunque Joao no logro decirme con que comerciaba alli.
El viejo Joao estaba practicamente retirado: un sobrino le habia sustituido unos anos atras como
En una tienda del Chiado compre varios pares de guantes, tan dificiles de encontrar en Madrid. En otra, una docena de medias de seda, el sueno imposible de las espanolas en la dura posguerra. Un poco mas adelante, un sombrero de primavera, jabones perfumados y dos pares de sandalias; despues, cosmeticos americanos: mascara de pestanas,
