Otros apuntes, en cambio, me resultaron mas estimulantes. El veterano
A lo largo del dia tuve tambien ocasion de contemplar la fauna humana que habitaba la ciudad: lisboetas de todo tipo y condicion, hombres de traje oscuro y senoras elegantes, nuevos ricos recien llegados del campo a la capital para comprar relojes de oro y ponerse dientes postizos, mujeres enlutadas como cuervos, alemanes de aspecto intimidante, refugiados judios caminando cabizbajos o haciendo cola para conseguir un pasaje con destino a la salvacion, y extranjeros de mil acentos huyendo de la guerra y sus efectos devastadores. Entre ellos, supuse, se encontraria Rosalinda. A peticion mia, como si se tratara de un simple capricho, Joao me mostro la hermosa avenida da Liberdade, con su pavimento de piedras blancas y negras, y arboles casi tan altos como los edificios que flanqueaban su anchura. Alli vivia ella, en el numero 114; esa era la direccion que aparecia en las cartas que Beigbeder llevo a mi casa en la que probablemente fuera la noche mas amarga de su vida. Busque el numero y lo halle sobre el gran porton de madera enclavado en el centro de una fachada imponente de azulejos. Que menos, pense con un punto de melancolia.
Por la tarde seguimos recorriendo rincones, pero alrededor de las cinco me senti desfallecer. El dia habia sido caluroso y demoledor, y la charla incombustible de Joao me habia dejado la cabeza a punto de estallar.
–Una ultima parada mas, aqui mismo -propuso cuando le dije que era hora de regresar. Detuvo el auto frente a un cafe de entrada modernista en la rua Garrett A Brasileira.
–Nadie puede irse de Lisboa sin tomar un buen cafe -anadio.
–Pero, Joao, es tardisimo… -proteste con voz quejosa.
–Cinco minutos, nada mas. Entre y pida un bico, vera como no se arrepiente.
Accedi sin ganas: no queria importunar a aquel inesperado confidente que en algun momento podria volverme a resultar de utilidad. A pesar de la recargada ornamentacion y el abundante numero de parroquianos, el local estaba fresco y agradable. La barra a la derecha, las mesas a la izquierda; un reloj al frente, molduras doradas en el techo y grandes cuadros en las paredes. Me sirvieron una pequena taza de loza blanca y probe un sorbo con cautela. Cafe negro, fuerte, magnifico. Joao tenia razon: un verdadero reconstituyente. Mientras esperaba a que se enfriara, me dedique a rebobinar el dia. Repesque detalles sobre Da Silva, los valore y los clasifique mentalmente. Cuando en la taza no quedaban mas que los posos, deje junto a ella un billete y me levante.
El encontronazo fue tan inesperado, tan brusco y potente que no tuve manera alguna de reaccionar. Tres hombres entraban charlando en el momento exacto en que yo me disponia a salir: tres sombreros, tres corbatas, tres rostros extranjeros que hablaban en ingles. Dos de ellos desconocidos, el tercero no. Mas de tres eran tambien los anos pasados desde que nos despedimos. A lo largo de ellos, Marcus Logan apenas habia cambiado.
Le vi antes que el a mi: para cuando percibio mi presencia, yo, angustiada, ya habia desviado la mirada hacia la puerta.
–Sira… -murmuro.
Nadie me habia llamado asi desde hacia mucho tiempo. El estomago se me encogio y a punto estuve de vomitar el cafe sobre el marmol del suelo. Frente a mi, a poco mas de un par de metros de distancia, con la ultima letra de mi nombre aun colgada de la boca y la sorpresa plasmada en el rostro, estaba el hombre con quien comparti temores y alegria; el hombre con el que rei, converse, pasee, baile y llore, el que consiguio devolverme a mi madre y del que me resisti a enamorarme del todo a pesar de que durante unas semanas intensas nos unio algo mucho mas fuerte que la simple amistad. El pasado cayo de pronto entre nosotros como un telon: Tetuan, Rosalinda, Beigbeder, el hotel Nacional, mi viejo taller, los dias alborotados y las noches sin final; lo que pudo haber sido y no fue en un tiempo que ya nunca volveria. Quise abrazarle, decirle si, Marcus, soy yo. Quise pedirle de nuevo sacame de aqui, quise correr agarrada de su mano como una vez hicimos entre las sombras de un jardin africano: volver a Marruecos, olvidar que existia algo que se llamaba Servicio Secreto, ignorar que tenia un turbio trabajo por hacer y un Madrid triste y gris al que regresar. Pero no hice nada de aquello porque la lucidez, con un grito de alarma mas poderoso que mi propia voluntad, me aviso de que no tenia mas remedio que fingir no conocerle. Y obedeci.
No atendi a mi nombre ni me digne a mirarle. Como si fuera sorda y ciega, como si aquel hombre nunca hubiera supuesto nada en mi vida ni yo le hubiese dejado la solapa llena de lagrimas mientras le pedia que no se marchara de mi lado. Como si el afecto profundo que construimos entre los dos se me hubiera diluido en la memoria. Tan solo le ignore, fije la mirada en la salida
Joao me esperaba con la portezuela trasera abierta. Afortunadamente, su atencion estaba concentrada en un pequeno percance en la acera opuesta, una trifulca callejera que incluia a un perro, una bicicleta y varios viandantes que discutian airados. Solo fue consciente de mi llegada cuando yo se lo hice saber.
–Vamonos rapido, Joao; estoy agotada -susurre mientras me acomodaba.
Cerro la portezuela en cuanto estuve dentro; se instalo acto seguido tras el volante y arranco a la vez que me preguntaba que me habia parecido su ultima recomendacion. No conteste: tenia toda la energia concentrada en mantener la mirada hacia el frente y no girar la cabeza. Y casi lo consegui. Pero cuando el Bentley comenzo a deslizarse sobre los adoquines, algo irracional dentro de mi le gano el pulso a la resistencia y me mando hacer lo que no debia: volverme a mirarle.
Marcus habia salido a la puerta y se mantenia inmovil, erguido, con el sombrero aun puesto y el gesto concentrado, contemplando mi marcha con las manos hundidas en los bolsillos del pantalon. Tal vez se preguntaba si lo que acababa de ver era la mujer a la que un dia pudo empezar a querer o tan solo su fantasma.
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Al llegar al hotel pedi al
