realidad el edificio entero era la sede del negocio. Gamboa, sin embargo, me condujo directamente a la primera planta.

–Don Manuel la recibira en seguida -anuncio antes de desaparecer.

La antesala en la que me acomodo tenia las paredes forradas de madera lustrosa con aspecto de recien encerada. Seis butacas de piel con formaban la zona de espera; un poco mas hacia dentro, mas cercanas a la puerta doble que anticipaba el despacho de Da Silva, habia dos mesas: una ocupada, otra vacia. En la primera trabajaba una secretaria cercana al medio siglo que, a juzgar por el formal saludo con el que me recibio y por el cuidado primoroso con el que anoto algo en un grueso cuaderno, debia de ser una trabajadora eficiente y discreta, el sueno de cualquier jefe. Su companera, bastante mas joven, apenas tardo un par de minutos en dejarse ver: lo hizo tras abrir una de las puertas del despacho de Da Silva y salir de el acompanando a un hombre de aspecto anodino. Un cliente, un contacto comercial probablemente.

–El senor Da Silva la espera, senorita -dijo ella entonces con gesto desabrido. Fingi no prestarle demasiada atencion, pero una simple mirada me sirvio para tomarle las medidas. De mi edad, ano mas, ano menos. Con gafas de corta de vista, clara de pelo y de piel, esmerada en su arreglo aunque con ropa de calidad mas bien modesta. No pude observarla mas porque en aquel momento el propio Manuel da Silva salio a recibirme a la antesala.

–Es un placer tenerla aqui, Arish -dijo con su excelente espanol. Le compense tendiendole la mano con calculada lentitud para darle tiempo a que me viera y decidiera si aun era digna de sus atenciones. A juzgar por su reaccion, supe que si. Me habia esforzado para que asi fuera: para aquel encuentro de negocios habia reservado un dos piezas en tono mercurio con falda de lapiz, chaqueta ajustada y una flor blanca en la solapa restando sobriedad al color. El resultado se vio compensado con una disimulada mirada apreciativa y una sonrisa galante.

–Adelante, por favor. Ya me han traido esta manana todo lo que quiero ensenarle.

En una esquina del amplio despacho, bajo un gran mapamundi, descansaban varios rollos de telas. Sedas. Sedas naturales, brillantes y tersas, magnificas sedas tenidas en colores llenos de lustre. Con tan solo tocarlas, anticipe la hermosa caida de los trajes que con ella podria coser.

–?Estan a la altura de lo que esperaba?

La voz de Manuel da Silva sono a mi espalda. Por unos segundos, unos minutos tal vez, me habia olvidado de el y de su mundo. El placer de comprobar la belleza de las telas, de palpar su suavidad e imaginar los acabados, me habia alejado momentaneamente de la realidad. Por suerte, no tuve que hacer ningun esfuerzo para halagar las mercancias que habia dispuesto a mi alcance.

–Lo superan. Son maravillosas.

–Pues le aconsejo que se quede con todos los metros que pueda, porque mucho me temo que no tardaran en quitarnoslas de las manos.

–?Tanta demanda tienen?

–Eso anticipamos. Aunque no para dedicarlas exactamente a la moda.

–?Para que si no? – pregunte sorprendida.

–Para otras necesidades mas apremiantes en estos dias: para la guerra.

–?Para la guerra? – repeti fingiendo incredulidad. Sabia que asi era en otros paises, Hillgarth me habia puesto en antecedentes en Tanger.

–Usan la seda para hacer paracaidas, para proteger la polvora y hasta para los neumaticos de las bicicletas.

Simule una pequena carcajada.

–?Que desperdicio tan absurdo! Con la seda que necesita un para caidas podrian hacerse al menos diez trajes de noche.

–Si, pero corren tiempos dificiles. Y los paises en guerra estaran pronto dispuestos a pagar lo que haga falta por ellas.

–Y usted, Manuel, ?a quien va a vender estas divinidades, a los alemanes o a los ingleses? – pregunte con tono burlon, como si no acabara de tomarme en serio lo que decia. Yo misma me sorprendi ante mi descaro, pero el me siguio la broma.

–Los portugueses tenemos viejas alianzas comerciales con los ingleses aunque, en estos dias convulsos, nunca se sabe… -Remato su inquietante respuesta con una carcajada, pero antes de darme tiempo para interpretarla, desvio la conversacion hacia cuestiones mas practicas y cercanas-. Aqui tiene una carpeta con datos detallados sobre las telas: referencias, calidades, precios; en fin, lo comun -dijo mientras se acercaba a su mesa de trabajo-. Llevesela al hotel, tomese su tiempo y, cuando haya decidido lo que le interesa, rellene una hoja de pedido y yo me encargare de que le envien todo directamente a Madrid; lo recibira en menos de una semana. Podra hacer el pago desde alli al recibo de la mercancia, no se preocupe por eso. Y no se olvide de aplicar a cada precio un veinte por ciento de descuento, cortesia de la casa.

–Pero…

–Y aqui -anadio sin dejarme terminar- tiene otra carpeta con detalles de proveedores locales de generos y mercancias que pueden ser de su interes. Hilaturas, pasamanerias, botonaduras, pieles curtidas… Me he tomado la licencia de pedir que le concierten citas con todos ellos y aqui esta el programa, en este cuadrante, vea: esta tarde la esperan los hermanos Soares, tienen los mejores hilos de todo Portugal; manana viernes por la manana la recibiran en Casa Barbosa, donde hacen botones de marfil africano. El sabado por la manana tiene concertada una visita con el peletero Almeida, y ya no hay nada previsto hasta el proximo lunes. Pero preparese, porque la semana empezara otra vez cargada de citas.

Estudie el papel lleno de casillas y oculte mi admiracion por la excelente gestion realizada.

–Ademas del domingo, veo que tambien me deja descansar manana viernes por la tarde -dije sin levantar la mirada del documento.

–Me temo que se equivoca.

–Creo que no. En su planificacion aparece en blanco, mire.

Вы читаете El tiempo entre costuras
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату