como hombre, en todo lo que para mi supuso el tiempo que pase a su lado, y en las consecuencias a las que podria enfrentarme si volvia a producirse un nuevo encuentro en algun momento inoportuno. Amanecia cuando me acoste. Tenia el estomago vacio, la boca reseca y el alma encogida.
El jardin y el desayuno fueron los mismos que la manana anterior pero, aunque hice esfuerzos por comportarme con la misma naturalidad, ya no los disfrute igual. Me obligue a desayunar con consistencia a pesar de no tener hambre, me demore todo lo posible hojeando varios periodicos escritos en lenguas que no entendi, y solo me levante cuando ya no quedaban mas que un punado de huespedes rezagados dispersos entre las mesas. Todavia no eran las once de la manana: tenia un dia entero por delante y nada mas con que llenarlo que mis propios pensamientos.
Regrese a la habitacion, la habian arreglado ya. Me tumbe en la cama y cerre los ojos. Diez minutos. Veinte. Treinta. No llegue a los cuarenta: no pude soportar seguir dando vueltas a lo mismo ni un segundo mas. Me cambie de ropa: me puse una falda ligera, una blusa blanca de algodon y un par de sandalias bajas. Me cubri el pelo con un panuelo estampado, me parapete tras unas grandes gafas de sol y sali de la habitacion evitando verme reflejada en ningun espejo: no quise contemplar el gesto taciturno que se me habia clavado en la cara.
Apenas habia nadie en la playa. Las olas, anchas y planas, se sucedian monotonas una tras otra. En las cercanias, lo que parecia un castillo y un promontorio con villas majestuosas; al frente, un oceano casi tan grande como mi desazon. Me sente en la arena a contemplarlo y, con la vista concentrada en el vaiven de la espuma, perdi la nocion del tiempo y me fui dejando llevar. Cada ola trajo consigo un recuerdo, una estampa del pasado: memorias de la joven que un dia fui, de mis logros y temores, de los amigos que deje atras en algun lugar del tiempo; escenas de otras tierras, de otras voces. Y sobre todo, el mar me trajo aquella manana sensaciones olvidadas entre los pliegues de la memoria: la caricia de una mano querida, la firmeza de un brazo amigo, la alegria de lo compartido y el anhelo de lo deseado.
Eran casi las tres de la tarde cuando me sacudi la arena de la falda. Hora de regresar, una hora tan buena como cualquier otra. O tan mala quiza. Cruce la carretera hacia el hotel, apenas pasaban coches. Uno se alejaba en la distancia, otro se acercaba despacio. Me resulto familiar
Acelere el paso y me esforce por mostrarme agil y animosa. Aunque Joao ya habia desaparecido, otros ojos podrian estar observandome desde cualquier rincon por encargo de Da Silva. Era del todo imposible que sospechara nada de mi, pero tal vez su personalidad de hombre poderoso y controlador necesitara saber que era exactamente lo que estaba haciendo la visitante marroqui en vez de disfrutar de su auto. Y yo tendria que encargarme de mostrarselo.
Por una escalera lateral subi a mi habitacion; me arregle y reapareci. Donde media hora atras habian estado la falda ligera y la blusa de algodon, habia ahora un elegante tailleur color mandarina y, en lugar de las sandalias planas, calzaba un par de stilettos de piel de serpiente. Las gafas desaparecieron y me maquille con los cosmeticos comprados el dia anterior. La melena, ya sin panuelo, me caia suelta sobre los hombros. Descendi por la escalera central con aire cadencioso y me pasee sin prisa por la balconada del piso superior abierta sobre el amplio vestibulo. Baje un piso mas hasta la planta principal sin olvidarme de sonreir a cuantas almas me cruce por el camino. Salude con elegantes inclinaciones de cabeza a las senoras: igual me dio su edad, su lengua o que ni se molestaran en devolverme la atencion. Acelere el pestaneo con los caballeros, pocos nacionales, muchos extranjeros; a alguno especialmente decrepito le dedique incluso una coqueta carantona. Solicite a uno de los recepcionistas un cable dirigido a dona Manuela y pedi que lo enviaran a mi propia direccion. «Portugal maravilloso, compras excelentes. Hoy dolor de cabeza y descanso. Manana visita a atento proveedor. Saludos cordiales, Arish Agoriuq.» Elegi despues uno de los sillones que en grupos de cuatro se repartian por el amplio hall, me esforce porque estuviera en un sitio de paso y bien a la vista. Y entonces cruce las piernas, pedi dos aspirinas y una taza de te, y dedique el resto de la tarde a dejarme ver.
Aguante disimulando el aburrimiento casi tres horas, hasta que las tripas empezaron a crujirme. Fin de la funcion: me merecia volver a mi cuarto y pedir algo para cenar al servicio de habitaciones. Estaba a punto de levantarme cuando un botones se acerco sosteniendo una pequena bandeja de plata. Y sobre ella, un sobre. Y dentro, una tarjeta.
Las noticias volaban, efectivamente. Estuve tentada a girarme en busca del
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Joao lanzo la colilla al suelo, proclamo su bom dia mientras la remataba con la suela del zapato y me sostuvo la puerta. Volvio a examinarme de arriba abajo. Esta vez, sin embargo, no tendria ocasion de adelantarle nada a su patron acerca de mi, porque yo misma iba a verle en apenas media hora.
Las oficinas de Da Silva se encontraban en la centrica rua do Ouro, la calle del oro que conectaba Rossio con la placa do Comercio en la Baixa. El edificio era elegante sin estridencias, aunque todo a su alrededor desprendia un intenso aroma a dinero, transacciones y negocios productivos. Bancos, montepios, oficinas, senores entrajetados, empleados con prisa y botones a la carrera conformaban el panorama exterior.
Al bajar del Bentley fui recibida por el mismo hombre delgado que interrumpio nuestra conversacion la noche en que Da Silva acudio a conocerme. Atento y sigiloso, esta vez me estrecho la mano y se presento escuetamente como Joaquim Gamboa; acto seguido me dirigio reverencial hasta el ascensor. En un principio crei que las oficinas de la empresa se encontraban en una de las plantas, pero tarde poco en darme cuenta de que en
