Sin saber que hacer, deje a Gonzalo repartiendo aun saludos y me sente en el angulo mas protegido de la tribuna con los hombros encogidos, las solapas de la chaqueta subidas y la cabeza medio agachada, intentando -ilusamente- pasar desapercibida en un espacio diafano donde de sobra sabia que era imposible esconderse.

–?Te encuentras bien? Estas palida -dijo mi padre mientras me tendia una copa de cup de frutas.

–Creo que estoy un poco mareada, se me pasara pronto -menti.

Si en la gama de los colores existiera alguno mas oscuro que el negro, mi animo habria estado a punto de rozarlo tan pronto como el palco aleman comenzo a agitarse con un mayor movimiento. Vi de reojo como entraban mas soldados; tras ellos llego un robusto superior dando ordenes, senalando aqui y alla, lanzando ojeadas cargadas de desprecio hacia el palco de los ingleses. Los siguieron varios oficiales con botas brillantes, gorras de plato y la inevitable esvastica en el brazo. Ni se dignaron a mirar en nuestra direccion: se mantuvieron simplemente altivos y distantes, manifestando con su actitud envarada un evidente desden hacia los ocupantes de la tribuna vecina. Unos cuantos individuos vestidos de calle llegaron despues, note con un escalofrio que alguno de aquellos rostros me resultaba familiar. Probablemente todos ellos, militares y civiles, estaban enlazando aquel evento con otro previo, de ahi que hicieran su aparicion practicamente a la vez, con grupos formados y el tiempo justo para ver la primera carrera. De momento solo habia hombres: mucho me equivocaria si sus esposas no los seguian de inmediato.

El ambiente se animaba por segundos en medida proporcional al incremento de mi angustia: el grupo de britanicos se habia nutrido, los prismaticos pasaban de mano en mano y las conversaciones trataban con la misma familiaridad del turf, el paddock y los jockeys que de la invasion de Yugoslavia, los atroces bombardeos sobre Londres o el ultimo discurso de Churchill en la radio. Y justo entonces le vi. Le vi y el me vio. Y de pronto senti que me faltaba el aliento. El capitan Alan Hillgarth acababa de entrar en el palco con una elegante mujer rubia del brazo: su esposa, probablemente. Poso en mi los ojos apenas unas decimas de segundo y despues, conteniendo un minusculo gesto de alarma y desconcierto que solo yo aprecie, dirigio una mirada veloz hacia el palco aleman al que seguia llegando un goteo incesante de personas.

Le esquive levantandome para evitar tenerle que mirar de frente, estaba convencida de que aquello era el final, de que ya no habia manera humana de escapar de esa ratonera. No podria haber previsto un desenlace mas patetico para mi breve carrera de colaboradora de la inteligencia britanica: estaba a punto de ser descubierta en publico, delante de mis clientas, de mi superior y de mi propio padre. Me agarre a la barandilla apretando los dedos y desee con todas mis fuerzas que aquel dia nunca hubiera llegado: no haber salido nunca de Marruecos, no haber aceptado jamas aquella disparatada propuesta que habia hecho de mi una conspiradora imprudente y cargada de torpeza. Sono el pistoletazo de la primera carrera, los caballos comenzaron su galope febril y los gritos entusiastas del publico rasgaron el aire. Mi mirada se mantenia supuestamente concentrada en la pista, pero mis pensamientos trotaban ajenos a los cascos de los caballos. Intui que las alemanas deberian estar ya llenando su palco y presenti la desazon de Hillgarth al intentar encontrar la manera de abordar el inminente descalabro al que nos enfrentabamos. Y entonces, como un fogonazo, la solucion se me presento delante de los ojos al percibir a un par de camilleros de la Cruz Roja apostados con indolencia contra un muro a la espera de algun percance. Si no podia salir por mi misma de aquel palco envenenado, alguien tendria que sacarme de alli.

La justificacion podria haber sido la emocion del momento o el cansancio acumulado a lo largo de los meses, tal vez los nervios o la tension. Nada de eso fue la causa verdadera, sin embargo. Lo unico que me llevo a aquella inesperada reaccion fue el mero instinto de supervivencia. Elegi el lugar apropiado: el flanco derecho de la tribuna, el mas alejado de los alemanes. Y calcule el momento justo: apenas unos segundos despues de terminar la primera carrera, cuando la algarabia reinaba por todas partes y los gritos entusiastas se mezclaban con expresiones sonoras de desencanto. En ese instante exacto, me deje caer. Con un movimiento premeditado, gire la cabeza e hice que el pelo acabara cubriendome la cara una vez en el suelo, por si alguna mirada curiosa del palco contiguo consiguiera colarse entre los pares de piernas que inmediatamente me rodearon. Quede inmovil, con los ojos cerrados y el cuerpo languido; el oido, en cambio, lo mantuve atento, absorbiendo todas y cada una de las voces que a mi alrededor sonaron. Desmayo, aire, Gonzalo, rapido, pulso, agua, mas aire, rapido, rapido, ya vienen, botiquin, y otras tantas palabras en ingles que no entendi. Los camilleros tardaron en llegar apenas un par de minutos. Me trasladaron del suelo a la lona y me cubrieron con una manta hasta el cuello. Un, dos, tres, arriba, note como me alzaban.

–Le acompano -oi decir a Hillgarth-. Si es necesario, podemos llamar al medico de la embajada.

–Gracias, Alan -respondio mi padre-. No creo que sea nada importante, un simple desvanecimiento. Vamos a la enfermeria; despues, ya veremos.

Los camilleros avanzaban con prisa por el tunel de acceso llevandome en vilo; detras, forzando el paso, nos seguian mi padre, Alan Hillgarth y un par de ingleses a los que no logre identificar, companeros o lugartenientes del agregado naval. Aunque me ocupe de nuevo de que el pelo me tapara la cara al menos parcialmente una vez en la camilla, antes de que me sacaran del palco reconoci la mano firme de Hillgarth subiendome la manta hasta la frente. No pude ver nada mas, pero si oir con nitidez todo lo que a continuacion paso.

En los metros iniciales del pasillo de salida no nos cruzamos con nadie, pero hacia la mitad del recorrido la situacion cambio. Y con ello se confirmaron mis mas oscuros presagios. Primero oi mas pasos y voces de hombre que hablaban con prisa en aleman. Schnell, schnell, die haben bereits begonnen. Andaban en sentido contrario al nuestro, casi corrian. Por la firmeza de las pisadas, intui que serian militares; la seguridad y contundencia del tono de sus palabras me hicieron suponer que se trataba de oficiales. Imagine que la vision del agregado naval enemigo escoltando una camilla con un cuerpo cubierto por una manta tal vez generaria en ellos una cierta alarma, pero no se detuvieron; tan solo cruzaron unos asperos saludos y continuaron energicos su camino hacia el palco contiguo al que nosotros acababamos de abandonar. Los taconeos y las voces femeninas llegaron a mis oidos tan solo unos segundos despues. Las oi acercarse con paso firme tambien, rotundas y avasalladoras. Cohibidos ante tal despliegue de determinacion, los camilleros se hicieron a un lado deteniendose unos instantes para dejarlas pasar; casi nos rozaron. Contuve la respiracion y note el corazon bombear con fuerza; las oi alejarse despues. No reconoci ninguna voz concreta ni pude precisar cuantas serian, pero calcule que al menos media docena. Seis alemanas, tal vez siete, tal vez mas; posiblemente varias de ellas fueran clientas mias: de las que elegian las telas mas caras y lo mismo me pagaban con billetes que con noticias recien horneadas.

Simule que recobraba la conciencia unos minutos mas tarde, cuando los ruidos y las voces se habian amortiguado y supuse que por fin estabamos en terreno seguro. Dije unas palabras, los tranquilice. Llegamos entonces a la enfermeria; Hillgarth y mi padre despacharon a los acompanantes ingleses y a los camilleros: a los primeros los despidio el agregado naval con unas breves ordenes en su lengua; a los segundos Gonzalo con una propina generosa y un paquete de cigarrillos.

–Ya me encargo yo, Alan, gracias -dijo mi padre finalmente cuando nos quedamos a solas los tres. Me tomo el pulso y confirmo que estaba medianamente en condiciones-. No creo que haga falta llamar a un

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