–Aqui al menos parece que van a permanecer neutrales en la guerra europea -dije intentando arrimarme a mi terreno-. En Espana, las cosas no estan tan claras.

–Salazar mantiene acuerdos con los ingleses y con los alemanes, un equilibrio raro. Los britanicos siempre han sido amigos del pueblo portugues, por eso sorprende tanto que se muestre generoso con los alemanes concediendoles permisos de exportacion y otras prebendas.

–Bueno, eso no es nada extrano estos dias, ?no? Son asuntos delicados en tiempos turbulentos. Yo no entiendo mucho de politica internacional, la verdad, pero imagino que todo sera cuestion de intereses. – Intente que mi voz sonara trivial, como si aquello apenas me preocupara: habia llegado el momento de cruzar la linea entre lo publico y lo cercano: me convenia ser cauta-. Lo mismo pasa en el mundo de los negocios, supongo -anadi-. El otro dia, sin ir mas lejos, mientras yo estaba en el despacho con el senor Da Silva, usted misma anuncio la visita de un aleman.

–Si, bueno, eso es otro asunto. – Su gesto era de disgusto y no parecia dispuesta a avanzar mucho mas.

–La otra noche el senor Da Silva me invito a cenar en el casino de Estoril y me asombro la cantidad de personas a las que conocia. Lo mismo saludaba a los ingleses y a los americanos que a los alemanes o a un buen numero de europeos de otros paises. Jamas habia visto a nadie con tanta facilidad para llevarse bien con todo el mundo.

Una mueca torcida mostro de nuevo su contrariedad. Aun asi, tampoco dijo nada, y yo no tuve mas remedio que esforzarme por seguir hablando para que la conversacion no acabara de decaer.

–Me dieron lastima los judios, los que han tenido que abandonar sus casas y sus negocios para huir de la guerra.

–?Le dieron lastima los judios del casino de Estoril? – pregunto con una sonrisa cinica-. A mi no me dan ninguna: viven como si estuvieran en unas eternas vacaciones de lujo. Pena me dan los pobres desgraciados que han llegado con una misera maleta de carton y se pasan los dias haciendo colas frente a los consulados y las oficinas de las navieras a la espera de un visado o un pasaje de barco para America que tal vez nunca consigan; pena me dan las familias que duermen amontonadas en pensiones inmundas y acuden a los comedores de beneficencia, las pobres muchachas que se ofrecen por las esquinas a cambio de un punado de escudos y los viejos que matan el tiempo en los cafes frente a tazas sucias que llevan ya horas vacias, hasta que un camarero les echa a la calle para dejar sitio libre: esos son los que me dan pena. Los que se juegan cada noche un pedazo de su fortuna en el casino no me dan ninguna lastima.

Lo que me contaba era conmovedor, pero no podia distraerme: andabamos por el buen camino, habia que mantenerlo como fuera. Aunque fuera a base de empujones a la conciencia.

–Tiene razon; la situacion es mucho mas dramatica para esa pobre gente. Ademas, tiene que resultarles doloroso ver a tantos alemanes moviendose a sus anchas por todas partes.

–Imagino que si…

–Y, sobre todo, les resultara duro saber que el gobierno del pais al que han acudido es tan complaciente con el Tercer Reich.

–Si, supongo…

–Y que incluso hay algunos empresarios portugueses que estan expandiendo sus negocios a costa de contratos suculentos con los nazis…

Pronuncie esta ultima frase con tono denso y oscuro, acercandome a ella y bajando la voz. Nos mantuvimos la mirada, incapaz de romperla ninguna de las dos.

–?Quien es usted? – pregunto por fin en voz apenas audible. Se habia echado hacia atras, separando el cuerpo de la mesa y apoyando la espalda contra el respaldo de la silla, como si quisiera distanciarse de mi. Su tono inseguro sono cargado de temor; sus ojos, sin embargo, no se separaron de los mios ni un solo segundo.

–Solo soy una modista -susurre-. Una simple mujer trabajadora como usted, a la que tampoco le gusta lo que esta pasando a nuestro alrededor.

Note que se le tensaba el cuello al tragar saliva y entonces formule dos preguntas. Con lentitud. Con gran lentitud.

–?Que tiene Da Silva con los alemanes, Beatriz? ?En que esta metido?

Volvio a tragar y la garganta se le movio como si estuviera intentando que por ella descendiera un elefante.

–Yo no se nada -logro murmurar al fin.

Una voz arrebatada sono entonces desde la puerta.

–Recuerdame que no vuelva mas a la casa de comidas de la rua do Sao Juliao. ?Han tardado mas de una hora en servirnos, con la de cosas que tengo que preparar antes de que vuelva don Manuel! ?Ah! Disculpe, senorita Agoriuq; no sabia que estuviera usted aqui…

–Ya me iba -dije con fingido desenfado a la vez que recogia el bolso-. He venido a visitar por sorpresa al senor Da Silva, pero la senorita Oliveira me ha dicho que esta de viaje. En fin, ya volvere otro dia.

–Se deja su tabaco -oi decir a mi espalda.

Aun hablaba Beatriz Oliveira en tono opaco. Cuando extendio el brazo para entregarme la pitillera, le agarre la mano y la aprete con fuerza.

–Pienselo.

Esquive el ascensor y baje por la escalera mientras reconstruia de nuevo la escena. Tal vez habia sido una temeridad por mi parte exponerme de una manera tan precipitada, pero la actitud de la secretaria me hizo intuir que estaba al tanto de algo: de algo que no me conto mas por inseguridad hacia mi que por lealtad a su superior. Los moldes de Da Silva y su secretaria no encajaban, y yo tenia la certeza de que ella nunca le hablaria acerca del contenido de aquella extrana visita. Mientras el ponia una vela a Dios y otra al diablo, no solo se le habia infiltrado una falsa marroqui a fisgonear entre sus asuntos, sino que, ademas, una izquierdista subversiva se

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