–Creo que va siendo hora de cenar -dijo mirando el reloj-. ?Te apeteceria…?
–Estoy agotada. ?Te importa que lo dejemos para manana?
–Manana no va a ser posible. – Note como dudaba unos segundos y contuve el aliento; despues continuo-. Tengo un compromiso.
Vamos, vamos, vamos. Solo faltaba un pequeno empujon.
–Que lastima, seria nuestra ultima noche. – Mi decepcion parecio autentica, casi tanto como el ansia por oir de el lo que llevaba tantos dias esperando-. Tengo previsto volver a Madrid el viernes, me aguarda muchisimo trabajo la semana que viene. La baronesa de Petrino, la esposa de Lazar, ofrece una recepcion el proximo jueves y precisamente tengo a media docena de clientas alemanas deseando que…
–Tal vez te gustaria asistir.
Crei que el corazon se me paraba.
–Sera solo una pequena reunion de amigos. Alemanes y portugueses. En mi casa.
59
–?Cuanto quiere por llevarme a Lisboa?
El hombre miro a un lado y a otro para asegurarse de que nadie nos observaba. Despues se quito la gorra y se rasco la cabeza con furia.
–Diez escudos -dijo sin sacarse la colilla de la boca.
Le tendi un billete de veinte.
–Vamos.
Habia intentado dormir sin conseguirlo: los sentimientos y las sensaciones se me cruzaban entremezclados en la mente rebotando contra las paredes del cerebro. Satisfaccion porque la mision por fin se movia, ansiedad ante lo que aun me aguardaba, desazon por la triste certeza de lo averiguado. Y ademas, y por encima de todo ello, el temor de conocer que Marcus Logan formaba parte de una lista siniestra, la intuicion de que probablemente el no lo supiera, y la frustracion por no tener manera de hacerselo saber. No tenia idea de donde encontrarle, tan solo me habia cruzado con el en dos sitios tan dispares como alejados. Quiza el unico lugar donde pudieran darme algun dato fuera en las propias oficinas de Da Silva, pero no debia abordar de nuevo a Beatriz Oliveira, y menos ahora que su jefe estaba ya de vuelta.
La una de la manana, la una y media, las dos menos cuarto. A ratos tenia calor, a ratos frio. Las dos, las dos y diez. Me levante varias veces, abri y cerre el balcon, bebi un vaso de agua, encendi la luz, la apague. Las tres menos veinte, las tres, las tres y cuarto. Y entonces, de pronto, crei tener la solucion. O, por lo menos, algo que podria aproximarse.
Me vesti con la ropa mas oscura que encontre en el armario: un traje de mohair negro, un chaqueton gris plomo y un sombrero de ala encajado hasta las cejas. La llave de la habitacion y un punado de billetes fue lo ultimo que cogi. No necesitaba nada mas, aparte de suerte.
Baje de puntillas por la escalera de servicio, todo estaba en calma y practicamente a oscuras. Avance sin tener una idea clara de por donde me movia, dejandome llevar por el instinto. Las cocinas, las despensas, los lavaderos, los cuartos de las calderas. Alcance la calle por una puerta trasera del sotano. No era la mejor de las opciones, ciertamente: acababa de darme cuenta de que aquella era la salida de las basuras. Al menos serian basuras de ricos.
Era noche cerrada, las luces del casino brillaban a unos cientos de metros y de vez en cuando se oia a alguno de los ultimos trasnochadores: una despedida, una carcajada ahogada, el motor de un coche. Y luego, silencio. Me acomode a esperar con las solapas subidas y las manos en los bolsillos, sentada en un bordillo y protegida por una pila de cajones de sifon. Provenia de un barrio de trabajadores, sabia que no faltaria demasiado para que empezara el movimiento: eran muchos los que madrugaban para hacer la vida mas grata a quienes podian permitirse el lujo de dormir hasta bien entrada la manana. Antes de las cuatro se encendieron las primeras luces en los bajos del hotel, al poco salio una pareja de empleados. Se detuvieron a encender un cigarro en la puerta cobijando la lumbre con los huecos de las manos y se alejaron despues andando sin prisa. El primer vehiculo fue una especie de camioneta: arrojo sin acercarse a mas de una docena de mujeres jovenes y se volvio a marchar. Entraron ellas rumiando su sueno; las camareras del nuevo turno, supuse. El segundo motor correspondio a un motocarro. De el salio un individuo flaco y mal afeitado que comenzo a trastear en la parte trasera en busca de alguna mercancia. Le vi despues entrar en las cocinas acarreando un gran canasto de mimbre que contenia algo que pesaba poco y que, entre la noche y la distancia, no logre distinguir. Cuando termino, se dirigio de nuevo al pequeno vehiculo y entonces le aborde.
Intente limpiar con un panuelo las pajas que cubrian el asiento, pero no lo consegui. Olia a gallinaza y por todas partes habia plumas, cascaras rotas y restos de excrementos. Los huevos del desayuno se presentaban a los huespedes primorosamente fritos o revueltos sobre un plato de porcelana con filo dorado. El vehiculo en el que los transportaban desde las ponedoras hasta las cocinas del hotel era bastante menos elegante. Intente no pensar en el suave cuero de los asientos del Bentley de Joao mientras avanzabamos tambaleandonos al ritmo del traqueteo del motocarro. Iba sentada a la derecha del repartidor de huevos, encogidos los dos en la estrechura de un asiento delantero que apenas media medio metro. A pesar del cercano contacto fisico, no cruzamos una palabra en todo el camino, excepto las que necesite para darle la direccion a la que me tenia que llevar.
–Aqui es -dijo cuando llegamos.
Reconoci la fachada.
–Cincuenta escudos mas si me recoge dentro de dos horas.
No necesito hablar para confirmar que lo haria: un gesto tocando la visera de la gorra vino a decir trato hecho.
El portal estaba cerrado, me sente en un banco de piedra a aguardar al sereno. Con el sombrero calado y las solapas del chaqueton aun alzadas, mate la incertidumbre intentando quitar una a una las pajas y las plumas que se me habian quedado prendidas a la ropa. Afortunadamente, no tuve que esperar demasiado: en menos de un cuarto de hora acudio quien yo esperaba blandiendo un gran aro lleno de llaves. Se trago la historieta que le conte a trompicones sobre un bolso olvidado y me dejo entrar. Busque el nombre en los buzones, subi corriendo dos tramos de escaleras y llame a la puerta con un puno de bronce mas grande que mi propia mano.
