hasta cuando deberia seguir representado el papel distante de Arish Agoriuq.

Se separo del sillon y se acerco unos pasos. Su rostro seguia siendo el mismo, sus ojos tambien. El cuerpo flexible, el nacimiento del pelo, el color de la piel, la linea de la mandibula. Los hombros, los brazos a los que me agarre tantas veces, las manos que sostuvieron mis dedos, la voz. Todo me era de pronto tan cercano, tan proximo. Y tan ajeno a un tiempo.

–Vete entonces cuanto antes, no vuelvas a verle -insistio-. No te mereces un tipo asi. No tengo la menor idea de por que te has cambiado el nombre, ni de a que has venido a Lisboa, ni de que es lo que te ha hecho acercarte a el. Tampoco se si vuestra relacion es algo natural o si alguien te ha metido en esta historia, pero te aseguro…

–No hay nada serio entre nosotros. He venido a Portugal a hacer compras para mi taller; alguien a quien conozco en Madrid me puso en contacto con el y nos hemos visto algunas veces. Es solo un amigo.

–No, Sira, no te equivoques -corto tajante-. Manuel da Silva no tiene amigos. Tiene conquistas, tiene conocidos y aduladores, y tiene contactos profesionales interesados, eso es todo. Y ultimamente, esos contactos no son los mas convenientes. Esta metiendose en asuntos turbios; cada dia que pasa se sabe algo nuevo, y tu deberias mantenerte al margen de todo ello. No es un hombre para ti.

–Tampoco lo sera para ti entonces. Pero pareciais buenos amigos la noche del casino…

–Los dos nos interesamos mutuamente por puras cuestiones comerciales. O, mejor dicho, nos interesabamos. Mis ultimas noticias son que ya no quiere volver a saber mas de mi. Ni de mi, ni de ningun otro ingles.

Respire con alivio: sus palabras implicaban que Rosalinda habia logrado dar con el y hacer que alguien le transmitiera mi mensaje. Seguiamos de pie, frente a frente, pero habiamos acortado la distancia sin apenas darnos cuenta. Un paso adelante el, otro yo. Otro mas el, otro mas yo. Cuando comenzamos a hablar, cada uno ocupaba un extremo de la habitacion, como dos luchadores suspicaces y en guardia, temerosos ambos de la reaccion del contrario. Con el transcurrir de los minutos nos habiamos ido acercando, inconscientemente tal vez, hasta quedar en el centro de la habitacion, entre los pies de la cama y el escritorio. Al alcance uno del otro a poco que hicieramos un movimiento mas.

–Sabre cuidarme, quedate tranquilo. En la nota que me diste en el casino me preguntabas que habia sido de la Sira de Tetuan. Ya lo ves: se ha vuelto mas fuerte. Y tambien mas descreida y mas desencantada. Ahora te pregunto yo lo mismo a ti, Marcus Logan: que fue del periodista que llego destrozado a Africa para hacer al alto comisario una larga entrevista que nunca…

No pude terminar la frase, me interrumpieron unos golpes en la puerta. Alguien llamaba desde fuera. A deshora y con precision. Me agarre a su brazo instintivamente.

–Pregunta quien es -susurro.

–Soy Gamboa, el ayudante del senor Da Silva. Traigo algo de su parte -anuncio la voz desde el pasillo.

Con tres zancadas sigilosas, Marcus desaparecio en el interior del cuarto de bano. Yo me acerque con lentitud hasta la puerta, agarre el pomo y respire varias veces. Despues abri fingiendo naturalidad y encontre a Gamboa sosteniendo algo ligero y aparatoso envuelto en capas de papel de seda. Tendi las manos para recoger aquello que aun no sabia que era, pero no me lo entrego.

–Es mejor que las deje yo mismo sobre una superficie plana, son muy delicadas. Orquideas - aclaro.

Dude unos segundos. Aunque Marcus estuviera escondido en el bano, era una temeridad permitir que aquel hombre entrara en la habitacion, pero, por otra parte, si me negaba a dejarle pasar, pareceria que estaba ocultando algo. Y, en aquel momento, lo ultimo que deseaba era levantar sospechas.

–Adelante -accedi por fin-. Dejelas encima del escritorio, por favor.

Y entonces me di cuenta. Y desee que el suelo se abriera bajo mis pies y me tragara entera. Absorbida de un golpe, aspirada, desaparecida hasta la eternidad. Asi no tendria que afrontar las consecuencias de lo que acababa de ver. En el centro de la estrecha mesa, entre el telefono y una lampara dorada, habia algo inoportuno. Algo inmensamente inoportuno que no convenia que nadie viera alli. Y menos aun el emplcado de confianza de Da Silva.

Rectifique tan rapido como lo adverti.

–O no, mejor aun pongalas aqui, sobre el banco a los pies de la cama.

Me obedecio sin el menor comentario, pero supe que el tambien se habia dado cuenta. Como no. Lo que habia encima de la madera pulida del escritorio era algo tan ajeno a mi y tan incongruente en una habitacion ocupada por una mujer sola que por fuerza tuvo que llamarle la atencion: el sombrero de Marcus.

Salio de su escondite en cuanto oyo la puerta cerrarse.

–Vete, Marcus. Vete de aqui, por favor -insisti mientras me esforzaba por anticipar el tiempo que Gamboa tardaria en contarle a su jefe lo que acababa de ver. Si Marcus cayo en la cuenta del desastre que su sombrero podria desencadenar, no lo demostro-. Deja de preocuparte por mi: manana por la noche vuelvo a Madrid. Hoy sera mi ultimo dia, a partir de…

–?De verdad te vas manana? – pregunto agarrandome por los hombros. A pesar de la ansiedad y el temor, una sensacion de algo que llevaba mucho tiempo sin sentir me recorrio la espalda.

–Manana por la noche, si, en el Lusitania Express.

–?Y no vas a volver a Portugal?

–No, de momento no tengo intencion.

–?Y a Marruecos?

–Tampoco. Me quedare en Madrid, alli tengo ahora mi taller y mi vida.

Mantuvimos el silencio unos segundos. Probablemente los dos estuvieramos pensando lo mismo: que mala suerte haber cruzado otra vez nuestros destinos en un tiempo tan turbulento, que tristeza tener que

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