Intente ocultar mi desconcierto aceptando la copa que un camarero me ofrecio mientras hacia cuentas precipitadamente: cuando fue la ultima vez que coincidimos en algun lugar, cuantas veces me habia cruzado con el por la calle, durante cuanto tiempo le vi aquella noche en la Alta Comisaria. Cuando Hillgarth me anuncio que Bernhardt estaba instalado en la Peninsula y dirigia la gran corporacion que gestionaba los intereses economicos nazis en Espana, le dije que probablemente no me reconoceria si alguna vez llegara a encontrarme con el. Ahora, sin embargo, no estaba tan segura.
Comenzaron las presentaciones y me coloque de espaldas mientras los hombres hablaban, desviviendome en apariencia por mostrarme encantadora con las senoras. El nuevo tema de conversacion era la orquidea de mi pelo y, mientras doblaba las piernas y giraba la cabeza para dejar que todas la admiraran, me concentre en captar retazos de informacion. Registre los nombres de nuevo, asi los recordaria con mas seguridad: Weiss y Wolters eran los alemanes a los que Bernhardt, recien llegado de Espana, no conocia. Almeida, Rodrigues y Ribeiro los portugueses. Portugueses de la Beira, hombres de la montana. Propietarios de minas; no, mas correctamente pequenos propietarios de malas tierras en las que la divina providencia habia puesto una mina. ?Una mina de que? Aun lo desconocia: a esas alturas seguia sin saber que era la dichosa baba de lobo que Beatriz Oliveira menciono en la iglesia. Y entonces, por fin oi la palabra ansiada: wolframio.
Del fondo de la memoria rescate atropelladamente los datos que Hillgarth me facilito en Tanger: se trataba de un mineral fundamental en la fabricacion de proyectiles para la guerra. Y, enganchado a aquel recuerdo, recupere otro mas: en su compra a gran escala estaba implicado Bernhardt. Solo que Hillgarth me habia hablado de su interes por yacimientos en Galicia y Extremadura; probablemente entonces aun no podia prever que sus tentaculos acabarian cruzando la frontera, llegando a Portugal y entrando en negociaciones con un empresario traidor que habia decidido dejar de suministrar a los ingleses para complacer las demandas de sus enemigos. Note un temblor en las piernas y busque cobijo en un sorbo de champan. Manuel da Silva no andaba metido en asuntos de compra y venta de seda, madera o algun otro producto colonial igualmente inocuo, sino en algo mucho mas peligroso y siniestro: su nuevo negocio se centraba en un metal que serviria a los alemanes para reforzar su armamento y multiplicaria su capacidad para seguir matando.
Las invitadas me sacaron del ensimismamiento reclamando mi atencion. Querian saber de donde provenia aquella flor maravillosa que descansaba tras mi oreja izquierda, confirmar que era verdaderamente natural, saber como se cultivaba: mil preguntas que a mi no me interesaban en absoluto, pero que no pude evitar responder. Era una flor tropical; si, verdaderamente natural, por supuesto; no, no tenia idea de si la Beira seria un buen sitio para cultivar orquideas.
–Senoras, permitanme que les presente a nuestro ultimo invitado -interrumpio de nuevo Manuel.
Contuve el aliento hasta que me llego el turno. La ultima.
–Y esta es mi querida amiga la senorita Arish Agoriuq.
Me miro sin parpadear un segundo. Dos. Tres.
–?Nos conocemos?
Sonrie, Sira, sonrie, me exigi.
–No, creo que no -dije tendiendole la mano derecha con languidez.
–A menos que hayan coincidido en algun sitio en Madrid -apunto Manuel. Afortunadamente, no parecia conocer a Bernhardt lo suficiente como para saber que en algun momento de su pasado habia vivido en Marruecos.
–?En Embassy, tal vez? – sugeri.
–No, no; estoy muy poco en Madrid ultimamente. Viajo mucho y a mi mujer le gusta el mar, asi que estamos instalados en Denia, cerca de Valencia. No, su cara me resulta familiar de algun otro sitio, pero…
Me salvo el mayordomo. Senoras, senores, la cena esta servida.
En ausencia de anfitriona consorte, Da Silva se salto el protocolo y me situo en una cabecera de la mesa. En la otra, el. Intente ocultar mi inquietud volcandome en atenciones con los invitados, pero la sensacion de angustia era tal que apenas pude comer. Al sobresalto generado por la visita de Gamboa a mi habitacion, se habian unido la llegada imprevista de Bernhardt y la constancia del sucio negocio en el que Da Silva andaba enfangado. Por si no tuviera suficiente con aquello, tambien se me exigia mantener el porte e impostar el papel de senora de la casa.
La sopa llego en sopera de plata, el vino, en decantadores de cristal y el marisco, en enormes bandejas rebosantes de crustaceos. Hice malabares para resultar atenta con todos. Indique disimuladamente a las portuguesas que cubiertos debian usar en cada momento e intercambie frases con las alemanas: si, por supuesto que conocia a la baronesa Stohrer; si, y a Gloria von Furstenberg tambien; claro, claro que sabia que Horcher estaba a punto de abrir sus puertas en Madrid. La cena transcurrio sin incidentes y Bernhardt, por ventura, no volvio a prestarme atencion.
–Bien, senoras, y ahora, si no les importa, los senores vamos a retirarnos a charlar -anuncio Manuel tras el postre.
Me contuve retorciendo el mantel entre los dedos. No podia ser, no podia hacerme eso. Yo ya habia cumplido con mi parte; ahora me correspondia recibir. Habia complacido a todos, me habia comportado como una anfitriona ejemplar sin serlo y necesitaba una compensacion. En el momento en que iban a centrarse en lo que mas me interesaba, no podia dejar que se me escaparan. Afortunadamente, el vino habia acompanado a los platos sin la menor moderacion y los animos parecian haberse destensado. Sobre todo, los de los portugueses.
–?No, hombre, no, Da Silva, por Dios! – grito uno de ellos dandole una sonora palmada en la espalda-. ?No sea usted tan antiguo, amigo! ?En el mundo moderno de la capital, los hombres y las mujeres van juntos a todas partes!
Titubeo un segundo Manuel; a todas luces preferia mantener el resto de la conversacion en privado, pero los de la Beira no le dieron opcion: se levantaron ruidosamente de la mesa y se dirigieron de nuevo al salon con el animo exaltado. Uno de ellos paso un brazo por los hombros de Da Silva, otro me ofrecio el suyo a mi. Parecian exultantes una vez superado el retraimiento inicial de verse recibidos en la gran casa de un hombre rico. Aquella noche iban a cerrar un trato que les permitiria dar un portazo a la miseria para ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos; no habia razon alguna para hacerlo a espaldas de sus propias mujeres.
Sirvieron cafe, licores, tabaco y bombones; recorde que de la compra de estos se habia encargado Beatriz Oliveira. Tambien de los centros de flores, elegantes sin ostentacion. Supuse que habia sido ella quien eligio las orquideas que recibi aquella misma tarde y volvi a sentir un estremecimiento al rememorar la inesperada
