coser, entre cuyos bordes se escondian los entresijos de una macabra transaccion comercial destinada a facilitar el avance demoledor de las tropas alemanas.

A media manana sono el telefono. La llamada me sobresalto, tanto que una de las rayas telegraficas que estaba marcando en ese mismo momento se convirtio en un trazo brusco y torcido que despues hube de borrar.

–?Arish? Buenos dias, soy Manuel. Espero no haberte despertado.

Estaba bien despierta: duchada, ocupada y alerta; llevaba varias horas trabajando, pero desfigure la voz para sonar adormilada. Bajo ningun concepto debia dejarle entrever que lo que vi y oi la noche anterior me habia provocado una catarata de actividad irrefrenable.

–No te preocupes, debe de ser ya tardisimo… -menti.

–Casi mediodia. Solo llamaba para darte las gracias por asistir a mi reunion de anoche y por portarte como lo hiciste con las esposas de mis amigos.

–No hay nada que agradecer. Fue una noche muy agradable para mi tambien.

–?Seguro? ?No te aburriste? Ahora me arrepiento de no haberte prestado un poco mas de atencion.

Cuidado, Sira, cuidado. Te esta tanteando, pense. Gamboa, Marcus, el sombrero olvidado, Bernhardt, el wolframio, la Beira, todo se acumulaba en mi cabeza con la frialdad de un cristal helado mientras yo seguia impostando una voz despreocupada y llena aun de sueno.

–No, Manuel, no te preocupes, de verdad. Las conversaciones con las esposas de tus amigos me mantuvieron muy entretenida.

–Bueno, ?y que tienes previsto hacer en tu ultima jornada en Portugal?

–Nada en absoluto. Darme un largo bano y preparar el equipaje. No pienso salir del hotel en todo el dia.

Esperaba que esta respuesta le complaciese. Si Gamboa le habia informado y el suponia que yo me veia con algun hombre a sus espaldas, tal vez mi prolongada permanencia entre las paredes del hotel le hiciera despejar las sospechas. Obviamente, mi palabra no iba a serle suficiente: ya se encargaria el de que alguien tuviera vigilada mi habitacion y quiza controlara tambien las llamadas telefonicas, pero, a excepcion de el mismo, no tenia intencion de hablar con nadie mas. Seria una buena chica: no me moveria del hotel, no usaria el telefono y no recibiria ninguna visita. Me dejaria ver sola y aburrida en el restaurante, en la recepcion y en los salones y, a la hora de marcharme, lo haria a ojos de todos los clientes y empleados acompanada tan solo por mi equipaje. O eso pensaba hasta que el me propuso otra cosa.

–Te mereces un descanso, claro que si. Pero no quiero que te vayas sin despedirme de ti antes. Dejame que te acompane a la estacion, ?a que hora sale tu tren?

–A las diez -replique. Malditas las ganas que tenia de volver a verle.

–Pasare por tu hotel a las nueve entonces, ?de acuerdo? Me gustaria poder hacerlo antes, pero voy a estar todo el dia ocupado…

–No te preocupes, Manuel, a mi tambien me llevara tiempo organizar mis cosas. Mandare el equipaje a la estacion a media tarde, despues te esperare.

–A las nueve entonces.

–A las nueve estare lista.

En lugar del Bentley de Joao, halle un flamante Aston Martin deportivo. Senti un nudo de angustia cuando comprobe que el viejo chauffer no aparecia por ningun sitio: la idea de que estuviesemos a solas me causaba intranquilidad y rechazo. A el, aparentemente, no le pasaba lo mismo.

No observe ningun cambio en su actitud hacia mi, ni mostro la menor senal de suspicacia: estuvo como siempre, atento, ameno y seductor, como si todo su mundo girara alrededor de aquellos rollos de hermosas sedas de Macao que me mostro en su despacho y nada tuviera que ver con la obscena negrura de las minas de wolframio. Recorrimos por ultima vez la Estrada Marginal y atravesamos veloces las calles de Lisboa haciendo volver las cabezas de los viandantes. Entramos en el anden veinte minutos antes de la salida, el insistio en subir conmigo al tren y acompanarme hasta el compartimento. Recorrimos el pasillo lateral, yo delante, el detras, apenas a un paso de mi espalda, cargando aun mi pequeno maletin en el que las pruebas de su sucia deslealtad se mezclaban con inocentes productos de aseo, cosmeticos y lenceria.

–Numero ocho, creo que hemos llegado -anuncie.

La puerta abierta mostraba un compartimento elegante e impoluto. Paredes forradas de madera, cortinas descorridas, el asiento en su sitio y la cama aun sin preparar.

–Bueno, mi querida Arish, ha llegado la hora de la despedida -dijo mientras dejaba el maletin en el suelo-. Ha sido un verdadero placer conocerte, no me va a resultar nada facil acostumbrarme a no tenerte cerca.

Su afecto parecia autentico; tal vez mis conjeturas sobre la acusacion de Gamboa carecieran al final de fundamento. Tal vez me habia alarmado exageradamente. Tal vez nunca penso en decir nada a su patron y este aun mantenia sin fisuras su aprecio por mi.

–Ha sido una estancia inolvidable, Manuel -dije extendiendo las manos hacia el-. La visita no ha podido ser mas satisfactoria, mis clientas van a quedar impresionadas. Y tu te has ocupado de hacerlo todo tan facil y grato que no se como agradecertelo.

Me agarro las manos y las retuvo cobijadas en las suyas. Y a cambio recibio la mas esplendorosa de mis sonrisas, una sonrisa tras la cual se escondian unas ganas inmensas de que cayera el telon de aquella farsa. En apenas unos minutos el jefe de estacion tocaria su silbato y bajaria la bandera, y el Lusitania Express empezaria a rodar sobre los railes y a alejarse del Atlantico rumbo al centro de la Peninsula. Atras, para siempre, quedarian Manuel da Silva y sus macabros negocios, la alborotada Lisboa y todo aquel universo de extranos.

Los ultimos viajeros subian al tren apresurados, cada pocos segundos teniamos que cederles el paso apoyandonos contra las paredes del vagon.

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